CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
La magia de la
adolescencia
Aunque nunca han llegado a
interesarme las novelas de J. K.
Rowling y me mantengo ajena a la pottermanía, he
disfrutado bas-tante con las divertidas adaptaciones
cinematográficas de esta sa-ga que, después de una primera
entrega algo tibia, ha ido ganando progresivamente en atractivo,
siendo, a mi juicio, la tercera parte, ti-tulada “Harry
Potter y el prisionero de Azkaban”, el mejor
largome-traje de la serie hasta el momento. Tras las aportaciones
consecu-tivas de Chris Columbus y Alfonso Cuarón como directores,
el vete-rano Mike Newell
toma ahora las riendas de esta cuarta produc-ción, ofreciéndonos
una entretenida y decorosa continuación, que no empaña los
méritos acumulados por sus colegas, pero que en determinados
aspectos se sitúa por debajo de sus predecesoras.
“Harry Potter y el cáliz de fuego” pro-longa con acierto el
registro siniestro y oscuro que dominaba los anteriores
episodios, jugando todavía más, si ca-be, con ingredientes
propios del terror que probablemente sobrecogerán a los más
pequeños, y se adapta al crecimiento de sus jóvenes
protago-nistas introduciendo, como destacada novedad, algunos
temas más adultos, como son las inseguridades y desve-los
sentimentales propios de la ado-lescencia, así como los afectos
y en-fados que acompañan su amistad, quedando en este caso
prácticamente arrinconadas las lecciones en las aulas en favor
de las lecciones de la vida y la puesta en práctica de sus
conocimientos a través de arriesgadas pruebas e inesperadas
afrentas. Sin descubrir más de la cuenta, el argumento sigue
varias subtramas relacionadas que se centran en un competitivo
torneo que enfrenta a cuatro represen-tantes de las más
destacadas escuelas de magia en Hogwarts; en los temibles
preparativos que anuncian el regreso del maligno Lord Voldemort;
y en las cuitas románticas que sacuden a Harry, Her-mione, Ron y
compañía ante la celebración del baile de Navidad.
No cabe duda de que condensar
las casi 700 páginas del material original en apenas dos horas y
media de me-traje ha supuesto una ardua tarea pa-ra
Steven Kloves, cuya
experiencia, al margen de proyectos como “Los fa-bulosos Baker
Boys” o “Jóvenes
pro-digiosos”, se ha ido consolidando casi en paralelo
a las sucesivas adaptacio-nes de Harry Potter. Es imposible no
darse cuenta de los equilibrios a que se habrá visto obligado
este guionista para contentar a los lectores que de-mandaban una
reproducción fiel de semejante cantidad de pasajes, apor-tando al
mismo tiempo algunas ideas propias y conjugándolas con una
narración consistente y fluida acorde con las exigencias
co-merciales. Y, como sucede muy a menudo, en demasiadas
oca-siones Kloves ha preferido rescatar el mayor número posible
de eventos y personajes, sacrificando para ello la profundidad y
cohe-sión del relato. El resultado es una historia siempre
interesante y dinámica, pero algo irregular, arbitraria y
superficial, donde las distintas escenas se encadenan a marchas
forzadas, con una resolución bastante precipitada en la que
faltan algunos de-talles y explicaciones que ayuden a entender
mejor los conceptos que maneja la historia y, en cambio, sobran
ciertos personajes in-substanciales, cuya aportación es
ciertamente discutible más allá de servir como relajado
paréntesis humorístico, tal y como ocurre, por ejemplo, con la
irritante periodista Rita Skeeter. Así, ya desde el comienzo,
con la pesadilla introductoria, el fugaz viaje en trans-portador
o el abortado partido de quidditch, nos damos cuenta de que el
relato se excede al ir directamente al grano, sin ponernos en
los antecedentes necesarios y pasando de puntillas por cada
situa-ción, mientras que otros instantes resultan demasiado
prescindi-bles y recurrentes, caso de algunos prolegómenos en
busca de pa-reja para la fiesta, y no sirven más que para lastrar
el deslavazado desarrollo.
Con todo, sería injusto no admitir que "Harry Potter y el
cáliz de fuego" es una intensa y deliciosa experiencia
familiar, no sólo por el exuberante imaginario que despliega o
por su impre-sionante desfile de imágenes, sino por la
posibilidad que nos ofrece de identificarnos con la faceta más
íntima de sus pro-tagonistas, quienes atraviesan nuevas
experiencias fácilmente re-conocibles que tienen más relación
con la magia de lo cotidiano. En este sentido, a pesar de que la
película será recordada princi-palmente por algunas
espectaculares secuencias épicas, como los fragmentos que tienen
lugar alrededor del lago o la prueba del la-berinto, casi se ven
superadas por los instantes dramáticos que captan de forma
entrañable los sentimientos de los personajes, transmitidos con
cercanía y autenticidad. Lástima que no hubiera más tiempo para
desarrollarlas...
