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KEANE


Dirección y guión: Lodge Kerrigan.
País:
USA.
Año: 2004.
Duración: 93 min.
Género: Drama.
Interpretación: Damian Lewis (William Keane), Abigail Breslin (Kira Bedik), Amy Ryan (Lynn Bedik), Tina Holmes (Michelle), Christopher Evan Welch, Liza Colon-Zayas, John Tormey, Brenda Denmark, Ed Wheeler, Yvette Mercedes, Chris Bauer, Lev Gorn, Frank Wood.
Producción: Andrew Fierberg.
Producción ejecutiva: Steven Soderbergh.
Fotografía: John Foster.
Montaje: Andrew Hafitz.
Diseño de producción: Petra Barchi.
Vestuario: Catherine George.
Estreno en USA: 9 Septiembre 2005.
Estreno en España: 11 Mayo 2007.

CRÍTICA por Leandro Marques

Crónica sobre la desesperación

  La suma de varios aspectos concretos, bien visibles en un cuerpo humano, puede conducir a una idea abstracta, la de la desesperación. Cuando se dice de alguien que está o se encuentra en una situación de desesperación es porque ciertas señales físicas permiten acceder a esa conclusión. La desesperación no se da en sí misma, es consecuencia del cúmulo de varios factores, el apuro impaciente, el sufrimiento, la angustia, el individualismo llevado a un extremo, la incapacidad para poner las cosas en perspectiva. No obstante, básicamente, el primer indicio de la desesperación es la ceguera: cuando uno está desesperado, simplemente no puede ver más allá de su desesperación. El director Lodge Kerrigan se propone realizar una crónica cinematográfica sobre ese estado límite y construye con su último trabajo, “Keane”, una envolvente exploración sobre la desesperación.

 

  Kerringan organiza y estructura el relato con reglas claras y mucha disciplina para articular la narración: sabe qué quiere y cómo llegar a eso. Cada pasaje del film está dotado de una poderosa intensidad dramática provocada por un juego de cercanías y distancias que plantea el director, que le permite imprimir a cada encuadre una atmósfera nunca intrascendente, siempre sobrecargada de sensaciones fuertes. Keane, el protagonista, ha perdido a su hija en una estación de tren. La trama no se preocupa por ahondar con explicaciones, no se sabe cuándo, no se sabe muy bien cómo ni por qué, sólo se detiene en la información esencial: Keane tiene a su hija desaparecida y la está buscando. El principio del largometraje es áspero, irradia la frustración y progresiva desesperación del padre que trata de encontrar a su hija sin saber dónde ni cómo. Implícitamente, algo parece indicar que nunca la encontrará. Kerrigan le otorga a la cámara todo el poder significativo. Nada de planos fijos. Siempre inquieta, la cámara sigue cada paso de Keane, bien cerquita de él o a sus espaldas, y captura en detalle cada mueca, cada expresión de su rostro. Keane está sumergido en la angustia y abatimiento, grita, sufre, llora, y habla solo, como si nadie estuviera a su alrededor. Él no ve nada ni a nadie, no puede, sólo busca y busca.

  La cercanía de la cámara obliga casi al espectador a colocarse en el lugar del personaje central y entender al menos un poco la sensación que le posee. En este sentido, espectador y protagonista encuentran un vínculo. Los encuadres son siempre cerrados, lo que recarga a las imágenes de un clima de tensión y asfixia casi permanentes. El público no ve más que a Keane y su búsqueda, así como Keane no ve otra cosa que su búsqueda. No hay para él más mundo que el que tiene delante de sus narices, que lo ahoga, y cada vez lo ciega más. Como no hay planos abiertos, tampoco hay para el espectador otro mundo que el que atraviesa a Keane. Su encierro, su ceguera, gracias al modo en que la película está filmada, trasciende a la pantalla e inexorablemente se incorpora al público, especialmente durante la perturbadora primera media hora del film.

  Después de construir la realidad del personaje, de comunicar casi físicamente el dolor del que es prisionero, Kerrigan corre la cámara unos metros para atrás, toma distancia, y se dedica a investigar la personalidad de Keane desde otro lugar. En esta etapa –que a partir de que tiene lugar se alternará con el clima sofocante del principio– la película se permite un respiro, y recorre la cotidianidad del protagonista, su vida en una habitación de hotel, un poco de sexo ocasional, algo de droga. No hay lugar para sonrisas en el universo de Keane, y por eso el relato está enmarcado por un tono gris, con la desolación y la tristeza siempre dejándose asomar en cada imagen.

  Keane está solo en el mundo, y si bien pocas veces verbaliza explícitamente su situación, siempre está atravesado por su soledad. Él es su soledad y su dolor. Es la pérdida, la sensación de culpa, y, sobre todo, es una ausencia, la de su hija. Interpretado de manera soberbia por Damian Lewis, el protagonista, pese a toda su esquizofrenia y oscuridad, deja percibir cada tanto un haz de brillo en sus ojos. Detrás de ese desesperado hombre que busca sin ver, se esconde una persona sensible y tierna. La maestría de Kerrigan pasa por permitirse mostrar de Keane, sin que parezca forzado en absoluto, un costado conmovedoramente humano. Pese a que el clima que predomina en el relato está dominado por el encierro y el ensimismamiento, los momentos en los que el realizador toma distancia permiten descubrir a otro personaje. Cuando Keane logra escaparse de sí mismo, y le hace lugar a otro en su mundo, se convierte en un ser generoso y amable. En esos pasajes, minoritarios pero bien presentes, la película se detiene para abordar la sensibilidad de un ser dispuesto a intentar amar pese a todo el sufrimiento que carga en sus espaldas. Keane nunca deja de ser una persona desesperada, pero cuando ama, en particular a una pequeña amiga, logra reencontrarse consigo mismo. El film no pretende convertirlo de repente en un ser feliz “para siempre”, pero construye deliciosos eclipses emocionales que le conducen a instantes de sosiego en una vida que a primera vista no ofrece lugar para momentos dulces.

  Una notable composición del personaje e igual calidad en la interpretación, una estrategia de cámara bien definida y cargada de eficacia, y, sobre todo, una muy atenta construcción de verosimilitud, que permite el espacio para el diálogo y el involucramiento casi físico del público, son las principales características de esta pequeña joya cinematográfica. A partir de la sensibilidad del realizador para manejar su juego de cercanías y distancias –articulado básicamente por los ángulos y encuadres de la cámara–, es posible encontrar la llave de acceso a un mundo tan íntimo y cargado de matices como fascinante de conocer. En su tercera película –podría tratarse de la cuarta si no se hubiera destruido de manera irremediable el material fílmico de su anterior largometraje–, producida por Steven Soderbergh, Kerrigan consigue plasmar en pantalla algo muy difícil de lograr: una magistral representación de una idea tan abstracta por un lado como física por otro. Por esa razón, “Keane” es una perfecta crónica sobre la desesperación.

Calificación:


Imágenes de "Keane" - Copyright © 2004 Populist Pictures, Studio Fierberg, Canary Films, Section Eight y Serene 9. Distribuida en España por Avalon Productions. Todos los derechos reservados.

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