CÓMO SE HIZO "VOLVER"
Notas de producción
© 2005
Warner Sogefilms
Comentarios del director y
guionista Pedro Almodóvar
El rodaje
«Lo más difícil de “Volver”
ha sido escribir su sinopsis. Mis películas cada vez son más
difíciles de contar y de resumir en pocas líneas.
Afortunadamente esta dificultad no se ha reflejado en el trabajo
de los actores, ni del resto del equipo. El rodaje de Volver ha
ido como la seda.
Supongo que lo he disfrutado más porque el último (“La mala
educación”) fue un absoluto infierno. Me había olvidado de lo
que era rodar sin tener la sensación de estar continuamente al
borde del abismo. Esto no significa que “Volver” sea mejor que
mi anterior película (de hecho estoy muy orgulloso de haber
rodado “La mala educación”), sólo que esta vez he sufrido menos.
De hecho, no he sufrido nada.
De todos modos, “La mala educación” me confirmó algo esencial (que
ya había descubierto antes, en Matador y Carne Trémula): que no
hay que tirar nunca la toalla. Aunque estés convencido de que tu
trabajo sea un desastre hay que seguir luchando por cada plano,
cada repetición, cada mirada, casa silencio, cada lágrima. No
hay que perder un ápice de entusiasmo aunque uno esté
desesperado. El paso del tiempo te da otra perspectiva y a veces
las cosas no eran tan malas como uno creía».
Confesión
«“Volver” es un título que
incluye varias vueltas, para mí. He vuelto, un poco más, a la
comedia. He vuelto al universo femenino, a La Mancha (sin duda
es mi película más estrictamente manchega, el lenguaje, las
costumbres, los patios, la sobriedad de las fachadas, las calles
empedradas). He vuelto a trabajar con Carmen Maura (hace
diecisiete años que no lo hacíamos), con Penélope Cruz, Lola
Dueñas y Chus Lampreave. He vuelto a la maternidad, como origen
de la vida y de la ficción. Y naturalmente, he vuelto a mi
madre. Volver a La Mancha es siempre volver al seno materno.
Durante la escritura del guión y el rodaje mi madre ha estado
siempre presente y muy cerca. No sé si la película es buena (no
soy yo quién debe decirlo), pero sí estoy seguro de que me ha
sentado muy bien hacerla.
Tengo la impresión, y espero que no sea un sentimiento pasajero, de
que he conseguido encajar una pieza, (cuyo desajuste, a lo largo
de mi vida me ha provocado mucho dolor y mucha ansiedad, diría
incluso que en los últimos años había deteriorado mi existencia,
dramatizándola más de la cuenta). La pieza a la que me refiero
es “la muerte” (no sólo la mía y la de mis seres queridos) sino
la desaparición implacable de todo lo que está vivo. Nunca lo he
aceptado, ni lo he entendido. Y eso te pone en una situación
angustiosa ante el cada vez más rápido paso del tiempo.
La principal vuelta de “Volver” es la del fantasma de una madre,
que se aparece a sus hijas. En mi pueblo estas cosas pasan, (me
he criado oyendo historias de aparecidos), sin embargo yo no
creo en las apariciones. Sólo cuando le ocurren a los demás, o
cuando ocurren en la ficción. Y esta ficción, la de mi película
(y aquí viene mi confesión) ha provocado en mí una serenidad
como hace tiempo no sentía (realmente, serenidad es un término
cuyo significado es un misterio para mí).
En los años que llevo de vida, nunca he sido una persona serena,
(ni me ha importado lo más mínimo) mi innata inquietud junto a
una galopante insatisfacción me han servido generalmente de
estímulo. Ha sido en los últimos años, en los que mi vida se ha
ido deteriorando, consumida por una terrible ansiedad. Y eso no
era bueno ni para vivir, ni para trabajar. Para dirigir una
película es más importante tener paciencia que talento. Y yo,
hace tiempo que había perdido toda la paciencia, en especial,
para con las cosas triviales que son las que más paciencia
demandan. Esto no quiere decir que me haya vuelto menos
perfeccionista o más complaciente, en absoluto. Pero creo que
con Volver he recuperado parte de la “paciencia”, palabra que
naturalmente entraña muchas otras cosas.
Tengo la impresión de que, a través de esta película, he pasado un
duelo que necesitaba, un duelo indoloro (como el del personaje
de la Vecina Agustina). He llenado un vacío, me he despedido de
algo (¿mi juventud?) que aún no había despedido y necesitaba
hacerlo, no sé. No hay nada paranormal en todo esto. No se me ha
aparecido mi madre, aunque como he dicho he sentido su presencia
más cerca que nunca.
