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Javier Cuenca Velarde
(E-mail a
la redacción)
«Debo admitir que siempre me
dispongo a ver una película de Spielberg con cierta sensación de
recelo que a menudo se traduce en auténtica decepción ante la
sensiblería y el sentimentalismo excesivos de que suele hacer
gala. Me defraudó profundamente el final de “A.I.
Inteligencia artificial”, en la que el llamado rey
Midas de Hollywood traicionó el proyecto de Kubrick con un
chorro de mermelada empalagosa, y le pongo peros a “La lista de
Schindler”, una de sus mejores películas, porque se le ve el
plumero yanqui aunque pretenda ser un filme de raíces europeas.
Creo que Spielberg es un cineasta “de momentos” (la primera
parte de “Salvar
al soldado Ryan” es excepcional) y que cuenta en su
filmografía con una obra insólita y fascinante, “El diablo sobre
ruedas”, destinada a la televisión y que constituyó su ópera
prima. Sin embargo, puntualizado todo esto, he de decir que
“Munich” es una de sus mejores películas hasta la fecha.
Spielberg ha rodado este filme sobre la barbarie con una
contención excepcional y un pulso narrativo que alcanza a lo
largo de las dos horas y media que dura la proyección cotas casi
documentales. Lejos de efectismos, que podría tenerlos y muchos,
“Munich” es una crónica pausada y oscura donde la violencia está
filmada a raudales, de una manera realista y conmovedora.
Spielberg ha decidido ser objetivo por esta vez y no se implica
en la historia, dejando hablar y moverse a los personajes con
total libertad. Sólo se permite un ligero atisbo de
sentimentalismo típico de su cine en un momento de la película
que, como acostumbro, no desvelaré, pero es tan fugaz que apenas
logra enturbiar la perfección de la obra. Intuimos que el bueno
de Steven seguirá alternando buen cine con ese otro que no lo es
tanto y que le llena el bolsillo, pero le agradecemos que de vez
en cuando nos regale pepitas de oro como “Munich”, donde el
realizador se desnuda de tópicos y rueda sin complejos,
mostrando la realidad a golpe de cámara y de emoción».
Hans Rosemberg
(E-mail a
la redacción)
«De "La
guerra de los mundos" a "Munich" hay una considerable
diferencia en cuanto a las temáticas presentadas y aún mucho más
en cuanto a la estética general y estilo visual de ambos filmes,
pero está claro que para Steven Spielberg todo se trata de saber
contar bien una historia, no importando su género. Pero a
diferencia de Ridley Scott por ejemplo, quien de igual forma ha
demostrado su versatilidad fílmica a lo largo de su carrera,
Spielberg ha logrado en cambio un posicionamiento mucho más
marcado como todo un director “geminiano”. Por un lado, con el
grandilocuente espectáculo visual, y por otro, con el coqueteo a
la dimensión histórica -–que es el caso que hoy nos compete–.
Pero hay que entender que en "Munich" Spielberg nos entrega un
lineamiento clave al inicio de su filme, ubicándonos en los
terrenos de la inspiración en vez de hablar de una cinta “basada
en” hechos reales. Nos encontramos entonces ante una ficción
histórica que más que mostrarnos una crónica detallada del
atentado terrorista en aquellos juegos Olímpicos, nos presenta
principalmente la posterior operación llevada a cabo por un
equipo encubierto, cuyo objetivo era asesinar a los once
responsables del secuestro de los atletas israelíes. En su
discurso, sin embargo, los realizadores modifican el esqueleto
de los personajes para estructurar dramáticamente un
planteamiento moral sobre el círculo vicioso que conlleva la
violencia y la sed de venganza (visto desde la óptica del
conflicto palestino-israelí pero haciendo paralelismos con los
recientes atentados del 11 de septiembre de 2001), el cual,
básicamente, se ve reflejado en el derrumbe progresivo de Avner
(Eric Bana), líder de la operación y personaje principal. Pero
en realidad el filme funciona mucho mejor como un thriller de
suspense que como un manifiesto moral. Son totalmente
comprensibles las modificaciones dramáticas que los guionistas
han realizado para estructurar la historia, porque no es
recomendable buscar en una película una lección histórica en
cuanto a método pedagógico se refiere (para eso existen los
libros de texto y la documentación pertinente), pero Spielberg y
su director de fotografía (Janusz Kaminski) hacen del material
