CRÍTICA
por
Javier Quevedo Puchal
Espiritualidad en tiempos de la Playstation
Hacía mucho tiempo que una novela no hacía
correr tantos ríos de tinta y agitaba tantas conciencias como
“El código Da Vinci”. Claro que no cabe duda de que se trata de
un fenómeno digamos que peliagudo, un arma de doble filo. Pues,
seamos claros, estamos de enhorabuena cuando, en estos tiempos
que corren de la imagen y el adocenamiento, alguien consigue la
hazaña de rescatar a millones de lectores, de revivir el gusto
por la lectura que, a estas alturas, parecía enterrado a más de
cuatro metros bajo tierra. Ahora bien, ¿vale la victoria a
cualquier precio? O dicho de otro modo: ¿merece la pena el
triunfo cuando el libro que se lleva el gato al agua es “El
código Da Vinci”? Decían en una de las múltiples reseñas en
contra de la novela de
Dan Brown
algo así como que cada época tiene la literatura que se merece.
Es posible. Y quisiera advertir antes que nada que lo reafirmo,
ya no como alguien que se haya leído el susodicho libro, sino
como alguien que estuvo a punto de hacerlo. Por fortuna,
mientras lo ojeaba, topé con el que más tarde averigüé era uno
de los pasajes más sonrojantes de la novela (el “tortuoso”
desciframiento por parte de un supuesto simbologista de un texto
que, saltaba escandalosamente a la vista, estaba tan sólo
escrito al revés) y, de pronto, perdí toda la curiosidad que tal
fenómeno literario había empezado a despertar en mí.
Quizás predispuesto por aquello de que de malos libros nacen
buenas películas y, sobre todo, porque
Ron Howard
siempre me ha parecido un artesano solvente, estaba convencido
de que el tránsito de la novela de Brown al celuloide iba a
dignificar hasta cierto punto el, al parecer, flojo material
literario. Ni siquiera la mala prensa de Cannes me impresionó
demasiado. A fin de cuentas, también
"Moulin
Rouge" fue bastante vapuleada a su paso por el
célebre festival... y, sin embargo, a fecha de hoy se erige como
uno de los filmes más influyentes de lo que llevamos de siglo.
Sin embargo, mucho me temo que no puedo sino rendirme ante la
evidencia: “El código Da Vinci” no es una buena película. De
hecho, ni siquiera es una “mala” película. Y con esto me refiero
a que le falta el encanto de la Serie B, la magia de ese pulp
que nunca se toma excesivamente en serio... en fin, todo lo que
podría haber hecho de ella una propuesta más o menos atractiva.
Pero es que, al igual que ocurre con el propio Brown, la
nueva película de Howard se toma demasiado en serio a sí misma,
con tal pompa y ceremonia que se convierte en una tesis a medio
camino de demasiadas cosas. Recordemos al respecto la eterna
trilogía de Indiana Jones, aventuras también cuajadas de
referencias bíblicas (mucho menos provocativas, eso sí, menos
transgresoras), pero sobradamente entretenidas como para
hacer de ellas una experiencia más que memorable. Por desgracia,
nada de todo ello se revive en “El código Da Vinci”, tan
preocupada por la trascendencia que olvida por completo la sana
voluntad de entretener al respetable. Y es que, digámoslo sin
tapujos, declinar la baza de lo ameno es un error
particularmente grave en el caso que nos ocupa, sobre todo
cuando tantas veces se ha acusado a la trama del libro de estar
profusamente indocumentada... aunque, también dicho sea de
paso, algunos de los errores de documentación más cacareados han
sido sabiamente corregidos (o, cuanto menos, difuminados) para
el cine, reforzando así la verosimilitud de la que la novela se
resentía.
En cualquier
caso, y aun con todo, el mayor inconveniente de la cinta que nos
ocupa reside para quien esto firma en que es simple y llanamente
aburrida. Sólo en muy contados momentos revive la cámara el brío
y la tensión que tal aventura mereciera (determinados
flash-backs a los primeros años de la era cristiana, alguna de
las apariciones del monje albino Silas), pero lo cierto es que
la mayoría del tiempo transcurre muy densamente, casi a
trompicones. Ni siquiera la excelente banda sonora de
Hans
Zimmer, ni tan sólo algunas interpretaciones dignas
(en particular, las de
Paul Bettany,
Ian McKellen
y
Audrey Tatou)
consiguen hacer que la película remonte el vuelo.
Incluso el metraje, excesivo bajo cualquier punto de vista,
parece impregnado de la misma sensación de aparatosidad, de
verborrea erudita. Demasiados giros para una trama que, en
última instancia, se revela como demasiado predecible.
Demasiados enigmas para una cinta que, dada la completa ausencia
de aventura auténtica y genuina, parece más bien la versión
adulta y sofisticada de aquellos libros de “Los cinco”.
Demasiado empeño en dejar en pausa una acción ya de por sí poco
fluida tan sólo para dotar de alma a unos personajes que no la
tienen, todo ello a través de un desmadre de flash-backs
que a veces puede resultar incluso irritante (sobre todo, si
hablamos del que ilustra cómo los protagonistas han salido de la
avioneta nada más llegar a Inglaterra, claramente posicionándose
como el flash-back más inepto y vergonzoso de la historia
del cine).
Verdaderamente, es una lástima que los responsables de la cinta
no hayan sabido conciliar la voluntad marcadamente comercial de
la misma (obsérvese, sin más, la avasalladora campaña de
publicidad que la ha envuelto, videojuegos incluidos) con las
pretenciosas ínfulas de investigación pseudo-erudita de Brown,
pues, de hecho, podría haber salido un producto más que
interesante de todo ello. Interesante independientemente de la
baja calidad literaria y los errores de documentación
originales. Interesante independientemente de esa Iglesia
furiosamente escandalizada (algo que, por otro lado, comprendo y
respeto tanto como no comparto). Qué duda cabe de que se tenían
todos los elementos para haber elaborado algo que trascendiera
más allá de la mera moda: un buen realizador, buenos
intérpretes, una base argumental como mínimo interesante... Sin
embargo, parece ser que, por algún motivo que se me escapa, han
optado por ser fieles al original literario hasta en la torpeza
narrativa, más allá incluso de lo sensato. Y, al menos por esta
vez, queda demostrado que en ocasiones no hay mejor carta que la
de la infidelidad.
Calificación:
    
Imágenes
de "El código Da Vinci" - Copyright © 2006
Columbia Pictures e Imagine Entertainment. Distribuida en España
por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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