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Banda sonora original de "Munich" (John Williams)
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MUNICH


Dirección: Steven Spielberg.
País:
USA.
Año: 2005.
Duración: 164 min.
Género: Thriller, drama.
Interpretación: Eric Bana (Avner), Daniel Craig (Steve), Ciarán Hinds (Carl), Mathieu Kassovitz (Robert), Hanns Zischler (Hans), Geoffrey Rush (Ephraim), Ayelet Zurer (Daphna), Omar Metwally (Ali), Ami Weinberg (General Zamir), Michael Lonsdale (Papa), Valeria Bruni Tedeschi (Sylvie), Yvan Attal (Tony), Lynn Cohen (Golda Meir).
Guión: Tony Kushner y Eric Roth; basado en el libro de George Jonas.
Producción: Kathleen Kennedy, Steven Spielberg, Barry Mendel y Colin Wilson.
Música: John Williams.
Fotografía:
Janusz Kaminski.
Montaje: Michael Kahn.
Diseño de producción: Rick Carter.
Vestuario: Joanna Johnston.
Estreno en USA: 23 Diciembre 2005.
Estreno en España: 27 Enero 2006.

MÁS CRÍTICAS

Javier Cuenca Velarde (E-mail a la redacción)

  «Debo admitir que siempre me dispongo a ver una película de Spielberg con cierta sensación de recelo que a menudo se traduce en auténtica decepción ante la sensiblería y el sentimentalismo excesivos de que suele hacer gala. Me defraudó profundamente el final de “A.I. Inteligencia artificial”, en la que el llamado rey Midas de Hollywood traicionó el proyecto de Kubrick con un chorro de mermelada empalagosa, y le pongo peros a “La lista de Schindler”, una de sus mejores películas, porque se le ve el plumero yanqui aunque pretenda ser un filme de raíces europeas. Creo que Spielberg es un cineasta “de momentos” (la primera parte de “Salvar al soldado Ryan” es excepcional) y que cuenta en su filmografía con una obra insólita y fascinante, “El diablo sobre ruedas”, destinada a la televisión y que constituyó su ópera prima. Sin embargo, puntualizado todo esto, he de decir que “Munich” es una de sus mejores películas hasta la fecha. Spielberg ha rodado este filme sobre la barbarie con una contención excepcional y un pulso narrativo que alcanza a lo largo de las dos horas y media que dura la proyección cotas casi documentales. Lejos de efectismos, que podría tenerlos y muchos, “Munich” es una crónica pausada y oscura donde la violencia está filmada a raudales, de una manera realista y conmovedora. Spielberg ha decidido ser objetivo por esta vez y no se implica en la historia, dejando hablar y moverse a los personajes con total libertad. Sólo se permite un ligero atisbo de sentimentalismo típico de su cine en un momento de la película que, como acostumbro, no desvelaré, pero es tan fugaz que apenas logra enturbiar la perfección de la obra. Intuimos que el bueno de Steven seguirá alternando buen cine con ese otro que no lo es tanto y que le llena el bolsillo, pero le agradecemos que de vez en cuando nos regale pepitas de oro como “Munich”, donde el realizador se desnuda de tópicos y rueda sin complejos, mostrando la realidad a golpe de cámara y de emoción».

 

Hans Rosemberg (E-mail a la redacción)

