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Dirección y
guión: Andrew Niccol.
País: USA.
Año:
2005.
Duración: 122 min.
Género:
Thriller, acción,
drama.
Interpretación: Nicolas Cage (Yuri
Orlov), Ethan Hawke (Jack Valentine), Jared Leto (Vitaly Orlov),
Bridget Moynahan (Ava Fontaine), Ian Holm (S¡meon Weisz), Eamonn
Walker (Andre Baptiste), Sammi Rotibi (Andre Baptiste Jr.),
Shake Toukhmanian (Irina Orlov), Jean-Pierre Nshanian (Anatoly
Orlov), Jasper Lenz (Gregor).
Producción: Philippe Rousselet,
Andrew Niccol, Nicolas Cage, Norman Golightly, Andy Grosch y
Chris Roberts.
Música: Antonio Pinto.
Fotografía: Amir Mokri.
Montaje: Zach Staenberg.
Diseño de producción: Jean Vincent Puzos.
Vestuario: Elisabetta Beraldo.
Estreno en USA: 16 Septiembre 2005.
Estreno en España: 30 Junio 2006. |
CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Resulta muy difícil construir un discurso novedoso sobre algo
tan antiguo como la guerra. Podría afirmarse que todo lo
escribieron los clásicos, pero para no pecar de presuntuosos
diremos que, de vez en cuando, necesitamos que alguien nos
recuerde el dolor y las responsabilidades de un conflicto
bélico. Andrew Niccol consigue tal propósito de forma muy
notable y fresca, en gran parte gracias al cambio de
perspectiva, al abandono de los campos de batalla para situar al
espectador en el otro lado, el del proveedor y el líder sin
escrúpulos.
La fórmula de
“Apocalypse now”, que ya mostró sus síntomas de agotamiento en
la descerebrada y autocomplaciente “Jarhead,
el infierno espera”, se da la vuelta en
“El señor de la guerra” para evitar tantos tópicos como para
tratar otros con la menor rutina posible. Con un tono de ironía
escéptica y desengañada, la película de Niccol se deshace de la
dramatización excesiva sin por ello perder eficacia y seriedad.
Muere gente, de esa forma tan explícita y visceral propia de
este subgénero, ganan dinero los más avispados y se deshacen
familias. Lo que hace sólida a la historia es, precisamente, la
sabia mezcla de tema trascendental y universal con las
particularidades de un hombre, evitando en todo caso que la
trama pivote con demasiada frecuencia en torno a uno de los
polos. Y que ese hombre no sea ni malo ni bueno, que sea gris,
el color que él proclama como su favorito.
No hay redención
posible en una historia que se alimenta de una realidad todavía
cadente —la coletilla final, "basada en hechos reales", aunque
cierta, se antoja casi un chiste–, y como nadie sabe por cuánto
tiempo continuará siéndolo, se trata también de una película sin
moralina ni crítica férrea. Todos los actos del protagonista,
Yuri Orlov, demuestran que no existe solución para un problema
de reciente nacimiento, y que los argumentos a favor y en contra
del nuevo orden mundial se desmontan a partes iguales. Este es
un mundo en que la paz se mide en términos de ganancias y
pérdidas, donde los traficantes de armas consideran tan valiosa
la importación de los kalashnikovs como de “El lago de los
cisnes”. Nicolas Cage, quien no proporciona una gran
interpretación desde el hermoso lamento de “Leaving Las Vegas”,
responde al perfil necesario de un hombre con cara y actitud de
póquer, si bien recae en su histrionismo corporal, por exceso o
por defecto. El elenco de actores está tan bien escogido como
medidas su entrada y salida en una historia que compra y vende a
las personas como un cajón de metralletas.
Tal vez la
recreación de los ochenta no sea la más cuidada, pero de poco
importa para un discurso que pretende volcarse con rapidez hacia
la actualidad y las presentes conciencias. A pesar de la primera
secuencia en plano subjetivo, realmente molesta, y de un par de
escenas efectistas, la película mantiene un sentido vibrante y
equilibrado, sin perder en sus momentos más duros y en los más
sensibleros una apariencia de frialdad con la que al espectador
le duele identificarse. Ya sabemos que nuestros mayores enemigos
están sentados en los despachos de la ONU o la UNESCO, que
quienes velan por nuestra seguridad son los que al mismo tiempo
procuran desestabilizarla para hacer un buen negocio.
Revelándonos el mecanismo de acción y pensamiento de los
intermediarios que hacen posible esos sanguinarios tratos, “El
señor de la guerra” no lanza las culpas a la platea, sino que la
colma de una ingente impotencia por la ineficacia que las
palabras ‘democracia’ y ‘voto’ tienen en la mayor parte de los
países.
Niccol, que ya
intentó una farsa similar en la demasiado frívola “Simone”, y
que debería ser más recordado por el incomprendido clásico de
“Gattaca”, no firma la película definitiva sobre la guerra y
tampoco sobre sus dueños. Su pulso y su sinceridad son
suficientes para añadirla a la lista de novedosos reencuentros
con el infierno de las armas, aquel que hemos conocido desde
múltiples puntos de vista, del doméstico al internacional. No
viene mal observarlo desde otro más, aunque sea en un medio tan
efímero como el cine, pero no más que los telediarios con que
cada mediodía algunos fingen corregir nuestro mundo y aliviar
nuestro inutilizado papel en él.
Calificación:
    
Imágenes de "El
señor de la guerra" - Copyright © 2005 Entertainment
Manufacturing Company, VIP Medienfonds 3, Ascendant Pictures,
Saturn Films, Rising Star, Copag V y EndGame Entertainment.
Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España.
Todos los derechos reservados.
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