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Dirección: Marc Forster.
País: USA.
Año:
2005.
Duración: 99 min.
Género:
Drama, thriller.
Interpretación: Ewan McGregor (Sam
Foster), Naomi Watts (Lila), Ryan Gosling (Henry), Bob Hoskins
(Dr. Leon Patterson), Janeane Garofalo (Dr. Beth Levy), Kate
Burton (Sra. Letham), Elizabeth Reaser (Athena), B.D. Wong (Dr.
Ren), Amy Sedaris (Toni).
Guión: David Benioff.
Producción: Arnon Milchan, Tom
Lassally y Eric Kopeloff.
Música: Asche & Spencer.
Fotografía: Roberto Schaefer.
Montaje: Matt Chessé.
Diseño de producción: Kevin Thompson.
Dirección artística: Jonathan Arkin.
Vestuario: Frank L. Fleming.
Estreno en USA: 18 Octubre 2005.
Estreno en España: 12 Mayo 2006. |
CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
En el laberinto de la mente enferma
No resulta fácil escribir sobre una
película que se mueve por los territorios del inconsciente,
ajenos a toda lógica racional y donde las estructuras
espacio-temporales son alteradas para llevar al es-pectador por
un universo onírico e irreal. En este tipo de cintas tam-bién se
corre el riesgo de simplificar su trama con una interpreta-ción
única, cuando su carácter ambiguo y abierto invitan a que ca-da
uno saque sus propias conclusiones. Además, al discurrir por
senderos de intriga y suspense, siempre se puede contar más de
la cuenta y sustraer al film de parte de su fuerza narrativa.
El director de “Monster's
ball” y
“Descubriendo
Nunca Jamás” se acer-ca aquí a realidades
interiores y des-conocidas, diferentes a las percibidas por los
ojos y la razón. Quiere que el espectador se pregunte por otras
mo-dos de sentir la vida, y por eso le abre las ventanas –el
alma– de un sub-consciente enfermo, recogiendo su propia
experiencia al cuidar de su her-mano esquizofrénico. La película
co-mienza cuando el Dr. Sam recibe en su consulta psiquiátrica a
Henry, un estudiante de Bellas Artes atormenta-do que parece
tener la facultad de predecir el futuro y que le comunica su
intención de suicidarse el sábado siguiente. Desde entonces, las
personalidades y destinos de ambos correrán parejas hasta
confundirse, para arrastrarse mu-tuamente al vacío o ayudarse en
una sintonía de espíritus. Médico y enfermo se convierten en las
dos caras de un mismo sujeto que necesita liberarse de un
sentimiento de culpa del pasado, donde los sueños surgen en
forma de pesadilla para devorar un presente desconcertante y
perplejo: es la esquizofrenia de una mente pertur-bada,
visualizada con acertadas transiciones que desde el inicio
in-vitan a la identificación de ambas vidas, y simbolizada por
esas pa-rejas clónicas que aparecen fugazmente en algunas
escenas.
No existe lógica narrativa temporal
ni tampoco espacial: el montaje nos lleva de un lugar a otro con
sutiles y ágiles tran-siciones, y sólo al final puede el
espectador armar una histo-ria que probablemente sólo ha sucedido
en la cabeza del atribula-do psiquiatra. Ésta es una de las
posibles explicaciones para un viaje catárquico por laberintos
emocionales, a través de unas esca-leras de caracol que conducen
a los recovecos insondables de la mente. En el trasfondo, el
sentimiento de culpa por la muerte de lo más querido en el
mundo, la desesperanza que lleva al suicidio en busca de otra
realidad más placentera, y el amor como el resorte que hace que
merezca la pena quedarse para ver tantas cosas be-llas. Dos
hombres –o quizá uno solo– y una mujer –o quizá dos– para una
historia de amor frustrado y segundas oportunidades, pero
también de muerte por accidente o por necesidad –del imaginario
culpable–. Un mundo en que la realidad y el sueño, lo verdadero
y lo falso, los vivos y los muertos se mezclan y confunden, y
que nos lleva directamente al universo de Lynch (“Mulholland
Drive”), donde el imaginario cobra más fuerza que la razón y
obliga al espectador a dudar de lo que ve para cuestionarse
continuamente la realidad mostrada.
Quizá el mayor mérito de Forster esté en la fuerza visual de
unas imágenes que fácilmente nos muestran lo inexplicable, y en
un montaje con saltos narrativos ar-mónicos que conectan esas
pre-tendidas realidades paralelas. El guión está bien
construido, siem-pre que se acepte lo ilógico de su
planteamiento, las trampas que es-te tipo de propuestas
siempre escon-den, y el carácter de introspección enfermiza que
lo alienta. La puesta en escena logra capturar la atención del
espectador, y las interpretaciones del trío protagonista
resultan correctas en su desconcierto y ambigüe-dad. Sin embargo,
la confusión de fondo y el manierismo formal que respira la
cinta pueden llevar a más de uno a desesperarse en la
indefinición de identidades, y a tacharla de vacua, efectista y
pre-tenciosa. Todo dependerá de que uno asuma o no unos
presupues-tos nada realistas, y de que esté dispuesto a repensar
la película cuantas veces sea necesario en la búsqueda de una
explicación que no tiene.
Calificación:
    
Imágenes
de "Tránsito" - Copyright © 2005 Regency Enterprises
y New Regency Production. Distribuida en España por Hispano
Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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