  «De "La guerra de los mundos" a "Munich" hay una considerable diferencia en cuanto a las temáticas presentadas y aún mucho más en cuanto a la estética general y estilo visual de ambos filmes, pero está claro que para Steven Spielberg todo se trata de saber contar bien una historia, no importando su género. Pero a diferencia de Ridley Scott por ejemplo, quien de igual forma ha demostrado su versatilidad fílmica a lo largo de su carrera, Spielberg ha logrado en cambio un posicionamiento mucho más marcado como todo un director “geminiano”. Por un lado, con el grandilocuente espectáculo visual, y por otro, con el coqueteo a la dimensión histórica -–que es el caso que hoy nos compete–. Pero hay que entender que en "Munich" Spielberg nos entrega un lineamiento clave al inicio de su filme, ubicándonos en los terrenos de la inspiración en vez de hablar de una cinta “basada en” hechos reales. Nos encontramos entonces ante una ficción histórica que más que mostrarnos una crónica detallada del atentado terrorista en aquellos juegos Olímpicos, nos presenta principalmente la posterior operación llevada a cabo por un equipo encubierto, cuyo objetivo era asesinar a los once responsables del secuestro de los atletas israelíes. En su discurso, sin embargo, los realizadores modifican el esqueleto de los personajes para estructurar dramáticamente un planteamiento moral sobre el círculo vicioso que conlleva la violencia y la sed de venganza (visto desde la óptica del conflicto palestino-israelí pero haciendo paralelismos con los recientes atentados del 11 de septiembre de 2001), el cual, básicamente, se ve reflejado en el derrumbe progresivo de Avner (Eric Bana), líder de la operación y personaje principal. Pero en realidad el filme funciona mucho mejor como un thriller de suspense que como un manifiesto moral. Son totalmente comprensibles las modificaciones dramáticas que los guionistas han realizado para estructurar la historia, porque no es recomendable buscar en una película una lección histórica en cuanto a método pedagógico se refiere (para eso existen los libros de texto y la documentación pertinente), pero Spielberg y su director de fotografía (Janusz Kaminski) hacen del material una delicia en cuanto a atmósfera y suspense se trata. Es de destacar de igual forma unos exquisitos efectos de sonido que transforman la cinta en una experiencia envolvente –muy parecido al resultado en "Salvar al soldado Ryan" (1998)–, y hablar también de un guión que en los momentos clave para hacer su planteamiento moral (dos o tres escenas), muestra una perspicacia en extremo bienvenida. El mensaje para el gobierno estadounidense queda dicho en la secuencia final en donde al aparecer los créditos vemos el World Trade Center que, incluso con la ambigüedad que nos deja el director con el último diálogo, nos refleja lo actual y necesario que resulta el cuestionarse sobre la lucha contra el terrorismo y sus implicaciones morales. Aunque el ritmo decae levemente en la última media hora de proyección, "Munich" es un filme que recomiendo por la sensibilidad de la temática que presenta y por la audacia de su director para generar el suspense. Aquel espectador que aprecie este tipo de contenido sin duda alguna dará el visto bueno al trabajo de Spielberg y su equipo. Y ya que de lo sucedido en Munich se trata, el documental “One day in september” (1999), del director Kevin McDonald, es una idónea opción para complementar la receta audiovisual sobre los atentados».

David Garrido Bazán (Lista de Cine)

