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HAMLET


cartel Dirección: Michael Almereyda.
País:
USA.
Año: 2000.
Duración: 123 min.
Interpretación: Ethan Hawke (Hamlet), Kyle MacLachlan (Claudius), Sam Shepard (Fantasma), Diane Venora (Gertrudis), Bill Murray (Polonius), Liev Schreiber (Laertes), Julia Stiles (Ofelia), Karl Geary (Horacio), Paula Malcomson (Marcella), Steve Zahn (Rosencrantz), Dechen Thurman (Guildenstern), Rome Neal (Barnardo), Jeffrey Wright (Gravedigger), Paul Bartel (Osric), Casey Affleck (Fortinbras).
Adaptación: Michael Almereyda; de la obra de William Shakespeare.
Producción: Andrew Fierberg y Amy Hobby.
Música: Carter Burwell.
Fotografía:
John de Borman.
Montaje: Kristina Boden.
Diseño de producción: Gideon Ponte.
Dirección artística: Jeanne Develle.
Vestuario: Marco Cattoretti y Luca Mosca.
Decorados: Joshua Drew y Jeffrey Everett.
Dirección de producción: Anthony Katagas.

 

CRÍTICA
por
Leandro Marques

Un pasaje a la tumba del olvido

Las adaptaciones de grandes clásicos de la literatura tienen marcada su mortalidad antes de su nacimiento: jamás podrán trascender a la obra que le dio origen. Ante esta realidad, tres son los principales factores que surgen para fundamentar su existencia. El primero puede ser una causa noble, como el de querer rendir homenaje a un gran autor; otra posible explicación es la artística, ofreciendo una renovada mirada sobre el texto original; y la última, netamente mercantilista, no requiere ninguna explicación. Ser o no ser -título en Argentina de Hamlet *-, la versión del director Michael Almereyda (Nadja) sobre Hamlet, la clásica novela de William Shakespeare, parece plasmar a la perfección el dilema que el héroe trágico hizo famoso. Y al final de cuentas termina "no siendo", pese a algunas buenas intenciones.

Las comparaciones son odiosas, pero también inevitables si se trata de un caso como este. Más allá de la fidelidad y respeto por el Hamlet que escribió el literato inglés en 1602 o su similitud y diferencias con las distintas adaptaciones de la novela a la pantalla grande, la estética urbana en la que se desarrolla la cinta protagonizada por Ethan Hawke remite obligadamente a la versión posmoderna de otra obra de Shakespeare, Romeo y Julieta, dirigida a mediados de los noventa por Baz Luhrmann y protagonizada por Leonardo Di Caprio.

No caben dudas de que cualquier adaptación de este tipo de obras clásicas al cine (o al teatro) es una tarea sumamente compleja y delicada. Y Luhrmann logró, más allá de las encontradas opiniones y críticas que despertó su película, abrir el espectro y contar una historia de Shakespeare en plena ciudad capitalista, con la violencia, vértigo y sensibilidad que forman parte del paisaje cotidiano en la actualidad. Ese fue su gran mérito, entrelazar el homenaje al gran escritor con una mirada novedosa y, por lo tanto, original.

La trama de Ser o no ser se desarrolla en la apabullante ciudad de New York. Y la historia, en ese contexto, sigue las líneas esenciales de la original: el joven Hamlet (Hawke), romántico y revolucionario (por lo menos esa es la impresión que busca transmitir la foto del Che Guevara en su habitación), resuelve, tras su encuentro con el espíritu de su asesinado padre y presidente de la mega Denmark Corporation, vengar su muerte enfrentando al malvado responsable, su tío, ahora titular de la compañía y, por si eso fuera poco, marido de la viuda Gertrudis. Paralelamente, también tiene lugar el trágico y frustrado romance con Ofelia, el amor prohibido que hará añicos el frágil corazón del protagonista principal.

La historia, como no podía ser de otra forma, está envuelta por los clásicos dilemas existenciales que plantean las obras de Shakespeare (sobre la vida y la muerte, la identidad, el mal, la tragedia, la traición, el desamor). Aunque esta temática no representa el foco más relevante de la película.

El film de Almereyda peca por no definir una propuesta clara. Pareciera por un lado querer tomar la receta contemporánea de Romeo y Julieta (pero sin su poderosa descripción de la violenta sociedad actual); de paso, homenajear con esa mirada (ya no original) a otra obra clásica del escritor. Y al mismo tiempo, lograr a través de ciertos recursos, como su estructura lineal, bastante "light" por tratarse de una obra de Shakespeare (casi sin los tradicionales monólogos a la cámara) y su lenguaje menos abstracto y más globalizado, tener el éxito de taquilla que no tuvo la cinta de Luhrmann.

Con excelentes trabajos de fotografía e iluminación y una buena banda de sonido, más el respaldo de la extraordinaria riqueza de la historia, la película va abarcando los minutos con solidez, pero sin picos de intensidad. Siempre entretenida pero jamás movilizadora de emociones, Ser o no ser termina transformándose en un producto tan indeciso como lo indica su nombre. Ni homenaje, ni mirada original, apenas un correcto producto. Que tendrá como destino la tumba del olvido.

* Nota del editor


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