CRÍTICA
por
Miguel Laviña Guallart
Las educaciones sentimentales
En su recordado debut como director con
la evocadora “La buena vida” David Trueba dejaba entrever su
admiración por François Truffaut con aquella nostálgica crónica
del crecimiento de un ado-lescente a marchas forzadas. Ha pasado
el tiempo, y al igual que el propio Antoine Doinel de “Los
cuatrocientos golpes” años y pelí-culas más tarde afrontaba su
vida en pareja en “Domicilio conyu-gal”, el protagonista de esta
“Bienvenido a casa” también debe en-frentarse al definitivo paso
a la vida adulta ante la doble condición de la convivencia
recién estrenada y de su futura paternidad. Las dudas y
dificultades que generan estas nuevas situaciones dan pie a una
aguda reflexión en torno a cuestiones, en principio tan
com-plicadas, como la dificultad del compromiso, la
responsabilidad o el miedo a la madurez.
Con su anterior film “Soldados de Salamina”, una de las más
inteligen-tes adaptaciones literarias de los últi-mos tiempos,
demostró ser un cine-asta capaz de manejarse con soltura en muy
distintos registros. Vuelve ahora a pulsar las claves de la
come-dia con una historia de iniciación que estructura a través
de dos líneas argu-mentales. Por un lado, la evolución de la
joven pareja formada por Eva, una intérprete de viola que parece
tener más o menos claro su futuro, y Sa-muel, reportero gráfico
recién llegado a Madrid. Al mismo tiempo, acompa-ña a éste en el
proceso de asimilación de los cambios que se perfi-lan en su
vida, aprendizaje que completa junto a sus compañeros de
trabajo, un curioso grupo de descreídos y desencantados, a los
que el guión inyecta una buena dosis de cinismo, no exentos de
una trastienda mucho más amable.
Así, la cinta intenta alcanzar un difícil equilibrio entre la
comedia dramática en torno a la relación de los dos
protagonistas y el resto de recursos de la comedia urbana. El
realizador conjuga una puesta en escena íntima junto a la
sucesión de una serie de secuencias corales, cargadas de
ingeniosos diálogos, que rueda de forma impecable y resuelve con
buen pulso narrati-vo. De nuevo, presta una especial atención a
la definición de unos personajes que en su cine siempre andan un
poco perdidos, y se percibe que se encuentra muy cómodo en la
construcción de unos argumentos que parecen serle cercanos.
Para ello, Trueba mira a su alrede-dor, despliega sus dotes de
buen ob-servador y su fino sentido del humor, con la virtud de
despojar de solemni-dad a sus palabras, sin imposiciones morales
ni pesados discursos. Indaga sobre la verdadera libertad, que es
la de poder elegir, y esa misma libertad con la que sus
personajes eligen sus destinos ofrece al espectador, cada cual
puede optar por quedarse en la superficie divertida de la
pro-puesta o profundizar hasta donde desee en los mensajes que
suelta. Con aparente ligereza en la forma, pe-ro grandes cargas
de certeza en el fondo, a lo largo del metraje sur-gen
inesperados comentarios sobre las eternas contradicciones en
torno al amor que contienen una buena dosis de realidad.
En un momento dado, deja caer que las personas somos como
instrumentos musicales que vamos por el mundo completamente
desafinados. No es fortuito que Eva sea una experta musical,
toda una metáfora que indica cómo es ella la que va por delante,
propo-ne el camino a su compañero. Todo un acierto la apuesta
para es-tos papeles de dos intérpretes salidos de la misma
cantera televisi-va, pero que han llevado trayectorias distintas
hasta el momento. En principio parecen habitar galaxias ajenas,
representan sabiduría frente a inexperiencia, distancia que va
acortándose. Pilar López de Ayala
parece haberse recuperado del
exceso de atención y presión tras el enorme éxito personal de
“Juana
La Loca”, despliega su magnética mirada, e imprime la
serenidad y sutileza necesarias. Junto a ella,
Alejo Sauras saca
adelante con brío y soltura su pri-mer protagonista en cine, es
el hilo conductor y asume un conside-rable esfuerzo al estar
presente en casi todo momento.
Parte de la
grandeza de un film se define también por su elenco de
se-cundarios, y en línea con la mejor tradición berlangiana,
convoca a unos intérpretes completamente cómplices que
despliegan todo su potencial, encabezados por
Ariadna Gil,
Jorge
Sanz y un largo etcétera. La referencia a Woody Allen es
obli-gada, no sólo por cantidad de sus diá-logos, sino también
porque la peculiar plantilla de la revista acaba recordan-do a
aquellos artistas imposibles con-tratados en “Broadway Danny
Rose”. Circulan por Madrid con la sugerente música de
Javier
Limón y Andrés Calamaro como telón de fon-do, una ciudad a la que
Trueba, como muchos otros que viven en ella, hace su particular
declaración de amor/odio.
En última
instancia, señalar que la balanza sobre la que des-cansa el
conjunto se desequilibra un poco, y algunas situa-ciones cómicas
tal vez se fuercen demasiado. Se echa de menos un mayor
desarrollo a la vertiente sentimental del asunto y más minutos
con su protagonista femenina. Aun así, todo ello se compensa con
el buen hacer de un autor que, además, se atreve como pocos a
mostrar sin ningún pudor la ternura de sus personajes.
Calificación:
    
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