Volver es un homenaje a los ritos sociales que viven las gentes de
mi pueblo en relación con la muerte y con los muertos. Los
muertos no mueren nunca. Siempre he admirado y envidiado la
naturalidad con que mis paisanos hablan de los muertos, cultivan
su memoria y asisten sus tumbas perennemente. Como en la
película, el personaje de Agustina, muchos de ellos cuidan su
propia tumba durante años, en vida. Tengo la optimista sensación
de que me he impregnado de todo esto, y algo se me ha pegado.
Nunca acepté la muerte, nunca la he entendido (ya lo he dicho). Por
primera vez, creo que puedo mirarla sin miedo, aunque siga sin
entenderla ni aceptarla. Empiezo a hacerme a la idea de que
existe.
A pesar de mi condición de no creyente, he intentado traer al
personaje (de Carmen Maura) del más allá. Y la he hecho hablar
del cielo, el infierno y del purgatorio. Y, no soy el primero en
descubrirlo, el más allá está aquí. El más allá está en el más
acá. El infierno, el cielo o el purgatorio somos nosotros, están
dentro de nosotros, ya lo dijo Sartre mejor que yo».
El río
«Los recuerdos más alegres de
mi infancia están relacionados con el río.
Mi madre me llevaba con ella cuando iba a lavar porque era muy pequeño y
no tenía con quién dejarme. Siempre había varias mujeres lavando
y tendiendo la ropa sobre la hierba. Yo me situaba cerca de mi
madre y metía la mano en el agua tratando de acariciar los peces
que acudían a la llamada del casualmente ecológico jabón que
usaban las mujeres de la época, fabricado por ellas mismas.
El río, los ríos, siempre eran una fiesta. Fue también en las aguas de un
río donde descubrí unos años más tarde la sensualidad.
Sin duda, el río es lo que más añoro de mi infancia y pubertad.
Mientras lavaban, las mujeres cantaban. Siempre me han gustado los coros
femeninos. Mi madre cantaba una canción sobre unas espigadoras
que recibían la aurora trabajando en el campo y cantando como
alegres pajarillos. Le canté los fragmentos que recordaba al
músico de “Volver”, mi fiel Alberto Iglesias y me descubrió que
era un tema de la zarzuela “La rosa del azafrán”. En mi
incultura, nunca hubiera imaginado que aquella música celestial
fuera una zarzuela. De esta manera, el tema ha pasado a ser la
música que acompaña los primeros títulos de crédito.
En “Volver” Raimunda busca un lugar para enterrar a su marido y
decide hacerlo a la orilla del río en el que se conocieron de
niños.
El río, como los gráficos de cualquier transporte, como los
túneles o los pasillos interminables, es una de tantas metáforas
del tiempo».
Género y tono
«Supongo que “Volver” es una
comedia dramática. Tiene secuencias divertidas y secuencias
dramáticas. Su tono imita a “la vida misma”, pero no es
costumbrista. Más bien es de un naturalismo surreal, si eso
fuera posible. Siempre he mezclado los géneros y sigo
haciéndolo. Para mí es algo natural.
El hecho de incluir en el argumento un fantasma es un elemento
básicamente cómico, en especial si lo tratas de un modo
realista. Todos los intentos de Sole por ocultarlo a su hermana,
o el modo de presentarlo a las clientas provoca escenas muy
cómicas.
Aunque lo ocurrido en casa de Raimunda (la muerte del marido) es
algo atroz, el modo en que ella lucha para que nadie se entere y
la manera en que intenta desembarazarse de él también crea
situaciones de comedia.
Aunque la mezcla de géneros sea natural en mí, eso no significa que
no esté exento de riesgos (lo grotesco y el grand guiñol son
siempre una amenaza). Cuando uno se mueve entre géneros, y
atraviesa tonos opuestos en cuestión de segundos, lo mejor es
adoptar una interpretación naturalista que consiga hacer
verosímil la situación más disparatada. La única arma con la que
cuentas, además de una puesta en escena realista, son los
actores. Las actrices, en este caso. He tenido la suerte de que
todas estén en continuo estado de gracia.
El gran espectáculo de “Volver” son ellas».
Familia
«Volver es una película sobre
la familia, y hecha en familia. Mis propias hermanas han sido
las asesoras tanto de lo que ocurría en La Mancha, como en el
interior de las casas de Madrid (la peluquería, las comidas,
artículos de limpieza, etc.).
