CRÍTICA
por
Leandro
Marques
Un
pasaje a la tumba del olvido
Las adaptaciones de grandes
clásicos de la literatura tienen marcada su
mortalidad antes de su nacimiento: jamás podrán
trascender a la obra que le dio origen. Ante esta
realidad, tres son los principales factores que
surgen para fundamentar su existencia. El primero
puede ser una causa noble, como el de querer
rendir homenaje a un gran autor; otra posible
explicación es la artística, ofreciendo una
renovada mirada sobre el texto original; y la
última, netamente mercantilista, no requiere
ninguna explicación. Ser o no ser -título
en Argentina de Hamlet *-, la
versión del director Michael
Almereyda (Nadja) sobre Hamlet, la
clásica novela de William Shakespeare, parece
plasmar a la perfección el dilema que el héroe
trágico hizo famoso. Y al final de cuentas
termina "no siendo", pese a algunas
buenas intenciones.
Las
comparaciones son odiosas, pero también
inevitables si se trata de un caso como este.
Más allá de la fidelidad y respeto por el
Hamlet que escribió el literato inglés en 1602
o su similitud y diferencias con las distintas
adaptaciones de la novela a la pantalla grande,
la estética urbana en la que se desarrolla la
cinta protagonizada por Ethan Hawke remite
obligadamente a la versión posmoderna de otra
obra de Shakespeare, Romeo y Julieta, dirigida
a mediados de los noventa por Baz
Luhrmann y protagonizada por Leonardo Di
Caprio.
No caben dudas de que cualquier
adaptación de este tipo de obras clásicas al
cine (o al teatro) es una tarea sumamente
compleja y delicada. Y Luhrmann logró, más
allá de las encontradas opiniones y críticas
que despertó su película, abrir el espectro y
contar una historia de Shakespeare en plena
ciudad capitalista, con la violencia, vértigo y
sensibilidad que forman parte del paisaje
cotidiano en la actualidad. Ese fue su gran
mérito, entrelazar el homenaje al gran escritor
con una mirada novedosa y, por lo tanto,
original.
La trama de
Ser o no ser se desarrolla en la apabullante
ciudad de New York. Y la historia, en ese
contexto, sigue las líneas esenciales de la
original: el joven Hamlet (Hawke), romántico y
revolucionario (por lo menos esa es la impresión
que busca transmitir la foto del Che Guevara en
su habitación), resuelve, tras su encuentro con
el espíritu de su asesinado padre y presidente
de la mega Denmark Corporation, vengar su muerte
enfrentando al malvado responsable, su tío,
ahora titular de la compañía y, por si eso
fuera poco, marido de la viuda Gertrudis.
Paralelamente, también tiene lugar el trágico y
frustrado romance con Ofelia, el amor prohibido
que hará añicos el frágil corazón del
protagonista principal.
La
historia, como no podía ser de otra forma, está
envuelta por los clásicos dilemas existenciales
que plantean las obras de Shakespeare (sobre la
vida y la muerte, la identidad, el mal, la
tragedia, la traición, el desamor). Aunque esta
temática no representa el foco más relevante de
la película.
El
film de Almereyda peca por no definir una
propuesta clara. Pareciera por un lado
querer tomar la receta contemporánea de Romeo y
Julieta (pero sin su poderosa descripción de la
violenta sociedad actual); de paso, homenajear
con esa mirada (ya no original) a otra obra
clásica del escritor. Y al mismo tiempo, lograr
a través de ciertos recursos, como su estructura
lineal, bastante "light" por tratarse
de una obra de Shakespeare (casi sin los
tradicionales monólogos a la cámara) y su
lenguaje menos abstracto y más globalizado,
tener el éxito de taquilla que no tuvo la cinta
de Luhrmann.
Con
excelentes trabajos de fotografía e iluminación
y una buena banda de sonido, más el respaldo de
la extraordinaria riqueza de la historia, la
película va abarcando los minutos con solidez,
pero sin picos de intensidad. Siempre entretenida
pero jamás movilizadora de emociones,
Ser o no ser termina transformándose en un
producto tan indeciso como lo indica su nombre.
Ni homenaje, ni mirada original, apenas un
correcto producto. Que tendrá como destino la
tumba del olvido.
* Nota del editor
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