  «Hace ya algunos años recuerdo haber leído en un periódico un inteligente a la vez que apesadumbrado artículo firmado por Woody Allen en el que el cineasta neoyorquino analizaba los sentimientos de repulsa y vergüenza que le habían producido las noticias de varias operaciones de represalia de Israel en los territorios ocupados que se habían saldado con la muerte de varias decenas de civiles inocentes. Allen se preguntaba cómo era posible que, pese a todo lo que Israel había tenido que hacer para sobrevivir como Estado desde su fundación tras la II Guerra Mundial, el pueblo judío al que él mismo pertenecía había sido capaz tan fácilmente de convertirse en apenas un par de generaciones de víctimas del Holocausto a verdugos implacables del pueblo palestino, capaces incluso de ponerse a su nivel devolviendo muerto por muerto en una denigrante aplicación de la Ley del Talión que, además del agravante moral que siempre conlleva un terrorismo de Estado amparado por las más altas instancias políticas del país, no hacía sino alimentar una interminable espiral de violencia y odio cuyo fin no parecía vislumbrarse por ninguna parte. Por supuesto, el artículo de Allen expresaba en voz alta una opinión bastante común entre ese colectivo que se dedica al mundo del entretenimiento o la cultura que contempla con cierto estupor la deriva de los acontecimientos y a los que el sector más conservador tacha a menudo de desleales con su pueblo. Este mismo sector es el que aún debe de estar frotándose los ojos tras contemplar la contundente declaración de principios que Steven Spielberg ha hecho en "Munich", una película en la que el autor de "La lista de Schindler" vuelve la vista atrás para explorar a fondo el momento en el que Israel decidió, vulnerando sus propias leyes en favor de lo que aún hoy se sigue considerando una necesidad de Estado, combatir al terrorismo palestino con sus mismas armas, bajo el doble objetivo de eliminar a sus enemigos y persuadir a sus seguidores de emprender futuras acciones como las que otorgaron triste notoriedad a Septiembre Negro en las Olimpiadas de 1972. Cuando una película de estas características produce un considerable grado de indignación y rechazo por parte de los dos bandos en conflicto, estamos ante una señal inequívoca de inteligencia. Lo interesante de "Munich" es precisamente el cineasta que está detrás de ella. Steven Spielberg no es en absoluto una figura dudosa en su compromiso con sus raíces. Más allá de "La lista de Schindler", película clave en su filmografía, fruto de una dolorosa necesidad personal de enfrentar su propia historia, conviene no olvidar que Spielberg es uno de los impulsores de la Fundación de Historia Visual de los Sobrevivientes de la Shoah, a través de la cual ha producido obras como "Silencio roto" en la que varios cineastas de todo el mundo aportaban su visión del Holocausto. Entonces, ¿por qué "Munich"? ¿Qué lleva al cineasta más independiente del mundo, capaz de levantar cualquier proyecto que se proponga, a realizar una película tan arriesgada y que trata un tema tan doloroso y complejo, sabiendo de antemano la polémica que iba a provocar, principalmente entre aquellos que siempre han considerado a Spielberg como ‘uno de los suyos’? La respuesta probablemente haya que buscarla en el propio compromiso del cineasta consigo mismo y con su sistema de valores, y en la necesidad, desde su posición privilegiada no sólo dentro de la industria sino en el conjunto de la sociedad, de hacer oír su voz contra el sinsentido y la profunda irracionalidad de esa política de venganza que sólo alimenta la hoguera del odio y la violencia sin aportar nada a cambio. No es poco. "MUNICH" DESDE VARIOS ÁNGULOS: 1. EL SPIELBERG REINVENTADO. Una película tan compleja y rica en lecturas tanto del pasado en el que se ambienta como el presente en el que reverberan sus consecuencias bien merece una mirada detallada que analice por separado los múltiples elementos que la componen. Para muchos, "Munich" es una película que rompe con gran parte la anterior filmografía de Spielberg, tanto por su fuerte contenido político como por su factura visual y su puesta en escena. Siendo ambos aspectos bastante discutibles –especialmente el primero pues, mal que les pese a muchos, el cine de Spielberg es mucho más político de lo que algunos están dispuestos a admitir y aún más en sus obras realizadas en lo que llevamos de siglo–, no deja de ser cierto que, a primera vista, "Munich" resulta una película algo novedosa en cuanto a la forma de narrar en imágenes del cineasta. Sin embargo, más allá de una construcción en la que se superponen con habilidad el espectáculo puramente cinematográfico con el demoledor mensaje político que encierra la historia, lo que verdaderamente llama la atención en "Munich" es esa voluntad que parece presidir toda la obra de homenajear cierto estilo visual propio del cine de los setenta, casi como si Spielberg quisiera reivindicar los principios que animaban a aquella generación irrepetible y contestataria que algunos