una delicia en cuanto a atmósfera y suspense se trata. Es de
destacar de igual forma unos exquisitos efectos de sonido que
transforman la cinta en una experiencia envolvente –muy parecido
al resultado en "Salvar al soldado Ryan" (1998)–, y hablar
también de un guión que en los momentos clave para hacer su
planteamiento moral (dos o tres escenas), muestra una
perspicacia en extremo bienvenida. El mensaje para el gobierno
estadounidense queda dicho en la secuencia final en donde al
aparecer los créditos vemos el World Trade Center que, incluso
con la ambigüedad que nos deja el director con el último
diálogo, nos refleja lo actual y necesario que resulta el
cuestionarse sobre la lucha contra el terrorismo y sus
implicaciones morales. Aunque el ritmo decae levemente en la
última media hora de proyección, "Munich" es un filme que
recomiendo por la sensibilidad de la temática que presenta y por
la audacia de su director para generar el suspense. Aquel
espectador que aprecie este tipo de contenido sin duda alguna
dará el visto bueno al trabajo de Spielberg y su equipo. Y ya
que de lo sucedido en Munich se trata, el documental “One day in
september” (1999), del director Kevin McDonald, es una idónea
opción para complementar la receta audiovisual sobre los
atentados».
David Garrido Bazán
(Lista de Cine)
«Hace ya algunos años
recuerdo haber leído en un periódico un inteligente a la vez que
apesadumbrado artículo firmado por Woody Allen en el que el
cineasta neoyorquino analizaba los sentimientos de repulsa y
vergüenza que le habían producido las noticias de varias
operaciones de represalia de Israel en los territorios ocupados
que se habían saldado con la muerte de varias decenas de civiles
inocentes. Allen se preguntaba cómo era posible que, pese a todo
lo que Israel había tenido que hacer para sobrevivir como Estado
desde su fundación tras la II Guerra Mundial, el pueblo judío al
que él mismo pertenecía había sido capaz tan fácilmente de
convertirse en apenas un par de generaciones de víctimas del
Holocausto a verdugos implacables del pueblo palestino, capaces
incluso de ponerse a su nivel devolviendo muerto por muerto en
una denigrante aplicación de la Ley del Talión que, además del
agravante moral que siempre conlleva un terrorismo de Estado
amparado por las más altas instancias políticas del país, no
hacía sino alimentar una interminable espiral de violencia y
odio cuyo fin no parecía vislumbrarse por ninguna parte. Por
supuesto, el artículo de Allen expresaba en voz alta una opinión
bastante común entre ese colectivo que se dedica al mundo del
entretenimiento o la cultura que contempla con cierto estupor la
deriva de los acontecimientos y a los que el sector más
conservador tacha a menudo de desleales con su pueblo. Este
mismo sector es el que aún debe de estar frotándose los ojos
tras contemplar la contundente declaración de principios que
Steven Spielberg ha hecho en "Munich", una película en la que el
autor de "La lista de Schindler" vuelve la vista atrás para
explorar a fondo el momento en el que Israel decidió, vulnerando
sus propias leyes en favor de lo que aún hoy se sigue
considerando una necesidad de Estado, combatir al terrorismo
palestino con sus mismas armas, bajo el doble objetivo de
eliminar a sus enemigos y persuadir a sus seguidores de
emprender futuras acciones como las que otorgaron triste
notoriedad a Septiembre Negro en las Olimpiadas de 1972. Cuando
una película de estas características produce un considerable
grado de indignación y rechazo por parte de los dos bandos en
conflicto, estamos ante una señal inequívoca de inteligencia. Lo
interesante de "Munich" es precisamente el cineasta que está
detrás de ella. Steven Spielberg no es en absoluto una figura
dudosa en su compromiso con sus raíces. Más allá de "La lista de
Schindler", película clave en su filmografía, fruto de una
dolorosa necesidad personal de enfrentar su propia historia,
conviene no olvidar que Spielberg es uno de los impulsores de la
Fundación de Historia Visual de los Sobrevivientes de la Shoah,
a través de la cual ha producido obras como "Silencio roto" en
la que varios cineastas de todo el mundo aportaban su visión del
Holocausto. Entonces, ¿por qué "Munich"? ¿Qué lleva al cineasta
más independiente del mundo, capaz de levantar cualquier
proyecto que se proponga, a realizar una película tan arriesgada
