CRÍTICA
por
Leandro Marques
Ni tan ladrones, ni tanta risa
Cuando ya más
no les podía pasar. Con sus rostros desfigurados por dis-tintos
golpes. Suciedad en los cuer-pos. Con la casa vacía, sin siquiera
luz ni agua. Incluso sin el pasto del jardín. Y para peor de
males, con una carta de desalojo en las manos. La si-tuación los
desbordaba y ya no se po-día esperar más, había que tomar una
decisión. Como a Dick y Jane, un ma-trimonio normal, enamorado,
trabaja-dor, con un adorado pequeño hijo, a cualquier otra pareja
le podría haber sucedido. Este sistema perverso con-vierte el
planeta en escenario de una lucha salvaje, cuerpo a cuerpo,
entre quienes lo habitan. En este sistema perverso, no existen
las personas buenas, honestas, con principios morales, a quienes
les vaya de la manera que merecen. Con este marco de
justificaciones como refugio, primero un poco en broma, después
en serio, Dick y Jane resolvieron que la solu-ción a sus
problemas la encontrarían saliendo a robar.
En “Dick y
Jane: Ladrones de risa”, este panorama pesimista y
desolador es enfocado desde el humor. La situación de una
familia arruinada, estafada, que se viene abajo, que pierde su
estatus de vida, proporciona un sinfín de anécdotas que,
especialmente carac-terizadas por Jim Carrey, pueden mirarse con
cierta gracia. Sin embargo, para funcionar como algo más que un
producto comercial y convertirse en una película con una mirada
particular sobre un acontecimiento específico, esa gracia no
puede estar vacía de ele-mentos como la ironía o la acidez, que
completen y signifiquen el absurdo que transmiten las imágenes.
La cinta dirigida por Dean Parisot
probablemente haya intentado
proporcionar una mi-rada fresca y a la vez comprometida sobre el
tema en el que incursiona, pero nunca logra revertir la
percepción de llana liviandad que transmite el film. “Dick y
Jane: Ladrones de risa" carece del recurso de la metonimia (la parte por el
todo), o no la construye de la manera necesaria como para, al
correr el velo de la superficie, pueda encontrarse detrás de
ella una idea concreta, una posición determinada.
Partiendo de
este lugar, la comedia, que puede ser entendida como uno de los
géneros más efectivos para rebe-larse a algo, o al menos para
manifes-tar un descontento —sólo alcanza para confirmar esto
pensar en Charles Chaplin—, se queda en “Dick y Jane: Ladrones
de risa” sin su
segunda pa-ta, la que sostiene a la primera, y se convierte en un
mero y achatado pa-satiempo. Como comedia en su pri-mer sentido,
la cinta ofrece un rela-to ágil y dinámico, con gran
parti-cipación de la banda de sonido, plagado de situaciones que
bus-can, casi a la fuerza, conseguir el dibujo de una sonrisa en
el rostro del espectador. Aquí es donde se presenta otro
obstáculo al film. Sucede que al meterse con un tema de carácter
social tan sensible, tan delicado, sin terminar de involucrarse,
el “chiste” debe situarse en el lugar exacto, debe ser muy fino
para evitar la caída en un grotesco indeseado que termine
hiriendo y ofendiendo defini-tivamente sensibilidades. Porque
tampoco es cuestión de meterse así nomás y salir ileso
inmiscuyéndose en una problemática social que afecta seriamente
a muchos en muchos lugares del mundo.
Por supuesto,
como la tarea no es sencilla, no siempre los gags resultan
logrados y eficaces, pese a que Carrey y su coprota-gonista
Téa
Leoni ponen su empeño y sus destrezas por con-seguirlo.
Justamente la performance de los actores y la relación que
construyen sus personajes proporcionan la cuota más saluda-ble y
refrescante de la película. De todos modos, la cinta se
man-tiene siempre fiel a los puntos medios, lo que evita su
caída en un grotesco que roce la irrespetuosidad a la hora de
tratar el conflicto que aborda. El problema está en las
decisiones que se toman res-pecto a la elaboración del relato.
Por un lado, Parisot decide contar en un tono liviano una
historia que bien podría ser material de un film de género
dramático, pero por otro, no se permite dejar de lado la
seriedad del asunto tratado y lo respeta demasiado. Al mismo
tiempo que carece de audacia y desparpajo para pasarse de
la ra-ya con la burla (al estilo hermanos Farrelly, por
ejemplo), no se compromete en desarrollar una línea irónica que
le brinde el espa-cio para ubicar allí su mirada, su crítica al
mundo. Dick y Jane es resultado de esta mal lograda búsqueda de
un equilibrio: no se pue-de quedar bien con todos a la vez.
Además de las
fallas citadas, tam-poco puede decirse que la historia transcurra
con fluidez. Muchas veces, en muchas otras películas, el ritmo
in-cesante y el bombardeo constante de situaciones graciosas son
utilizados como recurso y como propuesta a la vez: no dejan
lugar a la reflexión du-rante el desarrollo del film porque la
ri-sa y el entretenimiento generan una especie de asfixia en el
espectador. Con lo malo y lo bueno que puede te-ner este
procedimiento, es un método válido cuando el realizador se
propone nada más hacer reír a su público. En el caso de “Dick y
Jane: Ladrones de risa”, la trama no se desarro-lla a un ritmo infernal sino que
ofrece espacios vacíos que llevan al encuentro del espectador
con sus pensamientos, pero en esa ins-tancia, la sensación que
proporciona ese diálogo es que el film no cuenta con una idea
clara que comunicar ni con demasiados chis-tes graciosos que
mostrar. En síntesis, puede definirse como una película que se
deja ver, con chispazos de entretenimiento. Segura-mente nadie
se levantará de su butaca ofuscado. Sin dudas, tam-poco está
destinada a generar grandes momentos, ni siquiera gran-des
carcajadas. Es una película llana, que no corre riesgos, y
que por consiguiente, en definitiva, terminará hundiéndose en la
intrascendencia.
Calificación:
    
Imágenes de "Dick y Jane: Ladrones de risa" - Copyright © 2005
Columbia Pictures, Imagine Entertainment y JC 23 Entertainment.
Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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