han denominado ‘del compromiso’ (cuya forma de entender y hacer cine, paradójicamente, fue enterrada por directores como el propio Spielberg o George Lucas, que cambiaron para siempre la forma de entender el negocio del cine en Hollywood con sus primeras y exitosas producciones comerciales). Así, no resulta demasiado difícil rastrear en las imágenes de "Munich", a través de esa fotografía apagada, la profundidad de campo de algunas tomas, el uso puntual del zoom y, sobre todo, la sobriedad de una puesta en escena sumamente austera con la que Spielberg muestra unos hechos terribles sin caer en el más mínimo subrayado emocional, las huellas de cineastas como Sydney Pollack ("Los tres días del Cóndor"), Alan J. Pakula ("Klute", "Todos jos hombres del presidente"), el primer Francis Ford Coppola ("La conversación", a la que se homenajea explícitamente en la secuencia de Avner buscando de forma paranoica amenazas en su habitación y terminando por dormir en el armario) y, sobre todo, el que quizás mejor supo aunar las virtudes del thriller con el mensaje político, John Frankenheimer ("Domingo negro"). Tampoco falta quien ha señalado, y con razón, la forma en la que la construcción de algunas escenas (cf. el atentado en París con la sorpresiva presencia de la hija pequeña del blanco de la misma, secuencia por otra parte magistralmente concebida y ejecutada) recuerdan aquella lección del viejo maestro Hitchcock para conseguir que el espectador entre en tensión haciéndole partícipe de hechos que los personajes desconocen. Pero lo importante es que Spielberg, con su enorme talento, va mucho más allá del simple homenaje y consigue imbricar de forma elegante dichos referentes en su propia forma de hacer cine, de tal forma que el recuerdo jamás molesta o perturba tanto como para desviar la atención del espectador sobre lo que se está contando con el cómo se cuenta. De la misma forma, resulta un tanto banal fijar la atención sobre la presencia de dos escenas de sexo, por más que sean inhabituales en un director que casi siempre se ha mostrado reticente a mostrarlo abiertamente en su filmografía, ya que ambas, plenamente justificadas, resultan bastante ilustrativas sobre una de las tesis que dominan la película: cómo el amor puede convertirse en el refugio y la patria simbólica de Avner al principio y al final de su doloroso viaje. Lo que sí es un elemento novedoso que no conviene subestimar en una película de la hondura y complejidad de "Munich" es la presencia en el guión de dos escritores judíos como Tony Kushner ("Ángeles en America") y Eric Roth ("The insider") que demuestran estar en clara sintonía con lo que Spielberg quiere contar en Munich. 2. EL SPIELBERG FIEL A SÍ MISMO: CONSTANTES. Más allá de lo señalado en el apartado anterior, se engaña aquel que pretenda sostener la teoría de que "Munich" resulta una obra aislada en la filmografía de Spielberg que como mucho podría asociarse a la otra gran película ‘trascendente’ del director, "La lista de Schindler". Por lo pronto, no se puede obviar que películas tan distintas en temáticas y resultados como "El color púrpura", "El imperio del sol", "Amistad" o "Salvar al soldado Ryan" demuestran bien a las claras que Spielberg siempre ha sentido cierto interés por revisar determinados momentos históricos que ha considerado relevantes, por lo que desde ese punto de vista "Munich" no debería sorprender a nadie. Además, el personaje de Avner es un antihéroe típicamente spielbergiano que encaja a la perfección con los protagonistas de su cine más reciente. Desde hace ya tiempo vengo defendiendo la teoría de que el cine de Spielberg ha experimentado en este nuevo siglo una madurez inusitada. "A.I. Inteligencia artificial", "Minority report" y "Atrápame si puedes", siendo películas aparentemente muy distintas entre sí, en el fondo conforman una trilogía sobre el abandono y el desarraigo que hace que sus personajes protagonistas compartan características y se enfrenten a problemas muy similares entre sí en su lucha por ser aceptados, encontrar el hogar o los seres queridos perdidos o, simplemente, un lugar en el mundo. "La terminal", tras su apariencia de comedia amable y ligera, tiene un protagonista victima del miedo irracional de la sociedad estadounidense al extranjero indocumentado (y de paso también sacrifica todo por cumplir la voluntad de un padre igualmente ausente) y serán pocos los que nieguen que "La guerra de los mundos", más allá de estar igualmente protagonizada por una familia desestructurada y un padre desastroso que se encuentra a sí mismo a lo largo de su peripecia, contiene referencias más que evidentes al 11-S que distan mucho de ser casuales. Del mismo modo, Avner es un personaje marcado por un padre tan presente por su condición de héroe como físicamente ausente de la pantalla. Avner suple esta ausencia con una profusión de figuras paternales como nunca se había visto en el cine de Spielberg. Su orfandad es tal que condiciona sus actos –a partir de un determinado momento, lo único que mantiene en pie a