CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
La sola mención
del remake despierta los gritos de terror ante una
enfermedad que se considera nueva y poderosa, cuando en realidad
llevamos mucho tiempo conviviendo con el bacilo, e incluso
disfrutando de él. No será esta autora una de sus partidarias,
pero sí cabe destacar la triste evidencia de que algunos
remakes, como “Las colinas tienen ojos” de 2006, resultan mucho
más frescos que propuestas pretendidamente originales dentro del
mismo género —por ejemplo, “Sé lo que hicisteis el último
verano”, “Un San Valentín de muerte” o “Rumores que matan”,
cintas que, además, perpetúan la sombra de Michael Myers y de su
hermano pequeño, el Ghostface de “Scream”—.
La revisión del
clásico de Wes Craven se salda con muchos gritos de terror, los
que proceden del resultado y no de las intenciones, pues estamos
ante una película repleta de asfixia, angustia y crueldad.
Sentimientos auténticos y no píldoras alucinógenas para el bote
fácil del adolescente, ése que ignora los comienzos de un género
que, sin necesidad de scary movies, se ha convertido en
una parodia de sí mismo. Alexandre Aja, nuevo talento francés
que firmó la estimable “Alta tensión”, sabe muy bien a quién se
dirige —o a quién quiere dirigirse— y de qué debe hablar. Para
ello arranca su historieta con los giros típicos de las nuevas
tendencias, combinación desconcertante de imágenes y
sustos-suspiros obvios, para pegar un volantazo hacia su terreno
árido e inmisericorde. La familia media y de corte pelma
pretende alcanzar su destino de vacaciones, la dorada
California, hasta que un reventón en el lugar equivocado
destroza sus planes y sus vidas... pero sin el juego de diez
negritos al que los asesinos sofisticados y psicóticos nos
tienen acostumbrados.
Aja, un galo en
tierra norteamericana, moderniza con sabia mala leche la
película de Craven y la utiliza para hablar de su propia
condición: la del extraño en una industria dominada por otros.
Los mineros mutados por la radiación nuclear rompen su molde de
monstruo de serie B para representar al sueño americano podrido
que se rebela contra sus instituciones básicas, entre ellas la
familia. Este Aerican way of life, tan perseguido y
odiado por las personas que no pueden alcanzarlo, se arrincona
con toda su falsedad en una caravana en pleno desierto, como las
escalofriantes colecciones de maniquíes sonrientes que los
mineros lucen en sus salas de estar. El terror de “Las colinas
tienen ojos” se apoya en las auténticas inquietudes de nuestro
tiempo y de nuestro pasado: el miedo a lo inadaptado, lo
desconocido, lo que ha dejado de someterse a nuestras reglas
racionales para jugar en un ámbito ajeno, y donde el paria se
muestra dispuesto a inmolarse por la vergüenza que le causa
compararse con los ‘normales’. El eterno ‘nosotros’ y ‘ellos’,
aunque Aja lo recubre de la salsa gore que le da
auténtica vida y repulsivo pánico: éste sigue siendo un género
no apto para todos los sistemas digestivos.
Cabe preguntarse
cómo unos pobres e ignorantes mineros han terminado convertidos
en unos caníbales de fuerza extraordinaria, pero el espectador
no literal verá en ello un ficticio pero contundente aviso hacia
la energía radioactiva y su uso en unas guerras donde los
hombres se comen igualmente unos a otros. Por supuesto que Aja,
en busca de su propio triunfo americano, se adapta a los
mandatos de un público tan exigente y permite a la familia
protagonista entrever de vez en cuando el cielo tras la opresiva
tormenta de polvo —una burlesca escena en la que el destrozado
héroe consigue coronar con una bandera de los Estados Unidos,
cual estampa de Iwo Jima, la cabeza de uno de los mutantes—.
¿USA vicit? Como toda cinta de terror que se precie, la
angustia debe perpetuarse más allá de la butaca y acompañarse de
su marca de la casa, un final abierto o sorpresa donde se revela
que la victoria es tan imaginaria como efímera —aunque se quede
un poco lejos de cierres implacables como el de “Carrie” o
jocosos como el de “La niebla”—. Acompañándose de un trasfondo
viscoso que obliga a pensar en “Las colinas tienen ojos” como un
panfleto rasgado y sangrante que borra cualquier mensaje
innecesario para resaltar, como debe ser, el tema y sus
procedimientos.
Habrá quien se
pregunte para qué es necesario tocar dichos palos de manera tan
escabrosa. Simplemente es una forma más, y este ejemplo resulta
bastante notable dentro de las mezquindades que suelen
estrenarse bajo títulos parecidos. Su ritmo frenético no deja
tiempo a una pizca de humor negro que tan bien le habría venido,
como en la deliciosa “Amanecer de los muertos”
—para paladares
abiertos—, y termina abusando un poco del grito y el lamento,
pero aun así consigue alejarse de la copia y mantenerse a la
altura del clásico que homenajea. La mano sigilosa de Wes Craven
sigue estando detrás de ello y tal vez admirándose de que entre
tantas astillas y virutas sigan apareciendo prometedoras
herramientas de trabajo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Las colinas tienen ojos" - Copyright ©
2006 Fox Searchlight Pictures y Craven/Maddalena Films.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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