y que trata un tema tan doloroso y complejo, sabiendo de
antemano la polémica que iba a provocar, principalmente entre
aquellos que siempre han considerado a Spielberg como ‘uno de
los suyos’? La respuesta probablemente haya que buscarla en el
propio compromiso del cineasta consigo mismo y con su sistema de
valores, y en la necesidad, desde su posición privilegiada no
sólo dentro de la industria sino en el conjunto de la sociedad,
de hacer oír su voz contra el sinsentido y la profunda
irracionalidad de esa política de venganza que sólo alimenta la
hoguera del odio y la violencia sin aportar nada a cambio. No es
poco. "MUNICH" DESDE VARIOS ÁNGULOS: 1. EL SPIELBERG
REINVENTADO. Una película tan compleja y rica en lecturas tanto
del pasado en el que se ambienta como el presente en el que
reverberan sus consecuencias bien merece una mirada detallada
que analice por separado los múltiples elementos que la
componen. Para muchos, "Munich" es una película que rompe con
gran parte la anterior filmografía de Spielberg, tanto por su
fuerte contenido político como por su factura visual y su puesta
en escena. Siendo ambos aspectos bastante discutibles
–especialmente el primero pues, mal que les pese a muchos, el
cine de Spielberg es mucho más político de lo que algunos están
dispuestos a admitir y aún más en sus obras realizadas en lo que
llevamos de siglo–, no deja de ser cierto que, a primera vista,
"Munich" resulta una película algo novedosa en cuanto a la forma
de narrar en imágenes del cineasta. Sin embargo, más allá de una
construcción en la que se superponen con habilidad el
espectáculo puramente cinematográfico con el demoledor mensaje
político que encierra la historia, lo que verdaderamente llama
la atención en "Munich" es esa voluntad que parece presidir toda
la obra de homenajear cierto estilo visual propio del cine de
los setenta, casi como si Spielberg quisiera reivindicar los
principios que animaban a aquella generación irrepetible y
contestataria que algunos han denominado ‘del compromiso’ (cuya
forma de entender y hacer cine, paradójicamente, fue enterrada
por directores como el propio Spielberg o George Lucas, que
cambiaron para siempre la forma de entender el negocio del cine
en Hollywood con sus primeras y exitosas producciones
comerciales). Así, no resulta demasiado difícil rastrear en las
imágenes de "Munich", a través de esa fotografía apagada, la
profundidad de campo de algunas tomas, el uso puntual del zoom
y, sobre todo, la sobriedad de una puesta en escena sumamente
austera con la que Spielberg muestra unos hechos terribles sin
caer en el más mínimo subrayado emocional, las huellas de
cineastas como Sydney Pollack ("Los tres días del Cóndor"), Alan
J. Pakula ("Klute", "Todos jos hombres del presidente"), el
primer Francis Ford Coppola ("La conversación", a la que se
homenajea explícitamente en la secuencia de Avner buscando de
forma paranoica amenazas en su habitación y terminando por
dormir en el armario) y, sobre todo, el que quizás mejor supo
aunar las virtudes del thriller con el mensaje político, John
Frankenheimer ("Domingo negro"). Tampoco falta quien ha
señalado, y con razón, la forma en la que la construcción de
algunas escenas (cf. el atentado en París con la
sorpresiva presencia de la hija pequeña del blanco de la misma,
secuencia por otra parte magistralmente concebida y ejecutada)
recuerdan aquella lección del viejo maestro Hitchcock para
conseguir que el espectador entre en tensión haciéndole
partícipe de hechos que los personajes desconocen. Pero lo
importante es que Spielberg, con su enorme talento, va mucho más
allá del simple homenaje y consigue imbricar de forma elegante
dichos referentes en su propia forma de hacer cine, de tal forma
que el recuerdo jamás molesta o perturba tanto como para desviar
la atención del espectador sobre lo que se está contando con el
cómo se cuenta. De la misma forma, resulta un tanto banal fijar
la atención sobre la presencia de dos escenas de sexo, por más
que sean inhabituales en un director que casi siempre se ha
mostrado reticente a mostrarlo abiertamente en su filmografía,
ya que ambas, plenamente justificadas, resultan bastante
ilustrativas sobre una de las tesis que dominan la película:
cómo el amor puede convertirse en el refugio y la patria
simbólica de Avner al principio y al final de su doloroso viaje.