Aunque con mayor fortuna, mi familia, como la de Sole y Raimunda,
es una familia trashumante que vino del pueblo a la gran ciudad
en busca de prosperidad. Afortunadamente mis hermanas han
seguido cultivando la cultura de nuestra infancia, y conservan
intacta la herencia recibida por mi madre. Yo me independicé muy
pronto y me convertí en urbanita impenitente. Cuando vuelvo a
los usos y costumbres manchegos ellas son mis guías.
La familia de “Volver” es una familia de mujeres. La Abuela
aparecida es Carmen Maura, sus dos hijas, Lola Dueñas y Penélope
Cruz. Yohana Cobo la nieta, y Chus Lampreave, la Tía Paula, que
sigue viviendo en el pueblo. A este grupo habría que añadir a la
Agustina, la vecina del pueblo (Blanca Portillo), la que conoce
muchos de los secretos de la familia, la que tiene tantas cosas
oídas, la que nada más levantarse le toca a la Tía Paula en la
ventana y hasta que no la oye no ceja, la que le trae cada día
su buena barra de pan, la que la descubre muerta y llama a Sole
a Madrid. La que abre su casa al cadáver para velarlo como Dios
manda mientras llegan sus sobrinas. La que convierte el duelo de
la vecina en el duelo de su propia madre, desaparecida hace
años, no sabe dónde. El personaje de Agustina se integra por
derecho propio en la familia que encabeza Carmen Maura.
Agustina representa un elemento muy importante en este universo
femenino: la solidaridad de las vecinas. Las mujeres del pueblo
se reparten los problemas, los comparten. Y consiguen que la
vida sea mucho más llevadera. También ocurre lo contrario, (el
vecino que odia al vecino y almacena su odio de generación en
generación hasta que un día explota la tragedia sin que ellos
mismos sepan porqué). Yo sólo he prestado atención a la parte
positiva de la España Profunda, que es la que yo he
experimentado de niño. De hecho, Volver rinde homenaje a la
vecina solidaria, esa mujer soltera o viuda, que vive sola y
hace de la vida de la anciana de al lado su propia vida. Mi
madre vivió gran parte de sus últimos años asistida por sus
vecinas más próximas.
En esas mujeres está inspirada Agustina, de la cual hace una
creación soberbia Blanca Portillo. Para mí es la auténtica
revelación, porque no la conocía. Sólo la había visto en una
función de teatro y me gustó, pero no podía imaginarme que sin
casi experiencia cinematográfica fuera una actriz tan precisa,
tan rotunda, tan desbordante en su contención. Agustina, sola en
la calle vacía, mirando cómo desaparece el coche de Sole, es la
imagen de la soledad rural, despojada de todo adorno.
Blanca ha absorbido la esencia de todas las buenas vecinas de mi
pueblo y la ha hecho suya».
La fuerza y la fragilidad de
Penélope Cruz
«Y su belleza. Penélope se
encuentra en el esplendor de su belleza, es una frase hecha pero
en su caso es verdad. (Esos ojos, el cuello, los hombros, los
pechos! Penélope posee uno de los escotes más espectaculares del
cine mundial). Mirarla ha sido uno de los grandes gozos de este
rodaje. A pesar de que se ha estilizado en los últimos años,
Penélope demostró (desde su debut en “Jamón, jamón”) tener más
garra en los personajes de plebeya que de superfina. Hace siete
u ocho años, en “Carne trémula”, interpretaba a una putilla
cateta que se pone de parto y da a luz en un autobús. Eran los
primeros ocho minutos de la película y Penélope devoraba
literalmente la pantalla.
Su Raimunda en “Volver” pertenece a la misma estirpe que el
personaje de Carmen Maura en “Qué hecho yo para merecer esto?!”,
una fuerza de la naturaleza que no se arredra ante nada. Cuando
se pone, Penélope posee esa energía arrolladora, pero Raimunda
también es una mujer frágil, muy frágil. Puede (y debe, por
guión) estar furiosa y al instante derrumbarse como una niña
indefensa. Esta desarmante vulnerabilidad es lo que más me ha
sorprendido de Penélope-actriz, y la rapidez con que puede
conectar con ella. No hay un espectáculo más impresionante que
contemplar en el mismo plano cómo unos ojos secos y amenazadores
de pronto empiezan a llenarse de lágrimas, lágrimas que a veces
desbordan los párpados como un torrente, o como en algunas
secuencias, sólo los inundan sin desbordarlos nunca. Ser testigo
de ese equilibrio en el desequilibrio ha sido apasionante.
Penélope Cruz es una actriz de rompe y rasga, pero es la mezcla con
esta emotividad tan fulminante lo que la hace imprescindible en
“Volver”.
Ha sido un placer vestir, peinar y maquillar al personaje y a la
persona. El cuerpo de Penélope ennoblece todo lo que le pones.