Avner es poder volver a reunirse con su familia en algún momento del futuro– porque, como bien le espeta su esposa en un momento del filme, Avner se siente obligado con Israel como un hijo obediente de esa madre patria que le reclama. Golda Meir le trata con un afecto mayor que el de su propia madre en la única escena que comparten y más tarde serán el personaje de Michael Lonsdale –que respeta las motivaciones de Avner para hacer lo que hace y que le trata como a un hijo, aunque le advierte que no es parte de su familia– e incluso Carl, el miembro de su equipo interpretado con brillantez por Ciarán Hinds –que le obliga a cuestionarse lo que hacen– quienes jueguen ese papel de figuras paternales. El viaje emocional de Avner, su progresiva toma de conciencia sobre la inutilidad y la ruindad moral de sus actos, es muy parecido al que vivía Oskar Schindler, obligando al espectador a cambiar con él. Spielberg ofrece una diversidad de puntos de vista a través de todos los que rodean a Avner, pero es a través de la identificación del espectador con el periplo emocional de éste que el director consigue plantear el drama ético y la ignominia moral de sus acciones hasta tal punto que, a partir de un momento clave –la desoladora secuencia que tiene lugar en Holanda, posiblemente la secuencia más dura de toda la filmografía de Spielberg– ya no hay vuelta atrás ni redención posible y cualquier asomo de superioridad moral o justificación de sus actos desaparece por completo. 3. EL SPIELBERG POLÍTICO: LA BRILLANTEZ DE "MUNICH". "Munich" ha provocado una falsa polémica: ni Spielberg es sospechoso de tibieza en su planteamiento –muy al contrario: resulta extremadamente riguroso– ni se muestra más favorable al discurso de cualquiera de los dos bandos. Hay numerosas pruebas de ello, como la forma nada casual en la que muestra en un montaje paralelo la intensidad con la que viven por televisión el devenir de los acontecimientos de Munich tanto las familias de los israelíes secuestrados como las de los palestinos implicados, o cómo alterna la aparición de los rostros de los atletas fallecidos por televisión con el despliegue en una mesa de las fotos de los responsables del atentado que van a ser ejecutados. Algunos detalles no por más sutiles son menos reveladores, como la incoherencia entre el discurso de Golda Meir y la decisión tomada, o el momento particularmente malévolo en el que Carl felicita sucesivamente de la misma forma a Avner (Mazeltov) el nacimiento de su hija y el fallecimiento de uno de sus objetivos. Se ha discutido incluso que la representación de los hechos de Munich muestra a unos palestinos mucho más brutales que la más justificada forma de actuar del comando israelí, olvidando por un lado que Spielberg utiliza constantemente aquel recurso como una recreación de Avner para ahuyentar las dudas que constantemente le asaltan (“No me siento cómodo en la indecisión”, llega a decir) lo que explica en parte su salvajismo –por otra parte es innegable que Spielberg resulta tan riguroso como brillante en dichas escenas, que transmiten una incomodidad y una tensión insoportables– y, por otro, que Spielberg no pierde ocasión de dar voz a los palestinos para ofrecer sus argumentos, incluso al precio de insertar una escena insostenible desde el punto de vista lógico (la del piso franco) con el único fin de llegar a la conversación entre Ali y Avner o de mostrar su lado más humano – la forma en la que presenta al poeta de Roma, la vida familiar del empresario de París o el objetivo del Hotel con el que Avner llega a mantener una agradable conversación trivial antes de dar la señal que acabará con su vida– en un conflicto en el que no tienen cabida maniqueos conceptos sobre el mal y el bien, con la única excepción de los representantes del poder israelí (con un ajustado Geoffrey Rush a la cabeza) que, ésos sí, son mostrados sin excesivas simpatías. Para finalizar, cualquier análisis de "Munich" estaría incompleto sin hacer mención a las evidentes lecturas en clave actual que se pueden hacer de sus múltiples mensajes. No sólo ya por esa secuencia final nada gratuita en la que lo último que se escucha es una desoladora muestra de la intransigente visión del conflicto de uno de los dos bandos (aquí ya no caben componendas sentimentales: Spielberg ha madurado) y lo último que se ve obliga al espectador a plantearse hasta qué punto la declarada Guerra al Terrorismo de la Administración Bush no es sino otra forma de engendrar más odio y alimentar la inacabable cadena de violencia. El panorama no es nada alentador: basta con mirar cualquier telediario de estos mismos días. Desde luego que no se le puede pedir a Spielberg que ofrezca respuestas adecuadas a las múltiples preguntas que su película plantea, pues no es ese su objetivo, sino ofrecer una más que contundente declaración de principios. Deberíamos valorar como se merece tanto su valentía como la forma en la Spielberg elabora su discurso sin perder de vista su sentido del espectáculo. Su "Munich" es cine imprescindible».