Lo que sí es un elemento novedoso que no conviene subestimar en
una película de la hondura y complejidad de "Munich" es la
presencia en el guión de dos escritores judíos como Tony Kushner
("Ángeles en America") y Eric Roth ("The insider") que
demuestran estar en clara sintonía con lo que Spielberg quiere
contar en Munich. 2. EL SPIELBERG FIEL A SÍ MISMO: CONSTANTES.
Más allá de lo señalado en el apartado anterior, se engaña aquel
que pretenda sostener la teoría de que "Munich" resulta una obra
aislada en la filmografía de Spielberg que como mucho podría
asociarse a la otra gran película ‘trascendente’ del director,
"La lista de Schindler". Por lo pronto, no se puede obviar que
películas tan distintas en temáticas y resultados como "El color
púrpura", "El imperio del sol", "Amistad" o "Salvar al soldado
Ryan" demuestran bien a las claras que Spielberg siempre ha
sentido cierto interés por revisar determinados momentos
históricos que ha considerado relevantes, por lo que desde ese
punto de vista "Munich" no debería sorprender a nadie. Además,
el personaje de Avner es un antihéroe típicamente
spielbergiano que encaja a la perfección con los
protagonistas de su cine más reciente. Desde hace ya tiempo
vengo defendiendo la teoría de que el cine de Spielberg ha
experimentado en este nuevo siglo una madurez inusitada. "A.I.
Inteligencia artificial", "Minority
report" y "Atrápame
si puedes", siendo películas aparentemente muy
distintas entre sí, en el fondo conforman una trilogía sobre el
abandono y el desarraigo que hace que sus personajes
protagonistas compartan características y se enfrenten a
problemas muy similares entre sí en su lucha por ser aceptados,
encontrar el hogar o los seres queridos perdidos o, simplemente,
un lugar en el mundo. "La
terminal", tras su apariencia de comedia amable y
ligera, tiene un protagonista victima del miedo irracional de la
sociedad estadounidense al extranjero indocumentado (y de paso
también sacrifica todo por cumplir la voluntad de un padre
igualmente ausente) y serán pocos los que nieguen que "La
guerra de los mundos", más allá de estar igualmente
protagonizada por una familia desestructurada y un padre
desastroso que se encuentra a sí mismo a lo largo de su
peripecia, contiene referencias más que evidentes al 11-S que
distan mucho de ser casuales. Del mismo modo, Avner es un
personaje marcado por un padre tan presente por su condición de
héroe como físicamente ausente de la pantalla. Avner suple esta
ausencia con una profusión de figuras paternales como nunca se
había visto en el cine de Spielberg. Su orfandad es tal que
condiciona sus actos –a partir de un determinado momento, lo
único que mantiene en pie a Avner es poder volver a reunirse con
su familia en algún momento del futuro– porque, como bien le
espeta su esposa en un momento del filme, Avner se siente
obligado con Israel como un hijo obediente de esa madre patria
que le reclama. Golda Meir le trata con un afecto mayor que el
de su propia madre en la única escena que comparten y más tarde
serán el personaje de Michael Lonsdale –que respeta las
motivaciones de Avner para hacer lo que hace y que le trata como
a un hijo, aunque le advierte que no es parte de su familia– e
incluso Carl, el miembro de su equipo interpretado con
brillantez por Ciarán Hinds –que le obliga a cuestionarse lo que
hacen– quienes jueguen ese papel de figuras paternales. El viaje
emocional de Avner, su progresiva toma de conciencia sobre la
inutilidad y la ruindad moral de sus actos, es muy parecido al
que vivía Oskar Schindler, obligando al espectador a cambiar con
él. Spielberg ofrece una diversidad de puntos de vista a través
de todos los que rodean a Avner, pero es a través de la
identificación del espectador con el periplo emocional de éste
que el director consigue plantear el drama ético y la ignominia
