CRÍTICA
por
Joaquín R. Fernández
Aún sigo dándole vueltas a la
cabeza para comprender los moti-vos por los cuales "Memorias de
una geisha" ha sido vapuleada por la crítica estadounidense,
algo que seguramente harán de igual for-ma la mayoría de medios
de comunicación europeos. Bajo mi pun-to de vista, cualquiera de
los argumentos que muchos esgrimen contra este filme podrían
utilizarse también para describir las imper-fecciones de "Chicago",
el musical que se alzó con el Oscar® a la mejor película en la
septuagésima quinta edición de estos célebres galardones y que
tan popular hizo a Rob Marshall,
el responsable de esta adaptación cinematográfica de la amena
novela de Arthur Golden.
No han sido pocos los intentos de llevar a la pantalla grande
este afa-mado texto literario, siendo
Steven Spielberg uno de los nombres que a muchos nos
hubiera encantado ver en los títulos de crédito de la cinta, no
como productor, como es el caso, si-no en calidad de realizador.
La dificul-tad de encontrar un guión adecuado o unos intérpretes
que pudieran atraer al público occidental, algo complicado si
tenemos en cuenta que hasta Ja-ckie Chan ha sufrido no pocos
tras-piés en la taquilla norteamericana, han retrasado el rodaje
de un proyecto que ha pasado por las manos de cineastas que, en
princi-pio, no se parecen en nada, tal y como se puede comprobar
si comparamos la obra de Spike Jonze con la de Kimberly Peirce.
La trama de "Memorias de una
geisha" da comienzo en los años veinte del siglo pasado y se
desarrolla más allá de la Segunda Guerra Mundial. Un pescador
vende a sus dos hijas a un hombre, puesto que no puede cuidar de
ellas, ya que su esposa está en-ferma. Las niñas son separadas,
viéndose forzada una de ellas a ejercer la prostitución mientras
que la otra es aceptada en una casa de geishas. Allí
prácticamente se convertirá en una criada, si bien la fortuna se
cruza en su camino el día en que la popular Ma-meha decide
convertirse en su maestra y enseñarle todos los se-cretos que le
permitirán llamar la atención de hombres poderosos que puedan
llegar a ser sus protectores, garantizándole de este modo una
existencia acomodada. El precio, no obstante, sigue siendo muy
alto: su libertad. Aparte de tener que entrenarse muy duramente
en todo tipo de artes y agilizar su intelecto en muy poco
tiempo, la joven será el objeto de deseo de individuos a los que
no ama.
La película, que podría definirse co-mo un drama en el cual se
atisban de vez en cuando unos cuantos rayos de esperanza, es el
relato del viaje emo-cional de una muchacha maltratada por la
vida y que intenta subsistir de-seando que en un futuro se
cumpla su más preciado sueño. Aunque su de-sarrollo podría
tildarse de pausa-do, ello no quiere decir que la cin-ta se haga
pesada o llegue a abu-rrir. Existen altibajos, cierto,
provo-cándonos sorpresa el adecuado tiem-po que se toma el
guionista en des-cribirnos la infancia de la protagonista
cuando, por ejemplo, no hace lo propio con respecto a la
educación que Sayuri recibe de Mameha. Mientras algunos temas
son trata-dos de manera superficial, otros sobresalen gracias al
mimo que el realizador ha puesto en ellos, algo que se puede
comprobar en ciertas escenas del filme (la rivalidad entre las
geishas, la presenta-ción en sociedad de Sayuri, los diálogos
que escuchamos durante el combate de sumo o los cambios que
afectan a algunos persona-jes tras la guerra).
Es una
lástima, sin embargo, que Rob Marshall se empecine en contener
los sentimientos de los protagonistas, probablemente en un
intento de que nadie le acuse de manipular al espectador con un
puñado de secuencias lacrimógenas. No obstante, esto no quiere
decir que los afectos que se profesan determinados personajes no
cautiven al público, existiendo al menos un exquisito uso de las
miradas y de los gestos, desembocando todo ello en un venusto
fi-nal que conmueve al público gracias a su emotividad, tan
escon-dida hasta entonces que probablemente semejante resolución
pro-voque un mayor impacto en todos aquellos que hemos asistido
a las amarguras que ha tenido que padecer Sayuri en su tránsito
de la niñez a la adolescencia y de la adolescencia a la madurez.
Resulta imposible no mencionar el preciosismo técnico que
exhibe esta película, poseedora de una hermosa fotografía, unos
esplén-didos maquillajes, unos fastuosos decorados y unos
deslumbrantes vestuarios. Además,
John Williams deja a un lado sus habituales alardes
orquestales y, como era de esperar, nos ofrece una banda sonora
repleta de sonoridades orientales, en ocasio-nes tal vez
excesivamente frías. Aun-que su música no se puede calificar de
original y no se encuentra entre sus mejores trabajos, al menos
contiene piezas de una agradecida belleza, como cuando vemos a
Chiyo y a su amiga correteando por las calles de la ciudad o,
por supuesto, ese precioso tema central que escribe para Sayuri.
En todo
caso, lo mejor de "Memorias de una geisha" lo ha-llaremos en
su reparto, destacando una resplandeciente y ver-sátil
Zhang Ziyi y un magnífico
Ken Watanabe, siendo su papel el de un individuo
amable y caballeroso (por supuesto, nadie alaba-rá su
interpretación al no estar basado su personaje en ninguna figura
conocida o al no poseer alguna discapacidad que le permita
lucirse como actor). Además, cabe reseñar la elegancia de
Miche-lle Yeoh y la poderosa
presencia de Gong Li, que
expresa muy bien con su rostro, y particularmente con los ojos,
la compleja per-sonalidad de Hatsumomo.
Calificación película:
     Calificación
banda sonora original:
    
Imágenes
de "Memorias de una geisha" - Copyright © 2005
Columbia Pictrures, DreamWorks Pictures, Spyglass Entertainment,
Amblin Entertainment y Red Wagon Entertainment. Distribuida en
España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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