Juan José González Mejía (Lista de Cine)

  «Steven Spielberg da la impresión de querer demostrar que el par de Oscars® en su haber por "La lista de Schindler" y "Salvar al soldado Ryan" le dan total impunidad artística para seguir siendo el rey Midas (como se le llamó antaño por su imán de taquilla). Es obvio que, a “vuelo de pájaro” (como diría Víctor Hugo en "Nuestra Señora de Paría" al describir el París del siglo XV) la obra fílmica de Spielberg respira con dificultad en sus recientes entregas ("Atrápame si puedes" y "La guerra de los mundos") debido al tufo de la auto repetición y complacencia, debido en gran parte a la terquedad de incluir a un mismo staff creativo: John Williams en la música, Janusz Kaminski en la fotografía y Michael Kahn en la edición. En su nueva película, "Munich" (USA, 2005), Spielberg ingresa a los terrenos dominados por Costa-Gavras ("Estado de sitio"), Sydney Pollack ("Los tres del días del Cóndor"), William Friedkin ("French connection: Contra el imperio de la droga") y Alan J. Pakula ("Todos los hombres del presidente"). "Munich" intenta ser una recreación de los sucesos acaecidos durante los Juegos Olímpicos en 1972 en Munich cuando un comando palestino –del grupo terrorista Septiembre Negro– asesinó a 11 atletas israelíes. Usando la misma técnica de enfoque, manejo y textura en la fotografía que sus vanagloriadas "La lista de Schindler" y "Salvar al soldado Ryan" (debido al mismo Janusz Kaminski), Spielberg narra "Munich" con evidente desigualdad. Por una parte, consigue enfatizar los segmentos más delicados (la matanza de los atletas israelíes y la venganza del Mosad, la agencia secreta judía); por otra, deja varios hilos visuales sueltos (las escenas de explosiones y las balaceras no le dan unidad, concisión al tono melodramático del guión). Si bien el grupo comandado por el agente Avner (Eric Bana) destinado a eliminar a los jefes palestinos –en Europa o donde se encuentren– le da espectacularidad y recarga de interés a la trama, es esto, a la vez, lo que termina por asfixiar al film en sus hálitos políticos. Es decir, Spielberg (de origen judío) enfoca la atención casi por completo al hecho de la venganza de Israel, de allí que parezca la película del “ojo por ojo, diente por diente”. No hay duda de que "Munich" contiene nervio y tripas por parte de Spielberg. Es un film vigoroso –si bien parcial pese a las opiniones del propio realizador– que aborda con mano maestra un tema espinoso. Spielberg logra recrear un suceso de la historia reciente de manera entretenida, nunca parece una clase de historia o una lección moral o patriótica (aun cuando al final se ven al fondo las Torres Gemelas en Nueva York). Aunque Spielberg se echa clavados a la piscina sicológica del personaje principal, el agente Avner queda simplón, superficial en la exploración del mismo. Avner, renuente a renunciar a su mujer y su pequeña hija, es obligado por el gobierno israelí a mantener su nueva identidad: ser nadie, no existir como ciudadano. Spielbeg jaló la carreta hacia el lado equivocado, mostrar a un Avner a la vez duro y sentimental sin bañarlo de lo que es indispensable: la introspección. Si la historia del origen de Avner es buena razón para que sea como es (de padres separados), cae en la reiteración de Spielberg de casi todos sus filmes: la ausencia del padre (de hecho, el propio Spielberg sufrió de pequeño el divorcio de sus padres). No va por allí el asunto: el contexto de guerra entre israelíes y palestinos no es cosa de niños abandonados, es mucho más profundo. Pareciera que Spielberg, a fuerza de querer plantear tesis políticas o morales, demuestra que su discurso visual languidece cuando se retira de los filmes de fantasía. En lo formal, Spielberg construye un film impecable. Las ambientaciones en Europa, el juego de espías en que se convierte buena parte del tiempo "Munich" y el buceo en el lodo de las deslealtades y amoralidades de la política internacional de los setenta, hacen de la película de Spielberg una obra interesante que no tiene por qué convencer a nadie, sólo a la estética misma del arte cinematográfico. Muchos han querido ver en "Munich" un ajuste de cuentas de Spielberg con su origen judío. Esa es harina de otro costal, lo que realmente interesa es qué tanto ha avanzado Spielberg en la consolidación de una obra personal. Es posible que haya avanzado mucho, camino a convertirse en uno de los narradores fílmicos más interesantes del cine contemporáneo...».