moral de sus acciones hasta tal punto que, a partir de un
momento clave –la desoladora secuencia que tiene lugar en
Holanda, posiblemente la secuencia más dura de toda la
filmografía de Spielberg– ya no hay vuelta atrás ni redención
posible y cualquier asomo de superioridad moral o justificación
de sus actos desaparece por completo. 3. EL SPIELBERG POLÍTICO:
LA BRILLANTEZ DE "MUNICH". "Munich" ha provocado una falsa
polémica: ni Spielberg es sospechoso de tibieza en su
planteamiento –muy al contrario: resulta extremadamente
riguroso– ni se muestra más favorable al discurso de cualquiera
de los dos bandos. Hay numerosas pruebas de ello, como la forma
nada casual en la que muestra en un montaje paralelo la
intensidad con la que viven por televisión el devenir de los
acontecimientos de Munich tanto las familias de los israelíes
secuestrados como las de los palestinos implicados, o cómo
alterna la aparición de los rostros de los atletas fallecidos
por televisión con el despliegue en una mesa de las fotos de los
responsables del atentado que van a ser ejecutados. Algunos
detalles no por más sutiles son menos reveladores, como la
incoherencia entre el discurso de Golda Meir y la decisión
tomada, o el momento particularmente malévolo en el que Carl
felicita sucesivamente de la misma forma a Avner (Mazeltov) el
nacimiento de su hija y el fallecimiento de uno de sus
objetivos. Se ha discutido incluso que la representación de los
hechos de Munich muestra a unos palestinos mucho más brutales
que la más justificada forma de actuar del comando israelí,
olvidando por un lado que Spielberg utiliza constantemente aquel
recurso como una recreación de Avner para ahuyentar las dudas
que constantemente le asaltan (“No me siento cómodo en la
indecisión”, llega a decir) lo que explica en parte su
salvajismo –por otra parte es innegable que Spielberg resulta
tan riguroso como brillante en dichas escenas, que transmiten
una incomodidad y una tensión insoportables– y, por otro, que
Spielberg no pierde ocasión de dar voz a los palestinos para
ofrecer sus argumentos, incluso al precio de insertar una escena
insostenible desde el punto de vista lógico (la del piso franco)
con el único fin de llegar a la conversación entre Ali y Avner o
de mostrar su lado más humano – la forma en la que presenta al
poeta de Roma, la vida familiar del empresario de París o el
objetivo del Hotel con el que Avner llega a mantener una
agradable conversación trivial antes de dar la señal que acabará
con su vida– en un conflicto en el que no tienen cabida
maniqueos conceptos sobre el mal y el bien, con la única
excepción de los representantes del poder israelí (con un
ajustado Geoffrey Rush a la cabeza) que, ésos sí, son mostrados
sin excesivas simpatías. Para finalizar, cualquier análisis de
"Munich" estaría incompleto sin hacer mención a las evidentes
lecturas en clave actual que se pueden hacer de sus múltiples
mensajes. No sólo ya por esa secuencia final nada gratuita en la
que lo último que se escucha es una desoladora muestra de la
intransigente visión del conflicto de uno de los dos bandos
(aquí ya no caben componendas sentimentales: Spielberg ha
madurado) y lo último que se ve obliga al espectador a
plantearse hasta qué punto la declarada Guerra al Terrorismo de
la Administración Bush no es sino otra forma de engendrar más
odio y alimentar la inacabable cadena de violencia. El panorama
no es nada alentador: basta con mirar cualquier telediario de
estos mismos días. Desde luego que no se le puede pedir a
Spielberg que ofrezca respuestas adecuadas a las múltiples
preguntas que su película plantea, pues no es ese su objetivo,
sino ofrecer una más que contundente declaración de principios.
Deberíamos valorar como se merece tanto su valentía como la
forma en la Spielberg elabora su discurso sin perder de vista su
sentido del espectáculo. Su "Munich" es cine imprescindible».
