CRÍTICA
por
Ismael
Alonso
Ir,
ver y olvidar
Si el cine fuera como el papel
entonces tendríamos películas que de puro
decorativas se asemejarían al papel pintado de
las paredes, también habría películas
seminales cercanas a los pergaminos o incluso
virguerías digitales como el aún por
perfeccionar papel electrónico. Habría
películas a las que el paso del tiempo no haría
sino robustecer como el buen papel y películas
que nacieron endebles de por sí y a las que el
tiempo reduce a cenizas y olvido. Pero el género
de películas al que hoy me refiero pertenece a
ese tan útil y desechable como son los kleenex,
películas para el consumo inmediato, celuloide
de usar y tirar.
"La
hora de la araña" es una película sin
ínfulas, sin ambiciones pero también sin
ningún interés más allá del puramente
alimenticio. Uno la ve y la olvida. Nada
hay en ella que abogue por alquilar un espacio en
la memoria para retenerla. Ningún
plano, ningún personaje ni acción merecen más
lugar que el de la memoria instantánea. Se
disfruta mientras se ve y se arrincona cuando
todavía no han terminado los repetitivos, aunque
efectivos, acordes de Jerry
Goldsmith para ilustrar los titulos de crédito.
Resulta esta "hora de la
araña" un ejemplo más del cine
manufacturado en Hollywood bajo la esfera de la
línea de producción. Como se producen coches,
tuercas o cacerolas, los grandes estudios
destierran el ingenio, el riesgo y la
originalidad y prefieren seguir apostando por la
ramplona fórmula que les da beneficios en
taquilla. Desde una óptica artística el sistema
es simplemente terrorífico pero lo curioso es
que, desde un punto de vista meramente comercial,
la cosa no es mucho mejor pues antes o después
la repetición del producto llevará a la
progresiva mimetización del mismo hasta dejar
exhausta la mente más condescendiente, con lo
que el dinero dejará de manar de estos productos
clónicos.
"La hora de la araña" se
centra única y exclusivamente en su trama, en su
guiño al espectador a ver si es más listo que
él o si, por el contrario, adivina por dónde
van los tiros (cosa fácil a tenor del burdo
estilo de su director, el infausto Lee
Tamahori de aquella terrible "La
brigada del sombrero"). Si uno
está dispuesto a tragarse la enésima
historia de criminal más listo que el hambre
con estrangulamiento de guión incluido para
sorprender a los más ingenuos, pues vale. Los
que busquen algo más ya pueden olvidarse pues
aquí no se lo van a ofrecer. Los personajes son,
volviendo a la primera imagen que se evocaba,
planos como un folio de papel, unidimensionales,
sin carisma alguno. Tamahori, en lugar de
aprovechar el hecho de trabajar con un personaje
ya mostrado en otra película -"El
coleccionista de amantes"- y dotarle
de un sentido, de un escenario en que desarrollar
su peripecia, prefiere ir colocando al personaje
en cada escena sin concederle aliciente alguno.
Pese a la
solvencia de Morgan Freeman (¿para
cuando un biopic de Kofi Annan con este
hombre?) y la presencia de una actriz que
recuerda mucho a Julia Roberts (Monica
Potter), "La hora de la araña"
podría ilustrar perfectamente un tratado de entretenimiento
neutro, sin destello alguno y fatalmente mediocre
que, al menos, tiene el detalle de no aburrir.
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