CRÍTICA
por
Javier
M. Tarín
La
reposición de cine considerado clásico -en
sentido más amplio posible- ha quedado
restringido a las filmotecas y a la pantalla de
cristal en unas horas normalmente intempestivas.
Esta situación incrementa la dificultad de
conocer la multiplicidad de formas expresivas que
el arte cinematográfico puede adoptar. Las
distribuidoras y los exhibidores, obviamente,
prefieren éxitos de taquilla asegurados por la
novedad de los efectos especiales en una sociedad
fascinada por la tecnología y sustentados en un
star system moderno que atrae al público a las
salas.
De vez en
cuando algunos cines de carácter más
alternativo o independientes proponen a su
público la posibilidad de revisitar películas
que por su forma y contenido son exponente de lo
que la estética cinematográfica puede llegar a
ser y cuyo "éxito comercial" está
avalado por una calidad cinematográfica
certificada por la crítica. De esta manera es
posible admirar los caminos más personales y
menos transitados por un cine determinado por la
rentabilidad económica.
Persona
es una de estas obras porque permite al
espectador/a entrar en una senda poco habitual en
el cine que se exhibe hoy en día. Desde
el arranque sorprende al público, que se verá
atrapado por una narración sobre la extraña
enfermedad de una actriz, Elisabeth
Vogler (Liv Ullman), que deja
de hablar durante la representación de Electra y
la relación de ésta con Alma (Bibi
Anderson), la enfermera encargada de
cuidarla durante su reposo en una casa junto a la
playa.
Pero esta
cara narrativa y literal no resume la intención
del filme. Una clave se encuentra en esa
sorpresiva secuencia inicial: el proyector que se
pone en marcha, las imágenes de cine mudo
cómico, un pequeño collage de imágenes, son
elementos autoreferenciales al propio discurso
cinematográfico. Al igual que otros momentos -la
imagen se queda estática y se quema en el
proyector o el desenfoque intencionado-, todo
apunta a la reflexión sobre la creación
cinematográfica. De hecho, el título
de trabajo es, precisamente, Cinematografía. Bergman quiere,
entre otras cosas, reflexionar sobre el cine y
mostrar su carácter de construcción que permite
crear la ilusión de realidad.
Tras la
secuencia introductoria, asistimos a una parte
que se centra en el sanatorio en el que Elisabeth
se haya internada. Así conocemos su rara
enfermedad y sus posibles causas -el horror ante
el mundo moderno y sus atrocidades parece
apuntarse como tal en un momento en que ella
contempla un informativo televisivo en el que
aparecen los horrores de la guerra-. Aun así
tampoco está muy claro que su silencio sea
motivado por esto, pero sí cabe la
interpretación en ese sentido. Asimismo aparece
Alma, la joven enfermera que no sabe si será
capaz de afrontar el reto de la enfermedad de
Elisabeth, si podrá ayudarla.
En la casa
junto a la playa, ya alejadas de la monótona
rutina del hospital, se establece un tipo de
relación distinta a la de paciente/enfermera y
por eso Alma, locuaz ante el mutismo de la
actriz, destapa sus más íntimas confesiones en
torno a la relación con su novio y su
inseguridad sobre la consistencia de su amor.
Ambas mujeres representan cosas totalmente
distintas pero llegan a fundirse constituyendo
una única mujer, tal y como literalmente hace
Bergman en un plano en que ambos rostros se
convierten en uno sólo.
En la
forma, destaca el tratamiento del monólogo de
Alma a Elisabeth. En lugar de resolverlo de la
manera tradicional con el mecanismo del plano-contraplano
para observar las reacciones del oyente, Bergman
repite dos veces el monólogo: una primera vez
con el plano del rostro de Elisabeth y una
segunda con el de Alma. Huye de esta manera del
convencionalismo formal y otorga un fuerza brutal
a ese momento de alto contenido emocional porque
Alma desvela algunas de las posibles claves del
malestar mental de su paciente: el desapego de un
hijo no querido y rechazado.
Éste es un
filme, sin embargo, que no se agota en un
sólo visionado sino que muy al contrario.
Cada vez que se ve se sacan nuevas impresiones,
nuevas lecturas. Un enigma fílmico que no se
resuelve con un final feliz y con una clausura
clara. En definitiva, un regalo para un público
exigente.
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