CRÍTICA
por
Javier
M. Tarín
El primer
filme de Alejandro Amenábar -Tesis (1996)-
dejaba ya claro su vocación por aunar el Sistema
de Representación Clásico por un lado y la
escritura de la modernidad cinematográfica. Mª
José Ferrís así lo demostraba en su reseña
del filme que combinaba una idea esencial de cada
uno de esos modelos de representación. Según
ella, del primero recogía la invisibilización
de las huellas de enuciación, del segundo el
carácter abierto del relato.
En Los
otros ambos elementos son mantenidos pero con
algunas matizaciones. La primera viene presentada
en el genérico. Una voz en off femenina
sobre unos dibujos de personajes en la casa nos
da entrada al relato que va a comenzar. La voz
dirigida a unos niños relata el cuento de la
creación. A continuación, un plano general de
la casa en el que se lee Isla de Jersey, 1946 otorga
verosimilitud al relato que comienza de esta
manera aparentemente suave. Sin embargo, esa
clásica transición se ve bruscamente
interrumpida por el grito de Grace -Nicole
Kidman- y por el terror de su rostro que
despierta de una pesadilla. El final sorpresivo y
siniestro que se basa en las realidades paralelas
u otras dimensiones supone asimismo una fuga del
relato felizmente cerrado del cine clásico y que
la modernidad cinematográfica ha asumido como
seña de identidad.
Pero a
pesar de todo, la combinación de ambos elementos
se confirma cuando se piensa en que dos
resonancias cinematográficas, latentes o
evidenciadas por el final, se concretan en Rebeca y El sexto
sentido. La casa y la extraña ama
de llaves, la utilización de una música propia
del cine -más que de Rebeca en
particular- de Alfred Hichtcock al
servicio del suspense y la neurosis de Grace, son
algunas rimas que acercan el filme de Amenábar
al primero. Del segundo, la aproximación al tema
de la muerte desde la parapsicología con truco
de guión al final que nos permite entender todo
aquello que el relato iba sugiriendo pero que no
acababa de encajar.
Las
manifestaciones de los muertos son algo que el
cine -y antes la literatura- ha trabajado e
incluso popularizado, pero además, él mismo no
es otra cosa que eso porque las imágenes
cinematográficas están plagadas de fantasmas
que nos visitan cada vez que las visionamos. Los
otros es, por consiguiente, también una
reflexión sobre el cine. Sobre la
manera en que el espectador/a es literalmente
llevado al huerto por una historia cuya
estructura se sustenta en los cimentos de la
tensión. Observada con detenimiento, el ritmo se
compone con una serie de impactos sonoros -sobre
todo- pero también visuales de una forma muy
regular -cada quince o veinte minutos- hasta
llegar al climax final.
Esta estructura permite al
espectador/a rehacerse y especular con las
hipótesis de lo que realmente está pasando.
Hábilmente se dirige nuestra mirada hacia la
niña de la que se sospecha como inductora de
todo lo que ocurre. O los extraños sirvientes
que llegan sin ser llamados en el momento preciso
y que por sus conversaciones se deja ver que algo
traman. Pero si hay algo que sirva también para
crear el miedo es aquello que queda fuera de
campo vedado a nuestra visión, identificada con
la mirada de Grace y, por lo tanto, limitada a
sus percepciones. La senda del terror que produce
lo invisible se había en cierta medida
abandonado en aras de la espectacularidad. Los
otros -como también han hecho otros filmes
del género- demuestra la eficacia de este
recurso plenamente cinematográfico.
Por
último, y extendiendo la metáfora, el filme
puede plantear una cuestión de gran actualidad
en el mundo moderno: lo visible como certificado
de lo real ha dejado de ser un axioma que deja
paso a un mundo donde lo que vemos ha suplantado
a la realidad.
Imágenes
de Los otros - Copyright © 2001 Cruise - Wagner
Productions, Sogecine y Las Producciones del
Escorpión. Fotos por Teresa Isasi. Todos los
derechos reservados.
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