CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Hace unos años Guillermo
del Toro
decidió que una bomba anclada en un patio de colegio era una
buena metáfora de los sentimientos y hechos escondidos tras la
guerra civil española. "El espinazo del diablo",
película que partía de dicha premisa argumental, pecaba de
cierta esperanza vana y de unos recursos terroríficos no menos
manidos por utilizarse en un contexto nuevo. “El laberinto del
fauno”, cinta prima-hermana de la primera, se refleja en el
imaginario del director mexicano como un opuesto, pues en lugar
de explotar con fuerza purificadora y visual se va apagando
progresivamente hasta cerrar ese sendero tenebroso que cuenta lo
mismo pero con mayor acierto.
Sin caer en la tentación fácil del título,
Guillermo del Toro ha evitado la narración farragosa y
enrevesada que podía derivarse de su complejidad formal. Lo que
sí hace honor al nombre de la cinta es su engañosa estructura:
las puertas de entrada y salida que Ofelia (Ivana
Baquero)
utiliza para comunicarse con un mundo fantástico en medio de un
monte plagado de falangistas y maquis, son en realidad las
mismas, y los caminos por descubrir conducen a lugares ya
conocidos por la niña. El perturbador plano con que arranca el
filme insinúa esta pesimista idea, anunciándonos ya que no se
trata de hacer honor a los cuentos tradicionales ni
pervertirlos, sino de revelar su auténtico trasfondo. La
protagonista de “El laberinto del fauno” se sitúa en la línea de
esas heroínas en miniatura que han sufrido, más que admirado, su
paso por la dimensión que existe al otro lado del espejo; Alicia
y Dorothy como más claros referentes, pues incluso con la niña
de “El mago de Oz” comparte los zapatos rojos y quiméricos como
señal de traspaso a un mundo inexistente. Podría mencionarse
como pariente aún más cercana “En compañía de lobos”, de Neil
Jordan, si no fuera porque Del Toro no pretende extraer ningún
mensaje moral ni sexual de la narrativa tradicional, sino caer
de pleno en un nihilismo y un universo muy propios.
La fantasía ya no sirve como vía de escape, pues nuestro mundo
nos revela a través de medios crecientes sus dolorosas verdades
a medias. Del Toro refleja con maestría este asesinato de la
imaginación, evitando el perfeccionismo, los
manierismos y los escenarios imposibles, configurando una puesta
en escena que en su sobriedad rebosa detalles vistosos y
brillantes. Todos los
lugares que Ofelia visita en su mundo de ensueño nos sonarán a
algo recóndito, a alguna página que hace mucho que leímos, a
algo olvidado que en lugar de repetirse se reinventa, y aquí Del
Toro se distingue claramente de "El espinazo del diablo".
Aunque la exageración llega a acentuarse mucho más –los poco
creíbles y aparatosos encontronazos entre maquis y fascistas, la
apariencia estereotipada del capitán interpretado por
Sergi López
con violencia contenida, similar a los nazis de
"Hellboy"–,
se trata de una amplificación consciente y necesaria para que
pueda equipararse con el mismo engrandecimiento de la fantasía
que construye Ofelia. A cada barbarie cometida en el mundo real
se sucede un acontecimiento todavía más terrorífico en el juego
de la niña. El fauno como el capitán facha, condenados ambos a
la desaparición en la memoria –no en vano el primero comenta que
ha recibido muchos nombres perdidos y al segundo se le condena
con la supresión de su identidad–, los dos portadores de la
llave para unas pruebas regidas por el fatídico número tres.
Unas pruebas que se reducen a la clásica trama de búsqueda, en
este caso paterno-filial, y en las que lo fantástico no actúa
como un hilo conductor, sino como un plano donde lo horripilante
se multiplica hasta llegar al terror más absoluto: la misma
realidad. Del asco de un sapo de cuento en las entrañas de la
tierra al escalofriante banquete que se esconde tras la pared
del cuarto, presidido por una criatura albina que ve con las
manos y roza con sus uñas negras a una niña cada vez más
consciente de que la última y más dura prueba sucederá a plena
luz y bajo la mirada de todos los que no creen en hadas. Aunque
en principio desconocemos si esa fantasía es un simple producto
de la imaginación de Ofelia o si en verdad ha accedido a un
portal mágico, pronto obtenemos la respuesta en la conclusión de
la segunda prueba, cuando Ofelia vuelve a su habitación por una
puerta distinta, rompiendo las reglas físicas y espaciales.
Si bien existe una cierta descompensación entre
la parte fantástica, menor pero más publicitada, y la parte
realista, la predominante, “El laberinto del fauno” maneja con
pulso los tonos adulto e infantil que terminarán fundiéndose en
uno solo, en un
desenlace donde puede leerse cierta esperanza en la entrega del
niño inocente a un mundo limpio. Sin embargo, todos conocemos el
final de los maquis y el fauno cierra la fábula con la misma
melancolía con la que empezó a narrárnosla. Esta oda sangrienta,
deconstrucción visual, estética, sensorial y semántica del
imaginario feérico, firma lo fantástico como el doble de una
realidad cuyos espantos nada tienen que envidiar a los que se
imagina Ofelia –y lo reafirma el personaje de Sergi López al
fingir su muerte con una navaja de afeitar ante el espejo–.
Maravillosamente interpretada, cargada de un romanticismo
putrefacto que conserva la indiscutible belleza de antaño
estropeada por las telarañas, “El laberinto del fauno” se
convierte en las “Grandes esperanzas” de Del Toro, pero
despojadas de cualquier humor inservible para aliviar el
sufrimiento. Es por ello que su atmósfera lodosa y fría
convierte en témpanos de hielo las nanas –un recurso ya visto en
cintas como “La semilla del diablo” o
"Los otros"–
y las huidas de las garras del lobo –en una persecución final
con reminiscencias a “El resplandor”, de Stanley Kubrick–.
El universo particular de Del Toro, cuyas
intenciones no se alejan del más afortunado Shyamalan, parece
que ha conseguido despojarse de las imposiciones de estudio y de
ideas ajenas, revelando el poderío de su sutileza, su narrativa
directa y a veces muda, su capacidad para recurrir a un género
sin caer en su contemplación y utilizándolo para un fin más
profundo. La
desesperanza que desprende “El laberinto del fauno” es la que
corresponde a la muerte como una parte ineludible de la vida, y
en ambas la fantasía resulta igual de increíble y oscura. Por
saber combinar estas razones, la forma visual y argumental con
las intenciones de un cineasta creativo, “El laberinto del
fauno” se apaga como un ensueño contradictorio. Dulce y roto. Un
trozo de lúgubre hermosura en una industria española incapaz de
ver con nuevos ojos las historias de siempre.
Calificación:
    
Imágenes de "El laberinto del fauno" - Copyright ©
2006 Estudios Picasso, Tequila Gang y Esperanto Filmoj. Distribuida en España por
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