Mike Newell es un labrado
director que tiene en su haber decenas de tí-tulos para el cine y
la televisión harto desiguales —desde las estimables "Donnie
Brasco", "Abril encantado" o su gran éxito comercial "Cuatro
bodas y un funeral" hasta las irrelevantes "Fuera de control", "El
despertar" o la más reciente "La
sonrisa de Mona Lisa"—, pero es obvio que su más bien
nulo contacto con una gran pro-ducción de este tipo dentro del
género de aventuras fantásticas no lo hacía aparecer como el
candidato más oportuno al puesto. Y, si bien no se puede negar
que su trabajo es correcto en los momentos de más sosiego o
intimidad, así como en aquellos que quedan compensa-dos por la
fastuosa puesta en escena y los generosos recursos digitales, su planificación deja
bastante que desear en las secuen-cias de acción, caso de la
lucha contra el dragón, que no
disponen de la tensión y energía suficientes, por más que la
banda sonora de Patrick Doyle
(recogiendo el testigo dejado por John Williams) sea una vez más
la encargada de animar el
flácido tono en algunos tra-mos y darle una continuidad más
aparente. A ello cabe sumar la dudosa opción fotográfica de
Roger Pratt,
quien confunde "atmósfera tenebrosa" con "ausencia de luz más
filtro opa-co", dando lugar a numerosas escenas nocturnas donde
se pierde claridad expositiva.
Y qué quieren que les diga,
uno de los momentos más esperados de toda la historia
potteriana, el del renacimiento de Voldemort y su posterior
duelo con Harry, no podría haber quedado más deslucido. Y es
que, entre aquellos decorados tan de representación teatral de
fin de curso en el colegio, con ese puchero que más parece el
del cocido de la abuela, los mencionados problemas de visión,
un par de personajes enfrentados a los que les corre horchata
por las venas en vez de sangre a punto de ebullición (¿y este
señor sa-cado de "The Rocky Horror Picture Show" era el malo
maloso que debía infundirnos tanto respeto?) y las prisas que se
traen por con-cluir la escena y pasar a la siguiente, es difícil
encontrar la grandio-sidad o el aliento perverso por ningún
lado. La cosa, más que de miedo, es de risa.
Personalmente, siempre he conside-rado que el universo de Harry
Potter era menos interesante por su protago-nista, o
protagonistas, que por sus caracteres secundarios (eso incluye
también a las criaturas no humanas), y este mismo desequilibrio
se repro-duce también en el plano interpretati-vo, donde existe un
importante desni-vel entre aquellas figuras más inexper-tas y las
que cuentan con sobradas tablas. Obviamente, a estas alturas era
imposible liquidar... esto... prescindir de un actor tan insufi-ciente como
Daniel Radcliffe, a quien no le
auguro un gran futuro profesional después de colgar los hábitos
del niño mago, pero no
deja de llamar la atención que no haya mejorado un ápice desde
sus inicios, y su torpe sobreactuación no se beneficia en
absoluto de un libreto que le permite poco más que poner
cara de asombro, susto o de rabia-estreñimiento delante de los diferentes
eventos. Algo pasada de rosca está también
Emma "Hermione"
Watson, curiosamente la que se
perfilaba como la más prometedora del trío estelar, siendo Rupert Grint
(junto a sus hermanos gemelos en la ficción
James y Oliver Phelps)
el que ha experimentado una evolución más apre-ciable, desde
aquel payaso de forzadas muecas con que nos había castigado
hasta lograr aquí una conexión creíble y natural con la
idiosincrasia de Ron.
Como viene siendo habitual, es el reparto adulto el que
entrega un desempeño más convincente y matizado, pero salvo por
la presencia destacada de Michael
Gambon sus-tituyendo al fallecido Richard Harris como
Dumbledore, se echa de menos una mayor intervención de
Maggie Smith,
Robbie Coltra-ne
y sobre todo de
Alan Rickman,
que con su siniestro Profesor Snape ha creado uno de los
personajes más carismáticos. Entre las nuevas incorporaciones
adultas (nada a destacar sobre el estre-no de algunos miembros
adolescentes), cabe citar a
Miranda
Ri-chardson,
bastante desaprovechada en la piel de
Rita Skeeter,
y a
Ralph Fiennes
como Voldemort, una elección que no me ha aca-bado de
entusiasmar, pues aunque se trata de un talentoso intér-prete, ni
su presencia escénica ni su ejecución, excesivamente contenida,
le dan el empaque suficiente a un villano de este calibre.
Afortunadamente, un desinhibido
Brendan Gleeson nos permite
disfrutar mucho con su brillante caracterización de
Alastor
"Ojolo-co" Moody, convirtiéndose en el auténtico rey de la
función.
Supongo que todos estos defectos ya
estaban presentes en me-nor medida en los anteriores capítulos y
son parcialmente disculpa-bles si sopesamos el enorme reto que
suponía y el más que aceptable saldo final. A fin de cuentas, “Harry
Potter y el cá-liz de fuego” nos obsequia con suficiente
fantasía, acción, misterio, emociones y humor como para pasar un
buen rato, y pese a que los aspectos dramáticos y narrativos no
andan pare-jos a su espléndida técnica, al menos da fe del buen estado de sa-lud de esta
saga, todavía inconclusa.
Calificación:
    
Imágenes de "Harry Potter y el cáliz de fuego" - Copyright ©
2005 Warner Bros. Pictures y Heyday Films. Distribuida en España
por Warner Sogefilms. Harry Potter Publishing Rights © J.K.R.
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