Juan José González Mejía
(Lista de Cine)
«Steven Spielberg da la
impresión de querer demostrar que el par de Oscars® en su haber
por "La lista de Schindler" y "Salvar
al soldado Ryan" le dan total impunidad artística
para seguir siendo el rey Midas (como se le llamó antaño por su
imán de taquilla). Es obvio que, a “vuelo de pájaro” (como diría
Víctor Hugo en "Nuestra Señora de Paría" al describir el París
del siglo XV) la obra fílmica de Spielberg respira con
dificultad en sus recientes entregas ("Atrápame
si puedes" y "La
guerra de los mundos") debido al tufo de la auto
repetición y complacencia, debido en gran parte a la terquedad
de incluir a un mismo staff creativo: John Williams en la
música, Janusz Kaminski en la fotografía y Michael Kahn en la
edición. En su nueva película, "Munich" (USA, 2005), Spielberg
ingresa a los terrenos dominados por Costa-Gavras ("Estado de
sitio"), Sydney Pollack ("Los tres del días del Cóndor"),
William Friedkin ("French connection: Contra el imperio de la
droga") y Alan J. Pakula ("Todos los hombres del presidente").
"Munich" intenta ser una recreación de los sucesos acaecidos
durante los Juegos Olímpicos en 1972 en Munich cuando un comando
palestino –del grupo terrorista Septiembre Negro– asesinó a 11
atletas israelíes. Usando la misma técnica de enfoque, manejo y
textura en la fotografía que sus vanagloriadas "La lista de
Schindler" y "Salvar al soldado Ryan" (debido al mismo Janusz
Kaminski), Spielberg narra "Munich" con evidente desigualdad.
Por una parte, consigue enfatizar los segmentos más delicados
(la matanza de los atletas israelíes y la venganza del Mosad, la
agencia secreta judía); por otra, deja varios hilos visuales
sueltos (las escenas de explosiones y las balaceras no le dan
unidad, concisión al tono melodramático del guión). Si bien el
grupo comandado por el agente Avner (Eric Bana) destinado a
eliminar a los jefes palestinos –en Europa o donde se
encuentren– le da espectacularidad y recarga de interés a la
trama, es esto, a la vez, lo que termina por asfixiar al film en
sus hálitos políticos. Es decir, Spielberg (de origen judío)
enfoca la atención casi por completo al hecho de la venganza de
Israel, de allí que parezca la película del “ojo por ojo, diente
por diente”. No hay duda de que "Munich" contiene nervio y
tripas por parte de Spielberg. Es un film vigoroso –si bien
parcial pese a las opiniones del propio realizador– que aborda
con mano maestra un tema espinoso. Spielberg logra recrear un
suceso de la historia reciente de manera entretenida, nunca
parece una clase de historia o una lección moral o patriótica
(aun cuando al final se ven al fondo las Torres Gemelas en Nueva
York). Aunque Spielberg se echa clavados a la piscina sicológica
del personaje principal, el agente Avner queda simplón,
superficial en la exploración del mismo. Avner, renuente a
renunciar a su mujer y su pequeña hija, es obligado por el
gobierno israelí a mantener su nueva identidad: ser nadie, no
existir como ciudadano. Spielbeg jaló la carreta hacia el lado
equivocado, mostrar a un Avner a la vez duro y sentimental sin
bañarlo de lo que es indispensable: la introspección. Si la
historia del origen de Avner es buena razón para que sea como es
(de padres separados), cae en la reiteración de Spielberg de
casi todos sus filmes: la ausencia del padre (de hecho, el
propio Spielberg sufrió de pequeño el divorcio de sus padres).
No va por allí el asunto: el contexto de guerra entre israelíes
y palestinos no es cosa de niños abandonados, es mucho más
profundo. Pareciera que Spielberg, a fuerza de querer plantear
tesis políticas o morales, demuestra que su discurso visual
languidece cuando se retira de los filmes de fantasía. En lo
formal, Spielberg construye un film impecable. Las
ambientaciones en Europa, el juego de espías en que se convierte
buena parte del tiempo "Munich" y el buceo en el lodo de las
deslealtades y amoralidades de la política internacional de los
setenta, hacen de la película de Spielberg una obra interesante
que no tiene por qué convencer a nadie, sólo a la estética misma
del arte cinematográfico. Muchos han querido ver en "Munich" un
ajuste de cuentas de Spielberg con su origen judío. Esa es
harina de otro costal, lo que realmente interesa es qué tanto ha
avanzado Spielberg en la consolidación de una obra personal. Es
posible que haya avanzado mucho, camino a convertirse en uno de
los narradores fílmicos más interesantes del cine
contemporáneo...».