Nos decidimos por las faldas estrechas y la rebecas porque son
prendas clásicas, muy femeninas y populares en cualquier década,
desde los 50 al 2000. Y, también hay que decirlo, porque nos
recordaban a Sophia Loren, en sus inicios de pescadera
napolitana. Los maravillosos despeinados hay que agradecérselos
al peluquero Massimo Gattabrusi y el maquillaje a Ana Lozano. El
rabillo del ojo fue un hallazgo. Sólo hay un elemento falso en
el cuerpo de Raimunda, el culo. Estos personajes son siempre
mujeres culonas y Penélope está demasiado estilizada. El resto
es todo corazón, emoción, talento, verdad, y un rostro al que la
cámara adora. Como yo».
La vuelta de Carmen
«No imaginaba que había tanta
expectación por nuestro reencuentro. Me sorprende la cantidad de
gente que me ha dicho lo contentos que estaban porque Carmen y
yo volviéramos a trabajar juntos! Dice una canción de Chavela:
“uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Esto
se puede aplicar también a las personas.
Siempre existe la incertidumbre, pero afortunadamente la de Carmen se
despejó en los primeros trabajos de mesa.
En el guión de “Volver” hay una larga secuencia, casi un monólogo, porque
sólo habla el personaje de Carmen, la abuela fantasma. En dicha
secuencia Carmen explica a su hija del alma, Penélope Cruz, las
razones de su muerte y las de su vuelta, a lo largo de seis
intensas páginas y seis no menos intensos planos. Esta secuencia
es una de las razones por las que yo quería rodar la película.
He llorado todas y cada una de las veces que he corregido el
texto (como el personaje que interpretaba Kathleen Turner en
“Tras el corazón verde”, una ridícula escritora de novelas rosa,
muy kitch, que lloraba mientras escribía).
La noche que la rodábamos todo el equipo era consciente de su
importancia. Había mucha expectación. Esto ponía un poco
nerviosa a Carmen que quería abordarla cuanto antes.
Empleamos toda una noche en rodarla, y desde el meritorio hasta yo mismo
teníamos esa extrema concentración ante las escenas difíciles
que justo por ello se convierten en las escenas más fáciles,
porque todos damos lo máximo de nosotros mismos.
De nuevo volví a sentir esa complicidad sagrada con Carmen, esa
maravillosa sensación de estar ante un instrumento perfectamente
afinado para mis manos. Todas las tomas fueron buenas, y muchas
de ellas extraordinarias. Penélope la escucha, a veces con la
cabeza baja. En esta película se habla mucho, se oculta mucho y
para ser una comedia (eso dice el equipo) se llora mucho.
Desde “Mujeres...” hasta el “monólogo de Volver” Carmen no ha
cambiado como actriz, y descubrirlo ha sido maravilloso.
No ha aprendido nada porque ya lo sabía todo, pero mantener ese fuego
intacto a lo largo de dos décadas es una tarea admirable y
difícil que no podría decir de todos los actores con los que he
trabajado.
El resto del reparto ha estado a la altura de sus compañeras. Lola Dueñas
probablemente hace uno de sus trabajos más complejos. Es la más
excéntrica de las cuatro mujeres de su familia. Lola se preocupó
personalmente de dominar el complicado acento manchego. Aprendió
los secretos del oficio de peluquera y ha desarrollado una vis
cómica inédita en ella. Es intensa, auténtica y rara, en el
mejor sentido del término.
Otra de las bendiciones de este rodaje, es que todas las chicas vivían y
trabajaban muy unidas, tenían una maravillosa relación, como de
familia. Y eso el objetivo también lo capta.
Me emociona mucho la interpretación de la joven Yohana Cobo. Está
presente en casi todas las secuencias pero como testigo. Hace
una de las cosas más complicadas de actuar que es oír y estar
presente. Y que su presencia sea elocuente casi sin hacer nada.
Pero el trabajo de Yohana es consciente, sutil y muy rico.
Además de “sus” secuencias, su monólogo ante el padre muerto...
etc., el resto, siempre pegada a la madre, entendiéndola sin
saber qué le sucede, me provoca mucha ternura. Además tiene una
mirada abrasiva. Ojalá le vaya muy bien.
Chus Lampreave, María Isabel Díaz, Neus Sanz, Pepa Aniorte y Yolanda
Ramos completan el reparto, además de Antonio de la Torre,
Carlos Blanco y Leandro Rivera.
José Luis Alcaine, en la fotografía, Alberto Iglesias en la música y Pepe
salcedo en el montaje, han sintonizado una vez más con mis
secretas intenciones, cada uno en sus respectivos campos».
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