CRÍTICA
por
Leandro Marques
Crónica
sobre la desesperación
La suma de varios aspectos
concretos, bien visibles en un cuerpo humano, puede conducir a
una idea abstracta, la de la desesperación. Cuando se dice de
alguien que está o se encuentra en una situación de
desesperación es porque ciertas señales físicas permiten acceder
a esa conclusión. La desesperación no se da en sí misma, es
consecuencia del cúmulo de varios factores, el apuro impaciente,
el sufrimiento, la angustia, el individualismo llevado a un
extremo, la incapacidad para poner las cosas en perspectiva. No
obstante, básicamente, el primer indicio de la desesperación es
la ceguera: cuando uno está desesperado, simplemente no puede
ver más allá de su desesperación. El director
Lodge Kerrigan
se propone realizar una crónica cinematográfica sobre ese estado
límite y construye con su último trabajo, “Keane”, una
envolvente exploración sobre la desesperación.
Kerringan organiza y estructura el relato con reglas claras y
mucha disciplina para articular la narración: sabe qué quiere
y cómo llegar a eso. Cada pasaje del film
está dotado de una poderosa intensidad dramática provocada por
un juego de cercanías y distancias que plantea el director,
que le permite imprimir a cada encuadre una atmósfera nunca
intrascendente,
siempre sobrecargada de sensaciones fuertes. Keane, el
protagonista, ha perdido a su hija en una estación de tren. La
trama no se preocupa por ahondar con explicaciones, no se sabe
cuándo, no se sabe muy bien cómo ni por qué, sólo se detiene
en la información esencial: Keane tiene a su hija desaparecida
y la está buscando. El principio del largometraje es áspero,
irradia la frustración y progresiva desesperación del padre
que trata de encontrar a su hija sin saber dónde ni cómo.
Implícitamente, algo parece indicar que nunca la encontrará.
Kerrigan le otorga a la cámara todo el poder significativo.
Nada de planos fijos. Siempre inquieta, la cámara sigue cada
paso de Keane, bien cerquita de él o a sus espaldas, y captura
en detalle cada mueca, cada expresión de su rostro. Keane está
sumergido en la angustia y abatimiento, grita, sufre, llora, y
habla solo, como si nadie estuviera a su alrededor. Él no ve
nada ni a nadie, no puede, sólo busca y busca.
La
cercanía de la cámara obliga casi al espectador a colocarse en
el lugar del personaje central y entender al menos un poco la
sensación que le posee. En este sentido, espectador y
protagonista encuentran un vínculo. Los encuadres son siempre
cerrados, lo que recarga a las imágenes de un clima de tensión y
asfixia casi permanentes. El público no ve más que a Keane y su
búsqueda, así como Keane no ve otra cosa que su búsqueda. No hay
para él más mundo que el que tiene delante de sus narices, que
lo ahoga, y cada vez lo ciega más. Como no hay planos abiertos,
tampoco hay para el espectador otro mundo que el que atraviesa a
Keane. Su encierro, su ceguera, gracias al modo en que la
película está filmada, trasciende a la pantalla e
inexorablemente se incorpora al público, especialmente durante
la perturbadora primera media hora del film.
Después de construir la
realidad del personaje, de comunicar casi físicamente el dolor
del que es prisionero, Kerrigan corre la cámara unos metros para
atrás, toma distancia, y se dedica a investigar la personalidad
de Keane desde otro lugar. En esta etapa –que a partir de que
tiene lugar se alternará con el clima sofocante del principio–
la película se permite un respiro, y recorre la cotidianidad del
protagonista, su vida en una habitación de hotel, un poco de
sexo ocasional, algo de droga. No hay lugar para sonrisas en el
universo de Keane, y por eso el relato está enmarcado por un
tono gris, con la desolación y la tristeza siempre dejándose
asomar en cada imagen.
Keane está solo en el mundo,
y si bien pocas veces verbaliza explícitamente su situación,
siempre está atravesado por su soledad. Él es su soledad y su
dolor. Es la pérdida, la sensación de culpa, y, sobre todo, es
una ausencia, la de su hija. Interpretado de
manera soberbia por Damian Lewis,
el protagonista, pese a toda su esquizofrenia y oscuridad, deja
percibir cada tanto un haz de brillo en sus ojos.
Detrás de ese desesperado
hombre que busca sin ver, se esconde una persona sensible y
tierna. La maestría de Kerrigan pasa por permitirse mostrar de
Keane, sin que parezca forzado en absoluto, un costado
conmovedoramente humano. Pese a que el clima que predomina en el
relato está dominado por el encierro y el ensimismamiento, los
momentos en los que el realizador toma distancia permiten
descubrir a otro personaje. Cuando Keane logra escaparse de sí
mismo, y le hace lugar a otro en su mundo, se convierte en un
ser generoso y amable. En esos pasajes, minoritarios pero bien
presentes, la película se detiene para abordar la sensibilidad
de un ser dispuesto a intentar amar pese a todo el sufrimiento
que carga en sus espaldas. Keane nunca deja de ser una persona
desesperada, pero cuando ama, en particular a una pequeña amiga,
logra reencontrarse consigo mismo. El film no pretende
convertirlo de repente en un ser feliz “para siempre”, pero
construye deliciosos eclipses emocionales que le conducen a
instantes de sosiego en una vida que a primera vista no ofrece
lugar para momentos dulces.
Una
notable composición del personaje e igual calidad en la
interpretación, una estrategia de cámara bien definida y cargada
de eficacia, y, sobre todo, una muy atenta construcción de
verosimilitud, que permite el espacio para el diálogo y el
involucramiento casi físico del público, son las principales
características de esta pequeña joya cinematográfica.
A partir de la sensibilidad del
realizador para manejar su juego de cercanías y distancias
–articulado básicamente por los ángulos y encuadres de la
cámara–, es posible encontrar la llave de acceso a un mundo tan
íntimo y cargado de matices como fascinante de conocer. En su
tercera película –podría tratarse de la cuarta si no se hubiera
destruido de manera irremediable el material fílmico de su
anterior largometraje–, producida por
Steven Soderbergh,
Kerrigan consigue plasmar en pantalla algo muy difícil de
lograr: una magistral representación de una idea tan abstracta
por un lado como física por otro. Por esa razón, “Keane” es una
perfecta crónica sobre la desesperación.
Calificación:
    
Imágenes
de "Keane" - Copyright © 2004 Populist Pictures, Studio Fierberg,
Canary Films, Section Eight y Serene 9. Distribuida
en España por Avalon Productions. Todos los derechos
reservados.
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