CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
A
José Luis
Cuerda se le dan bien los idiomas. Pero especialmente las
lenguas de aquí, las que recogen el añejo vocabulario de
caciquería y machismo, palabras hirientes y balsámicas,
gramáticas cada vez más contradictorias en una España escindida
que él intenta convertir en universal. Demostró tal propósito en
su debut, “El bosque animado”, y alcanzó el clímax en “La lengua
de las mariposas”, un relato que tenía tanto de hermoso como de
amargo en su cubierta, su alma y su estremecedor final. Con “La
educación de las hadas” ha querido repetir fórmula, aunque la
magia se condensa de forma desproporcionada en un interior donde
rebotan sin daño las buenas intenciones y descienden sin tocar
fondo piedras de sabiduría popular.
Un argumento muy
sencillo, de arranque imposible y desenlace irrelevante, sirve
para exprimir un mundo donde siempre es otoño, donde todo huele
a pérdida y tiempos muertos. La niebla de la nostalgia lo empapa
todo: un padre innato sin hijos, un niño imaginativo sin fe, una
mujer vital sin esperanzas y una inmigrante sin libertad. De
algún modo José Luis Cuerda siempre empuja a sus personajes a
que persigan sus sueños, aunque se pueda intuir sin margen de
error el destino de cada uno. Poseen todo el arrojo que escasea
en la vida real, pero, y al contrario que en su anterior
película, en esta ocasión permite que esa valentía no choque
contra muros lisos y que se alce victoriosa sobre todos los
demás sentimientos. Aquí estriba la principal flaqueza del
director y guionista: todos son tan buenos y benévolos que
resulta imposible creer en ellos más que como protagonistas de
un cuento de hadas. Entonces se introduce el factor real, la
vocación de denuncia tan propia del realizador, y hay algo que
chirría, que revela el engaño verbal y visual en que nos ha
sumido por un breve período de tiempo.
A lo largo de
“La educación de las hadas” pueden oírse varios acentos
distintos. Frente al cóctel de tonos disonantes habitual, las
voces principales encarnan el espíritu de Cuerda: unir lo
distinto para conformar un único ser que ríe, llora y se
duele ante lo mismo. Como en “¡Hay motivo!”, la película mira al
entorno de nuestros días y denuncia, con una penosa falta de
originalidad, los malos tratos y el recelo hacia la inmigración.
El personaje de Bebe —cantante que en su trasvase a actriz ha
dado una zancada importante y de asombrosa calidad— es el
encargado de pronunciar los discursos más humanitarios y
desencantados, aquellos que colisionan con el optimismo a prueba
de fuego de Ricardo Darín y
Víctor Valdivia, un niño a partes
pizpireto y repelente, como todos los que desean crecer
demasiado rápido. Cuerda espera colarnos así, bajo la estela del
realismo mágico ya presente en “El bosque animado” o “Amanece,
que no es poco”, un canto solidario que no puede calar hondo en
una historia para antes de ir a la cama —y soñarla, y
olvidarla—. Nada de malo tienen las comedias dramáticas o los
dramas románticos con mensaje, siempre y cuando éste case bien
con la película y no se retuerza sin encontrar su sitio dentro
de un mapa de los lugares comunes del mundo puro y ejemplar,
aunque sea a escala doméstica.
En su honor se
puede destacar el acierto al unir la imagen con el lenguaje, una
sutileza que se trata con poco mimo y mucho ruido en nuestros
días. Como en ese estado de atardecer perpetuo en que se
mantienen los ánimos de los protagonistas, el ambiente de la
película se mueve en una gama de hojas caídas, montes norteños y
escenarios grisáceos, un lugar que no demostrará su color —y su
falsedad— hasta el momento del cierre. Porque la propia cámara
se muestra reacia a acercarse demasiado a sus retratos, por el
peligro de romper bonitas y tristes estampas con la revelación
de arrugas más reales.
A ver quién le
niega a José Luis Cuerda la capacidad de abstraer al personal
hacia límites sensoriales muy de agradecer en un mal día. Y a
ver quién no le recrimina que resucite emociones perdidas con un
material tan blando y en cierta medida ombliguista, pues el
director es como el juguetero que se sonríe ante las reacciones
de satisfacción que producen sus viejos cachivaches, seguro de
que a partir de ahora sólo podrá repetirlos, sin inventos, sin
ideas frescas, sin primaveras. En conjunto, “La educación de las
hadas” se presenta como ese regalo primorosamente envuelto y que
esconde un artilugio previsto en su interior. Se ha acertado,
pero sin sorpresas. Y la capacidad de sorprender está aún lejos
de las dotes para firmar imágenes, construir prototipos
universalizables e insuflar vida a las creencias infantiles
malogradas. Al menos estas tres últimas llevan un sello personal
inequívoco y satisfarán a los fans de las historias pasajeras y
agradables, ésas donde todo está hecho a la medida de la
imaginación. Y si después desean completar el espectro, comparen
la fiesta de cumpleaños de la película con la misma celebración
del final de “En la ciudad”, de Cesc Gay. Escoger una cara u
otra de la moneda depende ya de cada mirada espectadora.
Calificación:
    
Imágenes
de "La educación de las hadas" - Copyright ©
2006 Tornasol Films, Finales Felices, Messidor Films, Lazennec,
Pol-Ka Producciones y Madragoa Filmes.
Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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