José Luis Santos
(Lista de Cine)
«Hay películas sobre las que
es difícil hablar, sobre todo desde un único visionado, ya que
cualquier análisis va a ser fácilmente atacable desde cualquier
flanco al afrontar una obra ampliamente discutible en sí misma
por los terrenos pantanosos que recorre. Eso es lo que ocurre
con "Munich", la nueva película de Steven Spielberg, que parte
del atentado que en la olimpiada de 1972 acabó con la vida de 11
atletas israelíes, para abordar la posterior operación
organizada por el Moshad como respuesta. Vaya por delante que es
posible que la fidelidad histórica a los acontecimientos de esta
adaptación del libro "Venganza" de George Jonas sea muy
discutible. No lo pongo en duda. Y que probablemente eso sea
suficiente para invalidar un thriller político inspirado en
hechos reales. Tal vez. Pero también tengo claro que por encima
de todo eso hay otros aspectos en "Munich" que son suficientes
para convertirla en una cinta apasionante, madura y
controvertida, y que lejos de avanzar con viento a favor como lo
hicieron grandes obras de Spielberg como "Salvar al soldado
Ryan" o "La lista de Schindler", estamos ante una película que
navega contra corriente. El trabajo puramente cinematográfico
del llamado Rey Midas de Hollywood en "Munich" es el de un tipo
que sabe mucho de esto, arropado por su inseparable Janusz
Kaminzki en la recreación de una estética setentera tan precisa
como acertada para la historia. El de su reparto es igualmente
resaltable, con nombres de peso como Geofrey Rush o Daniel Craig
para arropar a un Eric Bana que poco a poco va creciendo como
actor, y que parece encarnar un alter ego moral del propio
Spielberg para escenificar sus dudas ante un conflicto con aires
perpetuos y rastro sangriento e inacabable. Resulta innegable
que Spielberg no puede evitar su propia perspectiva respecto al
asunto, la de un judío, que le lleva a ser en cierto modo juez y
parte, pero también lo es que dado lo delicado y complicado del
conflicto palestino-israelí todos tenemos una postura casi
inamovible adoptada que sin duda va a influir decisivamente en
la forma de enfocar esta película. Y la de Spielberg es
sorprendente por la evolución que muestra. La evolución de un
tipo (el agente Avner) que se cree en la posesión de la verdad
absoluta y el derecho a la venganza en el primer tercio de
metraje, lo que lleva al director a mostrar los asesinatos del
comando judío con un halo más cinematográfico que los distingue
de los flash-backs fríos y despiadados, a los hechos de la villa
olímpica. Pero a partir del ecuador de la cinta Avner empieza a
albergar dudas que le llevan a terminar el rollo de celuloide
con la dolorosa certeza de que la ley del Talión le ha llevado a
convertirse en lo que perseguía y abominaba, perpetuando el
horror. Un recorrido moral que nos muestra, a lo largo de un
metraje excesivo que la lleva a ser por momentos algo
repetitiva, un putiferio criminal y gubernamental desopilante,
sin descuidar los aspectos de entretenimiento que Spielberg
maneja como pocos con la novedad de una visión más oscura,
rotunda y complicada de lo que nos tiene acostumbrados su lente.
Un viaje que nos plantea que justicia y venganza son términos
diferentes e incompatibles, especialmente cuando vienen de la
mano del Estado, y cuyo riesgo real sólo puede entenderse
mínimamente si se es capaz de concebir el contexto político
israelí. Y una película lo suficientemente compleja e
interesante como para que uno se plantee dos dudas: la primera,
cómo se juzgaría si viniera firmada por otro director, y la
segunda, la sensación de que no puedo asegurarles si toda esta
opinión que acabo de plasmarles no se verá modificada tras una
segunda visión. Véanla y decidan ustedes mismos».
Imágenes de "Munich" - Copyright © 2005 DreamWorks Pictures,
Universal Pictures, Amblin Entertainment,
Kennedy/Marshall-Barry Mendel Productions y Alliance Atlantis
Communications. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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