CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Resulta
bastante paradójico introducir el silencio en unos medios —el
videojuego y sus adaptaciones al cine— que sin los efectos de
sonido no serían nada, más aún con las cada vez más envolventes
consolas y salas. Como no hay que juzgar al libro por su
cubierta, tampoco debe fiarse nadie del título “Silent Hill”,
pues dicho ingrediente de quietud y elipsis sonora es un
elemento igual de falseado que la condición de fábula moral en
la película.
Con una mezcla
de viejas supersticiones comunales y cuento infantil de
fantasmas, de los que se narran al corro de una hoguera para
después salir huyendo, “Silent Hill” no es un videojuego ni una
conversión de éste hacia los efectos especiales. Para lo primero
le falta disfunción, pues la historia transcurre dentro de una
linealidad que recorta todas las posibilidades de opción y
desvío; y para lo segundo carece de aptitudes fantásticas.
Haciendo honor a ese engañoso título, la película de
Christophe
Gans se refugia en un lenguaje de silencios breves, ruidos
prolongados y banda sonora romántica que en nada puede
reemplazar a la claridad de las palabras y de mejores imágenes.
Mucha oscuridad, encuadres preciosistas y recursos visuales
fáciles —la puerta que se entreabre sola, la linterna que
tiembla en las paredes— sin dar ningún tipo de provecho al
enorme decorado de un pueblo fantasma y que dormita tanto,
quizá menos, que la historia a la que da cobijo.
Se necesitan muy
pocos datos para abordar el viaje a “Silent Hill”; siguiendo la
metáfora, tras un purificador incendio, el municipio ha
absorbido las almas de sus antiguos habitantes y se mantiene
callado, a la espera, pero no tan recóndito como un videojuego
capaz de generar claustrofobia a cada pantalla. Rose, la madre
protagonista, en la línea de tantas supermamás de cintas
de terror recientes — “En la tiniebla”, “The dark”, “Dark
water (La huella)”, “The ring
(La señal)”— sabe tan poco como nosotros
durante minutos y minutos…, pero esto sucede porque no existen
los datos. Las explicaciones se amontonan en un final que
pretende ser apoteósico y brutal, y para compensar los metros
que faltan hacia la meta, la película se apoya en la figura
paterna, un Sean Bean
que ya hizo un papel similar en “The dark”, y que se encarga de
investigar entre archivos y policías el secreto de Silent Hill.
Un secreto que se revela entre el único acierto visual de la
película: la forma distorsionada de mostrar unos recuerdos igual
de rotos y descosidos.
El pasado como
eterno vigilante, justiciero y auténtica aparición fantasmal ha
sido siempre un significado típico en las tramas sobrenaturales,
pues ambas cosas —espectros y memoria— no pueden curarse con las
respuestas de nuestra ciencia moderna. Las medicinas no
funcionan en el sonambulismo de una niña inocente, Sharon, que
grita entre sueños el nombre de Silent Hill. El pueblo de
la tentación, reza como subtítulo y aviso de una lucha entre
sentimientos reprimidos y fuerzas opresoras, que casualmente son
los fanatismos religiosos. Gracias a la sangre fresca y pura de
los niños se puede acceder al conocimiento de lo más oscuro, de
lo que todo habitante y todo pueblo oculta y silencia. Aunque
como premisa argumental carece de novedad, podía desarrollar un
sentido visual marcado, sobre todo por el juego entre la
misteriosa nieve que cubre Silent Hill y la negrura de los
sótanos donde habita el mal, bien en forma de monstruitos
variopintos y viscosos o de líderes salvadores imbuidos por un
todavía más negro sentido de lo demoníaco.
Sin la
espectacularidad visual que podía satisfacer a unos pocos —o a
unos muchos, según se mire—, ni los buenos resultados de una
puesta en escena contenida, la película se pierde
definitivamente en las tierras yermas de un guión enclenque,
cuya base más sólida es la exclamación “¡Sharon!”.
Conceptos tan abstractos y relativos como venganza, justicia y
amor hasta la muerte no pueden resolverse con un discurso
apagado y una trama que termina por no saber quién lleva la
razón y quién no, optando por una sonrojante división de buenos
y malos que no cuela después de tanto vaivén de espíritu
trascendente. El cuento de zombis y fantasmas se transmuta de
nuevo en un “Bambi” catódico, que más que ambigüedad alcanza el
feo amasijo de horror y ñoñez. Una prueba más de la dificultad
de adaptar videojuegos característicos por la multiplicidad de
sus tramas y recovecos, y el enorme peligro de tomarlos como
débil excusa para contar historias a caballo entre lo
cinematográfico y lo virtual, historias a las que sin alma y sin
forma más les valdría mantenerse en silencio.
Calificación:
    
Imágenes
de "Silent Hill" - Copyright © 2006 Silent
Hill DCP, Davis Films y Konami Corporation. Distribuida en
España por UIP. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Silent Hill"
Añade "Silent Hill" a tus películas favoritas
Opina
sobre "Silent Hill" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"Silent Hill" a un amigo
|