CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Un mundo perfecto
El americano James Ivory
(“Una habitación con vistas”, “Regreso a Howards End”) se
aproxima al Shangai de 1936 para dejar su inconfundible sello en
una historia de frustraciones y desencantos personales, de lucha
por la supervivencia y de utopías imposibles. Vuelve a hacerlo
de la mano del escritor japonés Kazuo
Ishiguro (“Lo que queda del día”) con una adaptación
literaria cargada de intimismo y trasfondo histórico, una puesta
en escena preciosista y refinada, y un sentido nostálgico en
personajes que miran hacia épocas pasadas y que han renunciado
al futuro.
En esos momentos, la ciudad china se ha convertido en un lugar
cosmopolita en el que se refugian gentes venidas de los más
diversos puntos del planeta: judíos emigrados de una Europa
hostil, japoneses envueltos en lucrativos negocios, nobles rusos
exiliados tras la revolución bolchevique, diplomáticos
americanos… Dos de estos seres desarraigados y "huidos" son Todd
Jackson y Sofia Belinskya, almas gemelas que tuvieron su mundo y
sus ilusiones, y que ahora se esfuerzan por adaptarse a unas
circunstancias no del todo alentadoras. Jackson en un
ex-embajador americano, ciego y con una desgracia familiar que
le empuja a encerrase en sí mismo y abrir un club musical. Para
ello se apoyará en Sofia, una condesa rusa venida a menos que
debe trabajar alternando y bailando con los clientes para
sostener a su familia. Entre ellos fragua una relación
exclusivamente profesional, con el pacto de dejar al margen todo
lo personal.
Historias de desencanto de un mundo exterior que ha perdido
todo su atractivo, y con la “ceguera” que funciona mejor por su
valor metafórico que como elemento dramático. Jackson es un
individuo que ha renunciado tras el “accidente” a todo lo que la
sociedad le presenta, y que aspira a crear su propio mundo
interior: es aquel que ha configurado en su cabeza, y que ahora
reproduce en el bar La Condesa Rusa, nombre puesto en honor de
Sofia, mujer que ha juzgado perfecta en su imaginación y de la
que no ha querido conocer sus rasgos ni su historia, temeroso de
nuevas decepciones vitales. Se esconde en su ceguera y en su
tragedia personal, asqueado de una sociedad belicosa y de un
mundo imperfecto. Se ha convertido en demiurgo de su propio
universo, con un club donde debe reinar el equilibrio entre
diversión y elegancia, sensualidad y sexo sin excesos, así como
una suficiente tensión política que no llegue a la violencia:
experimento de laboratorio que pretende enfriar afectos,
pasiones y ambiciones personales, y que el tiempo pondrá a
prueba. El drama de Sofia no es menor, rodeada de una familia
obsesionada con volver a entrar en sociedad y que no acepta el
nuevo orden establecido, con una madre ingrata y puritana que se
aprovecha de ella hasta el extremo, o una hermana celosa que
aspira a robarle el afecto de su propia hija pequeña. Expulsada
de su país y del mundo familiar, viviendo de noche y durmiendo
de día, sólo le quedará encerrarse en la oscuridad —ciega al
mundo y al futuro— de La Condesa Rusa.
Entre los mayores logros de la película, destaca una cuidada y
sugestiva ambientación y una puesta en escena preciosista que
atiende a los pequeños detalles, acompañada de una bella
fotografía y unos diálogos marcadamente literarios. La trama
política y bélica funciona únicamente como telón de fondo para
la tragedia personal, y en bastantes momentos se echa en
falta un mayor vigor narrativo, con una cámara que está más
pendiente de recrear ambientes y retratar almas en pena que
se mueven entre la lucha por la subsistencia y la rapiña sin
escrúpulos de algunos. Un guión irregular discurre entre
estampas de una urbe en una transformación pareja a la evolución
de los protagonistas —los secundarios están poco desarrollados—,
y que tiene un desenlace en cierta medida complaciente e
inverosímil. Las interpretaciones son correctas, aunque sin
llegar a transmitir nunca la fuerza dramática que se supone en
sus historias, con una Natasha
Richardson demasiado inocente y de pocos pliegues, y
un perplejo Ralph Fiennes
con un trauma que irá desvelando paulatinamente al espectador.
Melodrama
de época, intimista y nostálgico, de fascinante factura y con el
clasicismo al que nos tiene acostumbrados su director. Aunque le
sobra algo de metraje, disfrutarán aquellos que busquen
historias humanas envueltas en ambientes llenos de exotismo y
elegancia.
Calificación:
    
Imágenes
de "La Condesa Rusa" - Copyright © 2005
Merchant Ivory Productions, Sony Pictures Classics, Shanghai
Film Group Corporation y VIP Medienfonds 3. Distribuida en
España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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