CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
"Shrek" marcó un antes y un después en el
mundo de la animación estadounidense, no sólo por los recursos
digitales y la revisión del clasicismo argumental, algo que ya
había consolidado Pixar, sino porque hacía extensible dicha
fórmula de éxito a las demás productoras. Los hermanos
Weinstein se suman ahora con
“La increíble pero cierta historia de Caperucita Roja”, que,
como su título indica, nos narra desde nuestra actual inquietud
cínica y renovadora el tradicional cuento de Perrault. Sin
embargo, esa combinación de factores ha perdido la frescura y el
dinamismo de la primera vez, provocando la temida y temible
repetición de trucos antes efectivos. Sólo han pasado unos años,
pero adentrar al espectador en un bosque de poca magia y muchos
destellos irónicos con los esquemas preestablecidos tiene ya
escaso atractivo. Y si el ogro era un pedazo de pan, la princesa
una fiera de armas tomar y el burro un showman cargante, resulta
lógico que con Caperucita Roja se recurra a los mismos empujones
para huir del tópico.
A modo de
flashbacks narrados como episodios independientes entre sí, la
película se asienta en una narración fragmentada que, poco a
poco, revela lo firmemente atados que estaban los cabos desde el
principio. Una engalanada rana, sosias del Hércules Poirot de
Agatha Christie, preside la mesa de confesiones por la que van
desfilando cada uno de los sospechosos en la escena del crimen:
la abuelita que cambia las agujas de costura por unos esquíes,
el lobo con motivos para ser tan entrometido, el leñador con
escasa valentía en tan corpulento cuerpo, y la Caperucita
rebelde y dispuesta a lanzar dardos hirientes ante cualquier
trato infantil. Entre todos ellos, que no falten los animalitos
parlantes que terminan por eclipsar a los protagonistas, por lo
demás un recurso que viene del Disney de los años treinta, junto
con la canción, ahora balada pop, que entona un alma perdida
entre los pajaritos campestres. Lo mejor de este cuento al
revés se queda en esa estructura de añadidos progresivos, al más
puro estilo de investigación british, y el aire visual y musical
específico que se imprime a cada uno de los puntos de vista
que rememoran la historia: más tierno para Caperucita, más
canalla para el lobo, más ingenuo para el leñador y más rockero
para la abuela. Pero en el interior de esas intenciones falta la
mala baba hacia la competencia y las fuentes originales en las
que se basa, característica de la que se empezó a abusar en "Shrek
2", pero que sin duda marcaron una nueva
forma de entender los dibujos.
“La increíble
pero cierta historia de Caperucita Roja” dispersa igual que sus
antecesoras una retahíla de chistes que no captarán los más
pequeños y que tampoco alcanzan el nivel de los lanzados desde
la Pixar. A los hermanos Edwards
les falta la confianza en su propia originalidad y, en este
apartado cinematográfico casi más importante, una excelencia
visual que pueda justificar el abandono de la animación
tradicional. La cinta se acerca más al estilismo de un
videojuego en 3D, con su torpeza de movimientos y sus bordes
afilados, que a la visión en 180 grados de un Pixar o de los
últimos productos FOX. Aun rompiendo desde dentro a los
personajes de toda la vida, su apariencia sigue siendo la misma,
y eso, con sus limitaciones cromáticas y paisajísticas, estropea
la misión de hacer irreconocibles a unas criaturas con las que
todo niño y adulto ha convivido siempre.
Subyace en la
trama un atisbo de lucidez hacia el propio mundo animado en el
que se inscribe, alcanzando notas de metalenguaje casi
corroborado por esa torpeza visual. En el reducido mundo de
Caperucita, un ladrón de recetas obliga a cerrar a todas las
tiendas de dulces para implantar su propio imperio. No es
difícil ver al sector de la animación en esa Caperucita perdida
en un universo que promete más de lo que da –sí, el cine–, y a
los viejos puestos de dulces como los últimos talleres Disney de
Orlando que echaron el candado, ahogados por la presión del
gigante digital. Como todo cuento que se precie, en este caso el
problema acaba bien, sin más giros sustanciales, y casi abriendo
una puerta a la secuela o la saga.
Entremedias
se yergue esta Caperucita poco postmoderna, a menos que este
término quiera entenderse como incontables referencias a la
mitología "Matrix" y a la saga “Misión: Imposible”; un
quiero y no puedo reivindicar lo tradicional sin dejar de
pervertirlo. Como todo enfrentamiento entre el sueño y la razón,
será necesario escoger la convivencia de uno de ellos,
especialmente una vez revelado que la maquinaria de la animación
infantil ha dejado de perseguir sueños para construir niños de
razón límpida y decididos a hacerle una llave karateka al lobo
antes que escuchar sus falsedades y aprender a distinguirlas.
Se llevan las soluciones veloces y “La increíble pero cierta
historia de Caperucita Roja” pasa como un suspiro leve, gamberro
para los niños, insustancial para los mayores, resignado
para el espectador que no echa en falta trazados manuales ni
narraciones lineales, sino alguna idea cuya frescura no caduque
tan rápido y un poco de coherencia entre los medios animados y
sus pretensiones. Al fin y al cabo, en esta Caperucita el
infantilismo es mayor que la inocencia y, mientras todos se
lavan las manos, la cesta de la merienda da de lleno en la
cabeza del malo malísimo que todavía no se ha borrado de ningún
cuento visual.
Calificación:
    
Imágenes
de "La increíble pero cierta historia de
Caperucita Roja" - Copyright © 2005 Kanbar
Entertainment y Kanbar Animation. Distribuida en España por
Manga Films. Todos los derechos
reservados.
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