CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Los tres nacimientos del amor
En este western crepuscular, el aho-ra
director Tommy Lee Jones mira con cariño a la gente sencilla de
las aldeas chicanas, obligados a pasar la frontera como
inmigrantes ilegales en busca de la prosperidad que la socie-dad
norteamericana les ofrece: frente a sus valores y su sentido de
la hu-manidad, coloca un territorio texano donde prevalecen el
hedonismo, la in-tolerancia o una violencia incubada en la
soledad; pero ambas son partes de una misma cultura, aunque no
parez-can darse cuenta de ello pues sufren una preocupante
pérdida de identidad. La mirada de Lee Jones no es, sin embargo,
la de un John Ford nostálgico del pasado, sino que se aproxima
más bien a la de un Sam Peckinpah con su violento y desgarrado
mundo, o la de un Clint Eastwood que vive su particular odisea
como centauro del de-sierto.
En su debut tras la cámara,
Tommy Lee Jones echa mano de un relato original —aunque basado
en un hecho real— de Guillermo Arriaga, autor de los guiones de
“Amores perros” y “21 gramos”, que aquí recurre a la fórmula de
capítulos para contar una historia de amistad, que lo es también
de redención y maduración perso-nal. Su inconfundible sello al
construir el guión queda paten-te en la primera mitad de la
cinta, con continuas fracturas y saltos temporales y una
alternancia de escenas que recogen unas vidas rutinarias y sin
horizontes, en soledad y abandona-dos al sexo más degradante, a
la vez que establece los estrechos lazos de amistad que se
generaron entre el mexicano Melquíades Estrada y su capataz Pete
Perkins, algo que más tarde justificará el empeño de éste por
enterrarle en su pueblo de origen.
Quizá
intencionadamente, en esta primera parte, el retrato de los
perso-najes resulta plano y esquemático, y bastan unos rasgos
simples que ro-zan lo caricaturesco para dejar cons-tancia del
patetismo de los patrulleros fronterizos o de la vaciedad de los
ha-bitantes de ese pueblo perdido en el desierto de Texas. Sin
embargo, na-rrativamente la historia está contada con agilidad y
precisión y se sigue sin dificultad, de forma que la muerte de
Melquíades nos es contada a tres bandas hasta completar el
puzle de lo sucedido, o se explica la pasividad de una policía
corrupta que dejará paso a una venganza personal con sabor a
lección moral.
Con el viaje se
inicia la redención de una culpa, que debe ser re-parada en sus
propias carnes por el patrullero Mike Norton: muy significativo
es que sea obligado a vestir las ropas de trabajo del di-funto y
a cargar con su cadáver, señal de la necesidad de una acti-tud
comprensiva (con el inmigrante) y del carácter purgativo de la
penitencia. Auténtica odisea en busca del pueblo y de la familia
del buen vaquero que supondrá un verdadero aprendizaje de la
vida pa-ra el mismo Perkins y para el asesino impune. Ambos
experimen-tarán su propia conversión interior y el descubrimiento
del amor al contacto con la humanidad de las gentes que se
encontrarán en el camino (resulta inevitable el recuerdo de la
excelente “Una historia verdadera” de David Lynch): el ciego
solitario que espera en vano a su hijo enfermo de cáncer, la
joven curandera en otro tiempo mal-tratada y ahora salvadora, o
la cuadrilla que comparte con ellos su comida serán elementos
del camino determinantes para que uno se decida a pedir en
matrimonio a su amante y otro clame perdón por tantas tropelías
cometidas. De nuevo, el amor como factor re-dentor que se
descubre en el viaje de la vida y como anhelo impe-rioso de
cualquier criatura, pertenezca ésta a una o a la otra parte de
Río Grande: no en vano, el mexicano Melquíades Estrada, tres
veces enterrado, también tuvo su viaje en busca del amor que
aquí no conviene desvelar; en su historia se adivina fácilmente
esa bús-queda del hogar que le arraigue a la tierra y la
constante —e in-consciente— huida de la realidad cuando ésta
aparece teñida de soledad. En este viaje y postrero entierro, la
narración pasa a ser lineal, y la fuerza del guión se centra en
la construcción moral de unos personajes que ahora sí
evolucionan, gracias también a la fuerte presencia del propio
Tommy Lee Jones para dar vida a un loco —quizá no tan loco—
empeñado en corres-ponder a quien tanto le había dado.
Con todo, esta "road movie" de fuer-te carga alegórica y sentido moral go-za de
un diseño de producción muy cuidado, y tiene en la fotografía su
ter-cer pilar —junto al guión y al actor Lee Jones, ambos
premiados en Can-nes—, con la luminosidad cegadora de los áridos
desiertos o unas textu-ras que dan espesura a la historia y
generan la ambientación adecuada, unas veces cálida y emotiva,
otras dramática y desgarradora. En este aspecto, su factura se
acerca al cru-do hiperrealismo tan habitual en la ci-nematografía
mexicana, no exento de algunas escenas descarnadas y
desagradables por su violencia o sentido de lo macabro. Junto a
esta explicitud innecesaria, el carácter episódico y la fractura
tan abrupta de la historia por su eje central, así como el hecho
de centrarse casi exclusiva-mente en el retrato de Perkins, hacen
que no llegue a encan-dilar y conmover al espectador,
aunque ello no impida a esta “opera prima” lograr unas cotas más
que admirables.
Calificación:
    
Imágenes de "Los tres entierros de Melquiades Estrada" - Copyright ©
2005 EuropaCorp y Javelina Film Company. Distribuida en España
por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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