CRÍTICA
por
Leandro
Marques
Nunca es
posible escapar del todo. Las rígidas rejas de
una prisión, en algún punto, no son tan
diferentes a las que, invisibles pero palpables,
encierran a una vida en sí misma. La fuga,
el último trabajo de Eduardo
Mignogna, no habla sólo del fabuloso escape
de siete presos de una cárcel remota de la
Buenos Aires de 1928. Su riqueza se esconde
detrás de esa anécdota y se fundamenta en su
casi exquisita exploración por las vidas de los
siete personajes, antes y después de llevar a
cabo la huida.
El plan es
simple y los tiempos escasos, como suele suceder.
Mientras amasan y hornean el pan que alimenta a
todos los reclusos, los hombres -que trabajan en
la panadería del correccional- tienen todo listo
y previsto: en el momento adecuado, un largo
túnel hecho a pulmón los depositará fuera de
los límites de la prisión y los dejará, otra
vez, de cara a la libertad.
Cuando el
momento esperado llega, los presos escapan. El
ideólogo del plan, el estafador Laureano Irala (Miguel
Ángel Solá), sólo tuvo una falla: en lugar de
terreno baldío, es una pareja de ancianos,
dueños de una carbonería, quienes observan a
los siete prisioneros asomar sus cabezas desde la
tierra. Los embarrados hombres no les hacen nada,
sólo quieren huir, entonces cambian sus ropas y
parten, cada uno por su lado, a buscar sus
destinos. Sin embargo, el susto es demasiado
grande para el corazón de la mujer, que cae
muerta ante los desconsolados ojos de su marido y
del estafador.
A partir de
allí, el vertiginoso ritmo de la trama se
transforma. Mignogna (El faro, Sol de
otoño) le da una vuelta de tuerca al film
y convierte la historia de presos en una historia
de hombres. Con un notable manejo de los
tiempos e inteligente composición narrativa de
la película, el director se entromete en la vida
de cada personaje antes y después de la fuga:
sus amores, sus deseos, sus pasiones.
Entonces,
gracias a la excelente ambientación de Buenos
Aires (asombrosa escenificación del Obelisco de
esa época), los sólidos trabajos de fotografía
e iluminación -en la elaboración de imágenes
opacas, turbias, y de la atmósfera sórdida que
se respira a lo largo del film-, y las destacadas
interpretaciones de los actores (muy buenas en
general, pero lujosas las participaciones de Norma
Aleandro, Vando Villamil e Inés
Estévez), la película logra olvidarse de
sí misma, y las historias comienzan a fluir.
Quizás
pueda reprochársele al director el hecho de que
tanto énfasis por la explicación y
justificación de los comportamientos de sus
personajes no deje demasiado lugar para un
espectador con un rol más dinámico en el
entramado de la película. Explica más de lo que
sugiere. No obstante, la curiosa y constante
intromisión en las historias paralelas que se
cuentan, con sobriedad y elegancia, obligan a
estar bien atento y activo para no perder noción
de los tiempos y de las características
relevantes de los protagonistas.
Mignogna,
apoyado por un sobrio guión (que escribió el
mismo junto a Graciela Maglie y Jorge
Goldenberg), se encarga de dotar a cada uno de
sus personajes de una humanidad tan creíble como
contradictoria. Pero fundamentalmente
contradictoria. Tanto como el verdadero
significado del escape, que en realidad es
retorno y continuación, para todos los fugados,
a la vida que habían dejado antes de entrar a la
prisión: sus amores, sus miserias, sus
revanchas, sus anhelos, sus utopías. Una vida
que, al fin y al cabo, los vuelve a tomar
prisioneros.
Imágenes
de La fuga - Copyright © 2001 Telefe y Tesela
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