CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
El silencio
como mal endémico
Podría
argumentarse que el mayor acierto de la última obra de
Alejandro González Iñárritu
empieza en el título mismo. Conciso, elocuente, rico en
referencias, gran elemento aglutinador de los temas y discursos
que despliega (o pretende desplegar) la cinta, ese “Babel” de
reminiscencias bíblicas se erige quizás en el mejor reclamo de
una película a la que, desde luego, atractivos no le faltan. O,
cuanto menos, el mejor reclamo para ese espectador en vías de
extinción al que ni le impresionan ya tanto las cosechas de
galardones, ni el socorrido star system, ni la
presupuesta genialidad de una determinada autoría. El mejor
reclamo, en fin, para aquellos que se sientan atraídos sobre
todo por un buen título, una buena idea y una buena historia,
elementos todos ellos alarmantemente escasos en el cine
contemporáneo.
Desgraciadamente, “Babel” promete todos
estos elementos y más: el gran título, la excelente idea, la
buena historia, los buenos intérpretes y la brillante autoría.
Y digo desgraciadamente porque, como se suele decir, quien
mucho aprieta poco abarca. Claro que los refranes están para
incumplirse pero, al menos en este caso, hay que admitir que
Iñárritu logra hacerles pleno honor. En todo caso, no seré yo
quien diga que “Babel” es una obra francamente fallida, ni aún
menos mediocre, pero sí un tanto decepcionante en lo que se
refiere a algunos de los platos fuertes que, a simple vista,
prometía, y que, de algún modo, se quedan en poco más que
meras promesas.
En una de las entrevistas dadas para
promocionar la cinta, Iñárritu afirmó que, mientras “Amores
perros” plasmaba una realidad mexicana y
"21 gramos" una realidad norteamericana, la
tercera parte de la presunta trilogía, “Babel”, pretendía
plasmar una realidad mundial, a través de «un suceso que ocurre
en un lugar del mundo y que tiene el efecto de un tsunami a
miles de kilómetros de distancia». Hay, pues, una cierta
voluntad de gran canto global en el último Iñárritu, o al menos
una cierta proyección de verdades universales a través de un
vehículo que parece querer erigirse un poco en obra magna, pieza
maestra de una cinematografía (la contemporánea) y de una
filmografía (la de Iñárritu). De hecho, la historia que se nos
narra no sólo recorre de forma episódica y desmembrada (esa que,
por reincidente, tanto parece molestar a algunos, pese a no ser
la peor piedra en el zapato de “Babel”) cuatro países y tres
continentes, sino también varias generaciones. En ese sentido,
se percibe un obvio afán de superación por parte de director y
guionista, al menos desde la óptica puramente narrativa, ya que
retoman las estructuras exploradas en sus trabajos conjuntos
previos y las llevan a un nuevo nivel, de mayor complejidad
formal y significaciones mucho más ricas.
Por eso duele tanto, especialmente para
quien se había creído las expectativas levantadas por la cinta,
que el fondo de la propuesta no esté tan acorde con la forma. O
dicho de otro modo: no sorprende que la cinta se alzara con el
premio al mejor director en el festival de Cannes y, en cambio,
no hiciera lo propio con el de mejor película, por ejemplo.
Porque, sí, “Babel” es una obra llena de imágenes poderosas e
interpretaciones convincentes, pero, al menos para quien esto
firma, en muy escasos momentos llega a ofrecer ese gran
momento de revelación, de lucidez sobrecogedora que cabría
esperar. En efecto, hay contrastes demasiado acusados entre
el efecto conseguido, por ejemplo, con el derrumbe emocional de
Brad Pitt al teléfono (sencillamente desolador) y el
de un niño aplastando contra una roca el detonante de todos los
males (casi bochornoso por lo obvio). Por otro lado, se echa en
falta una mejor aglutinación en el tono del filme, sobre todo
llegados al episodio japonés, que salvo por un débil (si bien, a
la postre, esencial) punto de conexión argumental con el resto
de las historias, pareciera formar parte de una cinta
completamente distinta.
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Aun con todo,
es posible que el elemento de mayor desconcierto resida en el
tema que trata la película: la incomunicación como mal endémico.
Incomunicación no sólo entre razas, culturas y generaciones,
sino también dentro de todas y cada una de ellas. Incomunicación
entre un hombre que no quiere discutir y su esposa, pero también
entre una hija que no deja de discutir y su padre.
Incomunicación entre personas que no hablan la misma lengua y
aun así acaban entendiéndose, pero también entre personas que sí
la hablan y no logran entenderse. La paradoja está, sin embargo,
en que la incomunicación que parecen querer denunciar
Iñárritu y Arriaga logra traspasar la pantalla y afectar al
espectador, que nunca llega a sentirse pleno partícipe de lo
reflejado allí, viendo cómo mientras algunos conflictos se
diseccionan en profundidad (el problema de Richard y Susan en
Marruecos, básicamente), hay otros por los que se pasa casi de
puntillas (el de la joven japonesa, dueña de una tristeza y
desesperación casi abstractas, exploradas de manera harto
superficial). Así, ciertamente podemos captar cuál es el
discurso de la obra, pero también echamos en falta el calado
emocional propiciado por otras cintas corales mucho más redondas
como
"American beauty" o
“Magnolia”, ambas no en vano también discursivas de la
incomunicación como pandemia actual. Y es que es una auténtica
lástima que, a pesar de contar con momentos de excelente cine,
pero sobre todo dadas sus ambiciones (no haré comentarios
maliciosos sobre esa voluntad de contar con actores inexpertos
–algo tan de moda en el cine de autor– o con un segmento
centrado en Japón –qué “cool” queda lo oriental en los
festivales–), “Babel” se convierta en un blanco tan fácil para
las críticas. Pero, quién sabe, quizás al final la culpa sea del
título...
Calificación:
    
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de "Babel" - Copyright © 2006 Anonymous
Content, Zeta Film y Central Films. Distribuida en España por
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