CRÍTICA
por
Manuel Márquez
A mi “niña
grande” Elvira y a mi niño pequeño —y debutante—, Manuel
¡¡¡Hasta
el infinito…. y más allá!!!
Pfiuuuuuun, pfiuuuuuuun.... asumo que el título de esta reseña
puede sonar (y suena) a puro topicazo, o que puede resultar (y
resulta) un juego de palabras demasiado fácil, por lo obvio,
pero no me puedo resistir al mismo a la vista de cómo las gentes
de Pixar han asumido el grito de guerra del simpar Buzz
Ligthyear como declaración de intenciones, o referente de
búsqueda inacabable, y, conscientes de que la perfección está
reñida con la excelencia, se dedican a su persecución desbocada
película tras película. En ese sentido, "Cars" parece ser sólo
el último peldaño de una escalera que algunos soñamos, cual si
de la de Jacob se tratase, infinita, y, sobre las constantes que
ya constituyen el sello inconfundible de la factoría, nos vuelve
a deslumbrar con un espectáculo tras cuya contemplación uno sale
con una sensación a caballo entre el aturdimiento y el éxtasis,
y el convencimiento de lo mal que casa el buen cine con
etiquetados genéricos o estilísticos. "Cars" es
cine, y punto.
Cine de
la casa Pixar, evidentemente; más allá de la constatación obvia
de que estamos ante imágenes de animación generadas por
ordenador —algo que ya no es exclusivo de esta productora,
aunque siga siendo su principal abanderada—, hay otra serie de
elementos más rotundamente definidores que eliminan cualquier
posibilidad de “error”, dado que estamos ante una entrega más de
ese cine en el cual sus creadores han dado con una fórmula
alquímica para el éxito, basada en el ritmo y el detalle —desde
una perspectiva formal— y el mantenimiento de unas pautas
temáticas que, aun repetidas film tras film, siguen resultando
gratamente estimulantes.
¿Quién
dijo que el ritmo era un atributo musical? El ritmo es algo que
modula toda obra cuya creación o percepción se desarrolla en el
tiempo y que, como tal, tiene una importancia básica en la
narración cinematográfica: de su adecuado ajuste a la intención
narrativa de cada secuencia depende, en buena medida, el
correcto funcionamiento de ésta. En ese sentido, hay que decir,
sin ambages de ningún tipo, que el equipo creativo de Pixar
ha hecho en "Cars" un trabajo de auténtica precisión científica:
nada hay que retrate con tanta exactitud la buscada
contraposición entre los dos mundos que se reflejan en la
historia (el de las carreras, frenético, acelerado,
despiadado, convulso, siempre mirando hacia el futuro; y el de
Radiator Springs, ese pueblo perdido en el que el protagonista
de la historia, Rayo McQueen, empieza perdiéndose y termina
encontrándose —pero de eso hablaremos más adelante...—, en el
que el tiempo parece haberse detenido, y que mira
permanentemente a un pasado glorioso de dudoso retorno) como el
ritmo de montaje de las imágenes con que se nos ofrecen el uno y
el otro. De puro evidente, puede parecer sencillo, pero no crean
que lo es tanto —a la vista de tanta película de ritmo
monocorde, diríase que, más bien al contrario, debe resultar
bastante complicado—. Y a si ese preciso y precioso ajuste
rítmico en el despliegue de las imágenes, le unimos un score
musical de primerísimo nivel, con abundante profusión de
estándares del rock y el country tan comerciales como eficaces
(entendiendo por eficacia su grado de casamiento con las
imágenes a las que dan acompañamiento sonoro), ya tenemos una
base más que sólida para un magnífico edificio: hormigón y
cemento de calidad supremas.
