CRÍTICA
por
Miguel Laviña Guallart
Acordes y desacuerdos
El inesperado
éxito hace tres años de “El otro lado de la cama” hi-zo que
rápidamente se buscaran precedentes o inspiraciones a aquella
insólita comedia en la que unos intérpretes, ajenos al géne-ro
musical, cantaban y bailaban sin ningún complejo (algunos
bas-tante bien, por cierto) populares temas de los años 70 y 80.
Se se-ñalaron entonces puntos de conexión con la genialidad de
Woody Allen en “Todos dicen I love you” o la estupenda “On
connaît la chanson” de Alain Resnais. En este tiempo, el film de
Emilio Mar-tínez-Lázaro, que exploraba caminos prácticamente
inéditos en nuestro cine, se ha convertido en un referente en sí
mismo. Se es-trena ahora la primera de sus secuelas (pueden venir
más), y es que la cama da mucho de sí.
La fórmula de comedia romántica y atípico musical conectó de
inmediato con los espectadores, y en este es-perado regreso, de
la mano del vetera-no Martínez-Lázaro y del guionista
David
Serrano, repite gran parte del equipo artístico y técnico. En
esta ocasión, el argumento resulta tan deli-rante que es inútil
intentar resumirlo. Con razón los actores, en la promo-ción del
film, no han querido contar nada, esgrimiendo la excusa de no
desvelar detalles. A los encuentros y desencuentros amorosos,
las eternas dudas sobre el concepto de pareja, y conflictos en
torno a la fidelidad y el compromiso, se suma ahora el
intercambio en las actitudes e identidades sexuales, para las
que se plantean curiosas soluciones, con variadas alternativas a
dos, tres o más bandas. Distintas formas de relaciones que, se
supone, reflejan las nuevas realidades sociales. Los personajes
masculinos han cambiado poco (más bien, sólo de pareja), son mayores, pero no por ello han evolucionado, y ahora parecen
todavía más neuróti-cos y estereotipados, si cabe, que en la
primera parte.
La película se beneficia de los interesantes hallazgos de su
predecesora, aunque carece de su factor sorpresa. Se susten-ta
principalmente en unos personajes que funcionaron muy bien a los
que se les da mayor protagonismo, en el conjunto de un
espléndido reparto y, cómo no, en sus números musi-cales. El
acierto en la puesta en juego de estos elementos equili-bra las
poco creíbles líneas argumentales. El personaje de Pilar, uno de
los más recordados gracias a la innegable vis cómica de
María
Esteve, tiene más peso en esta ocasión. Junto a ella, des-taca el
trabajo de Alberto San Juan en el papel de Rafa, aquel ta-xista
que se situaba más allá de todos los límites de lo política-mente
correcto, que tiene algunos de los diálogos y momentos más
divertidos de puro surrealistas (impagable su entrada "Gavilán o
paloma"). La mayoría de los actores han trabajado juntos, en
es-pecial en el teatro, y transmiten una gran complicidad. Vuelve
a funcionar la química entre la extraña pareja formada por
Guillermo Toledo y
Ernesto Alterio, que continúan embarcados en
su parti-cular rivalidad. La atractiva presencia de Paz Vega y
Natalia Verbe-ke no queda del todo olvidada con la sustitución
por Verónica Sánchez y
Lucía Jiménez, siendo esta última la que
parece sen-tirse más a gusto en su papel. Su participación en la
adaptación teatral de la primera parte le dio el pasaporte para
este protagonis-ta, en el que derrocha encanto y muestra sus
buenas dotes como cantante. Todos ellos bien secundados por
Pilar Castro y
Secun de la Rosa.
En los últimos tiempos ha habido una especie de revisitación de
los años 80, que puede tener parte de su origen en los
emblemáticos temas uti-lizados en esta saga. El compositor
Roque
Baños realiza una excelente adaptación de las canciones,
adecua-das a las voces y tonos de los acto-res, que incluyen
éxitos de grupos co-mo Alaska y Dinarama o Los Rodrí-guez, y, en
especial, una estupenda versión en balada de “Quiero besarte” de
Tequila. La selección de las letras encaja y da sentido a las
situaciones que acompañan, y, sin duda, una de las mayores
virtudes del film es la forma absolutamente lo-grada en que los
números musicales se intercalan y armoni-zan en la narración.
Están rodados de manera impecable en inte-riores y en acertadas
localizaciones madrileñas, y tal vez su único pero sería que
esta vez intentan tomarse demasiado en serio, con unas
coreografías innecesariamente complicadas, que restan algo de su
ingenuidad y espontaneidad.
A pesar de los evidentes esfuerzos por introducir personajes y
si-tuaciones nuevas, sorprende la debilidad de un guión que
consigue numerosos momentos brillantes, pero que acaba
perdiéndose en los laberintos de la comedia de enredo. Da la
impresión que la falta de originalidad, conocidas ya las claves
del proyecto, se pretende suplir con el enrevesamiento
argumental. Así, en el film se suceden una serie de estimables
secuencias, algunas realmente afortuna-das, como el momento cama
de Guillermo Toledo, Lucía Jiménez y Ernesto Alterio, con otras
de dudoso sentido del humor, caídas en el absurdo o
insostenibles situaciones sentimentales. Estos ba-ches
argumentales, en última instancia, no lastran lo narrado gra-cias
al buen hacer del director, que acomete su trabajo con agilidad
narrativa y elegancia formal.
Por otra parte, el autor de “Amo tu cama rica” o “Los peores
años de nuestra vida”, que a lo largo de su ca-rrera ha tocado
todas las cuerdas de la comedia urbana, introduce, siempre en
clave de humor, sutiles reflexiones sobre los estados de ánimo
de unos treintañeros que andan en poco perdi-dos, incapaces de
afrontar su futuro. "Nosotros ya no cumplimos los 30" es toda
una declaración que define a unos personajes masculinos que
in-tentan entender a sus oponentes fe-meninas. Son éstas las que
toman las decisiones, y superan en madurez y determinación a los
hombres. De esta forma, acaba conduciendo la historia hacia la
reflexión generacional, un terreno que conoce muy bien y en el
que parece sentirse muy cómodo.
La experiencia
de Emilio Martínez-Lázaro le permite mover-se con soltura en toda
clase de géneros y es capaz de suplir los excesos del guión.
También es notable su generosidad con la libertad dada a unos
actores que se entregan al proyecto con visi-ble entusiasmo. Vaya
por delante que la cinta se deja ver bien co-mo entretenimiento,
y sirve para disfrutar de una propuesta, al me-nos, distinta. El
tiempo transcurrido y la profesionalidad de los im-plicados
indica que no han querido, sin más, explotar o alargar la
fórmula del éxito, pero a pesar de las simpatías que despierta,
no logra vencer aquella máxima de que "segundas partes nunca
fueron buenas".
Calificación:
    
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