CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Genocidio y martirio
La cámara de
Michael Caton-Jones
mira a Ruanda en los momentos más sangrientos de su historia
reciente: la guerra civil entre etnias de 1994, y el genocidio
de los tutsies a manos de los hutus. Es una mirada llena de
dolor, de crítica y también de agradecimiento. De dolor por
tantas víctimas que fueron masacradas a golpe de machete, sin
ninguna consideración hacia niños ni mujeres. De crítica por la
cobardía moral de la ONU para parar la matanza, y por el racismo
hipócrita del “mundo desarrollado” que únicamente protegió sus
intereses blancos. De agradecimiento a quienes, con su ejemplo y
entrega, permitieron que algunos sobrevivieran para contarlo,
aun a costa de su vida. Nada de esto resulta extraño si sabemos
que
David Belton,
co-productor y co-guionista del film, fue uno de los reporteros
de la BBC que salvaron la vida gracias a la heroica acción del
franciscano Vjeko Curic, a quien ahora rinde tributo.
Una historia similar fue
llevada al cine recientemente por Terry George en
"Hotel
Rwanda".
Ahora, el nuevo testimonio nos traslada del hotel a una Escuela
Técnica Oficial, también convertida en campo de refugiados. El
héroe –real y humano, no del cómic ni de la mitología– pasa a
ser un misionero católico, el padre Christopher –Curic en la
realidad– que se quedó y murió entre los ruandeses para salvar a
cuantos fuese posible. Entre el inicial golpe de Estado y la
posterior evacuación de extranjeros y tropas de la ONU, nos
encontramos con actos salvajes llenos de odio y sangre junto a
actuaciones memorables de solidaridad y perdón, al joven
profesor Joe que se debate en un espinoso dilema moral, y a unos
periodistas o militares que se mueven entre la ambigüedad y el
fracaso por un trabajo poco comprometido.
El
escocés Caton-Jones pretende mostrar de manera realista lo allí
sucedido, y por eso rueda en los mismos lugares de la tragedia,
incorpora al equipo artístico y técnico de la película a algunos
de los supervivientes, e ilustra con títulos de crédito
iniciales y finales lo que pasó en el país africano.
Su puesta en escena se acerca
más al estilo documental de lo que hiciera Terry George
–no
dejando de ser una realidad ficcionada–,
y opta por no apartar el objetivo en los momentos más crudos y
dramáticos, como las escenas en que los hutus matan a golpes de
machete a mujeres y niños, o cuando el sacerdote visita el
convento donde las monjas han sido violadas y asesinadas.
Acciones cruentas y cuerpos despedazados que aquí buscan
evidenciar la verdad de lo sucedido, idéntica motivación que
empuja al realizador a mostrar la figura del misionero en su
realidad más profunda, a no quedarse únicamente en su acción
humanitaria: por eso, en varias ocasiones, el director hace
hincapié en su sentido sobrenatural y trascendente, en su
intento por dar un sentido cristiano al sufrimiento de esas
gentes y ponerlo en relación con el valor de la misa que el
sacerdote celebra para los refugiados, poco antes de ser
abandonados a la muerte segura.
En el trabajo del guionista
se aprecia también una voluntad por alcanzar el dramatismo por
medio de los mismos hechos de la historia real, más que a través
de la puesta en escena, ahora más televisiva que su antecesora.
El desarrollo es previsible por ser conocido en sus líneas
generales, se reducen las subtramas para centrase en la
principal, y no se alcanzan los clímax de
"Hotel
Rwanda".
Sin embargo, las imágenes tienen el valor del testimonio
verdadero y de la honestidad de su representación, con momentos
conmovedores y un interesante dilema moral que se plantea en la
persona del profesor inglés. La ambientación apuesta en algunos
momentos por el tono realista, mientras que una estupenda banda
sonora recurre a coros africanos para trasmitir esa doble
realidad de la calle enloquecida y de unas almas que buscan la
paz al sentirse comunidad. Las calles polvorientas y los caminos
sembrados de cadáveres son el escenario trágico para que
John Hurt
dé vida al padre
Christopher con un rostro contenido y grave que trasmite paz y
hondura interior, mientras que a
Hugh Dancy le
queda el reto de encarnar a un inquieto Joe que tiene que
evolucionar del entusiasmo juvenil al doloroso descubrimiento de
la realidad y de sí mismo.
Buenas interpretaciones
para una historia personal y colectiva en la que, una vez más,
algunos miraron hacia otro lado porque sólo debían realizar un
“seguimiento de la paz” pero no colaborar con ella. El director
no se ceba con esas irresponsabilidades históricas porque su
objetivo es de carácter más positivo, y mirar en exceso a las
fuerzas internacionales hubiera distraído de la presencia de
“algunos hombres buenos”, circunstancia mucho más interesante.
Película, por tanto, nada complaciente ni
dulce, y tampoco maniquea en el retrato de personajes: verosímil
en las distintas actitudes que el hombre puede adoptar ante la
muerte y la tragedia, según sus resortes interiores, el film
queda resuelto con corrección
a modo de “crónica de un genocidio y un martirio” que el mundo
debía conocer. Gustará a quienes hayan disfrutado con"Hotel
Rwanda", aunque
han de ir precavidos ante una historia que se repite con pocas
variantes, que pierde sutileza y complejidad narrativa para
ganar en verosimilitud y crudeza.
Calificación:
    
Imágenes
de "Disparando a perros" - Copyright © 2005
CrossDay, Egoli Tossell Films y BBC Films.
Distribuida en España por Lauren Films. Todos los derechos
reservados.
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