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Dirección: Lee
Tamahori.
País: USA.
Año: 2001.
Duración: 104 min.
Interpretación: Morgan
Freeman (Alex Cross), Monica Potter (Jezzie
Flannigan), Michael Wincott (Gary Soneji /
Jonathan Mercuzio), Mika Boorem (Megan Rose),
Penelope Ann Miller (Katherine Rose), Michael
Moriarty (senador Hank Rose), Dylan Baker (Ollie
MacArthur), Anton Yelchin (Dimitri Starodubov).
Guión: Marc
Moss; basado en la novela de James Patterson.
Producción: David
Brown y Joe Wizan.
Producción ejecutiva: Morgan
Freeman.
Música: Jerry
Goldsmith y Mark Isham.
Fotografía: Matthew F. Leonetti.
Montaje: Nicolas
De Toth y Neil Travis.
Diseño de producción: Ida
Random.
Dirección artística: Sandy
Cochrane.
Vestuario: Sanja
Milkovic Hays.
Decorados:
Elizabeth Wilcox. |
CRÍTICA
por
Joaquín
R. Fernández
Puntuación:
5.25
Banda Sonora Original: ***
Siento
cierto aprecio por el realizador de La Hora de la
Araña, Lee Tamahori, un hombre
al que le ha faltado un indiscutible éxito de
taquilla para triunfar internacionalmente.
Quizás ahora, con los beneficios que dará este
filme auspiciado por el propio Morgan Freeman, su
posición en Hollywood suba unos peldaños, los
suficientes al menos como para que lo disfrutemos
más veces en nuestros cines.
Porque, no
nos engañemos, es Lee Tamahori quien
sostiene el interés de la cinta, dotando de
ritmo e intensidad a las secuencias más
importantes de un guión vacuo e
incomprensiblemente no relegado a las pantallas
televisivas, de donde no debiera haber salido.
Basta comprobar las impactantes y vertiginosas
escenas iniciales (la muerte de la compañera de
Cross y el secuestro de Megan), el intento de
huida de Megan y los sucesos de la embajada rusa
para corroborar mi afirmación. Ahora bien, hasta
aquí tenemos un producto entretenidillo y
protagonizado por un actor carismático (Morgan
Freeman) que se desarrolla más por la
fuerza de sus imágenes que por lo inteligente de
su argumento (no hace falta decir que el
protagonista es más perspicaz que el mismísimo
Sherlock Holmes). El problema llega cuando los
guionistas toman por estúpidos a los
espectadores, engañándonos con tramposas
situaciones que restan cualquier atisbo de
credibilidad que pudiera quedarle al filme.
Si en verdad los productores querían sorprender
al público, les hubiera recomendado que, ya
puestos, lo hicieran de la manera más salvaje
posible. Y es que, si Alex Cross da con la
contraseña necesaria para introducirse en un
ordenador ajeno con la misma facilidad con la que
un niño engulle una chuchería, ¿por qué no
dotarle también de otros superpoderes y
transformarlo en un auténtico Supermán, con
capa y todo? Más indignante me resulta otro
elemento final de la trama, pero me abstendré de
hacer comentarios al respecto, no quisiera
fastidiar el futuro visionado de La Hora de la
Araña a ningún lector.
Tras una temporada de descanso, Jerry
Goldsmith vuelve a la carga
con una partitura menos redonda que las últimas
maravillas a las que nos tenía acostumbrados.
Sin embargo, no estoy de acuerdo con aquéllos
que han despreciado el último trabajo del
maestro; comprendo que su música sea difícil de
escuchar fuera de las imágenes del filme, pero
dentro de ellas funciona bastante bien (para
comprobarlo, ver los acontecimientos de la
embajada rusa y las correrías de Cross por la
ciudad para entregar el rescate).
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