De la
filigrana y el adorno que terminan convirtiendo el edificio en
algo súblime, se encarga el gusto por el detalle: el cuidado
exquisito en todos y cada uno de los elementos que pueblan unas
imágenes en las que, a tenor de su riqueza de referentes, parece
no haber lugar para lo secundario, lo accesorio. En "Cars"
no hay planos con imágenes centrales sobre fondos difusos:
todo lo que está a la vista, todo lo que abarca la pantalla,
sorprende, entusiasma, arranca el "ooooh!!!" admirativo de
una manera fluida y natural, y deja con ganas de más, de que ese
derroche de imaginación y fantasía no se acabe nunca. Se hace
difícil destacar un fragmento concreto de una película que,
desde esta perspectiva de análisis, no afloja lo más mínimo en
todo su metraje, pero, si he de quedarme con uno, me atrevería a
resaltar la secuencia del viaje de Rayo McQueen a bordo de su
fiel camión Mack, que atraviesa buena parte del territorio
estadounidense: el despliegue de paisajes, luces, entornos y
perspectivas es de tal magnitud que llega a sobrecoger, aunque,
afortunadamente, y a esas alturas del film, el espectáculo no ha
hecho más que, prácticamente, comenzar.
Y, para
finalizar, entremos en la historia. También en ese aspecto Pixar
se mantienen fiel a sus esencias, y, con la única particularidad
de que, en esta ocasión, el elemento humano está totalmente
ausente de la acción (son los “cars” del título los que se
encargan de asumir íntegramente la condición humana), nos vuelve
a contar la historia del viajero de vocación solitaria (por
egoísmo y desconfianza) —en las entregas precedentes, fueron
Buzz Lightyear, Marlin o Mr. Increíble; aquí, es el jovenzuelo
arrogante y un tanto ignorante Rayo McQueen, una perfecta
alegoría de las estrellas juveniles que pueblan el panorama
actual del “biznes”...—, al que las circunstancias del “viaje
exterior” obligarán, mediante el contacto con los demás, y en un
“viaje interior” en paralelo, a asumir valores de moralidad
superior: la solidaridad, la entrega, el compañerismo, el
altruismo. Es eso lo que Rayo McQueen terminará encontrando en
Radiator Springs, un grupo de “gentes” sencillas y de corazones
abiertos, que, con su actitud, a caballo entre lo ingenuo y lo
tierno, le harán abrir los ojos y asumir que el valor de los
empeños colectivos siempre es superior al de la lucha
individual, sea por la causa que sea. Indudablemente, se
trata de más de lo mismo, y no se puede negar que hay elementos
accesorios, tanto de diseño de personajes (el gracioso Mate,
o el “malo maloso” Chic Hicks, inciden en tópicos de
caracterización y de planteamientos maniqueos que resultan un
tanto cargantes) como de tramas accesorias (la historia de amor
de Rayo y Sally es tan predecible y obvia como la de la más
azucarada de las comedias seudorrománticas que tanto parecen
pulular por las pantallas últimamente) manifiestamente
mejorables, pero tampoco se puede olvidar que estamos ante un
producto cuyo público objetivo es, fundamentalmente, infantil, y
que estas concesiones, de comercialidad más que evidente, son
difícilmente prescindibles, mal que a algunos nos pueda pesar,
en un film con aspiraciones a arrasar en la taquilla, no sólo de
EE.UU., sino en la de todo el universo mundo. Pero no deja de
resultar paradójica la insistencia de Pixar en la exaltación
apologética de estos valores solidarios tan poco tiempo después
de haber sido absorbida por una compañía, como Disney, que ha
hecho del individualismo más ferozmente yanqui el santo y seña
de toda su trayectoria creativa.
No les
negaré, amigos lectores, cuán fascinante podría resultar
extenderse en análisis profundísimos y extensísimos sobre puntos
como el antes someramente apuntado. Pero, si tienen pensado
meterse en una sala oscura a ver esta película, háganme un favor
—o, quizá para ser más exactos, hagánselo a ustedes mismos—:
olvídense de todo ello, y de cualquier otro aspecto conexo,
siéntense, abróchense los cinturones, y.... disfruten, eso,
simplemente, disfruten, como un crío pequeño, ese crío al que
nunca deberíamos dejar marcharse del todo. Así fue en mi caso
—supongo que ya se me ha notado de manera más que evidente, pero
como siempre hay algún lector despistado, lo reitero de forma
expresa—, y así les deseo, de corazón, que sea en el suyo.
Calificación:
    
Imágenes de
"Cars" - Copyright © 2006 Walt Disney Pictures y Pixar Animation
Studios. Distribuida en España por Buena Vista International.
Todos los derechos reservados.
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