José Luis Santos (Lista de Cine)

  «Hay películas sobre las que es difícil hablar, sobre todo desde un único visionado, ya que cualquier análisis va a ser fácilmente atacable desde cualquier flanco al afrontar una obra ampliamente discutible en sí misma por los terrenos pantanosos que recorre. Eso es lo que ocurre con "Munich", la nueva película de Steven Spielberg, que parte del atentado que en la olimpiada de 1972 acabó con la vida de 11 atletas israelíes, para abordar la posterior operación organizada por el Moshad como respuesta. Vaya por delante que es posible que la fidelidad histórica a los acontecimientos de esta adaptación del libro "Venganza" de George Jonas sea muy discutible. No lo pongo en duda. Y que probablemente eso sea suficiente para invalidar un thriller político inspirado en hechos reales. Tal vez. Pero también tengo claro que por encima de todo eso hay otros aspectos en "Munich" que son suficientes para convertirla en una cinta apasionante, madura y controvertida, y que lejos de avanzar con viento a favor como lo hicieron grandes obras de Spielberg como "Salvar al soldado Ryan" o "La lista de Schindler", estamos ante una película que navega contra corriente. El trabajo puramente cinematográfico del llamado Rey Midas de Hollywood en "Munich" es el de un tipo que sabe mucho de esto, arropado por su inseparable Janusz Kaminzki en la recreación de una estética setentera tan precisa como acertada para la historia. El de su reparto es igualmente resaltable, con nombres de peso como Geofrey Rush o Daniel Craig para arropar a un Eric Bana que poco a poco va creciendo como actor, y que parece encarnar un alter ego moral del propio Spielberg para escenificar sus dudas ante un conflicto con aires perpetuos y rastro sangriento e inacabable. Resulta innegable que Spielberg no puede evitar su propia perspectiva respecto al asunto, la de un judío, que le lleva a ser en cierto modo juez y parte, pero también lo es que dado lo delicado y complicado del conflicto palestino-israelí todos tenemos una postura casi inamovible adoptada que sin duda va a influir decisivamente en la forma de enfocar esta película. Y la de Spielberg es sorprendente por la evolución que muestra. La evolución de un tipo (el agente Avner) que se cree en la posesión de la verdad absoluta y el derecho a la venganza en el primer tercio de metraje, lo que lleva al director a mostrar los asesinatos del comando judío con un halo más cinematográfico que los distingue de los flash-backs fríos y despiadados, a los hechos de la villa olímpica. Pero a partir del ecuador de la cinta Avner empieza a albergar dudas que le llevan a terminar el rollo de celuloide con la dolorosa certeza de que la ley del Talión le ha llevado a convertirse en lo que perseguía y abominaba, perpetuando el horror. Un recorrido moral que nos muestra, a lo largo de un metraje excesivo que la lleva a ser por momentos algo repetitiva, un putiferio criminal y gubernamental desopilante, sin descuidar los aspectos de entretenimiento que Spielberg maneja como pocos con la novedad de una visión más oscura, rotunda y complicada de lo que nos tiene acostumbrados su lente. Un viaje que nos plantea que justicia y venganza son términos diferentes e incompatibles, especialmente cuando vienen de la mano del Estado, y cuyo riesgo real sólo puede entenderse mínimamente si se es capaz de concebir el contexto político israelí. Y una película lo suficientemente compleja e interesante como para que uno se plantee dos dudas: la primera, cómo se juzgaría si viniera firmada por otro director, y la segunda, la sensación de que no puedo asegurarles si toda esta opinión que acabo de plasmarles no se verá modificada tras una segunda visión. Véanla y decidan ustedes mismos».


Imágenes de "Munich" - Copyright © 2005 DreamWorks Pictures, Universal Pictures, Amblin Entertainment, Kennedy/Marshall-Barry Mendel Productions y Alliance Atlantis Communications. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos reservados.

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