CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Parece mentira que, después
de la renovación que supuso
"Moulin
Rouge"
(2001) –otra cosa es si lo hizo bien o mal–, el musical
hollywoodiense esté viviendo una nueva etapa... camino del
conservadurismo. Más cobriza que dorada, la segunda edad de las
películas con canciones cuaja muy bien entre una crítica
añorante mientras tras las luces y los aplausos no persiste
nada. Bill Condon
hizo un buen trabajo con el guión de la sobrevalorada, pero
divertida y ácida, "Chicago" (2002),
si bien debería aprender que tomar espectáculos de Broadway y
reunir a unas cuantas estrellas no es sinónimo de Bob Fosse.
“Dreamgirls” viene a confirmar todo esto y que los premios
cinematográficos de este año andan muy escasos de objetivos.
De
entrada, uno no sabe muy bien si ésta es la historia de las
Dreamettes, las Dreams, de Beyoncé Knowles, de sus partenaires
o de sus respectivos ligues. La cinta arranca imitando el
ritmo del debut de Rob Marshall, mezclando el atractivo del
escenario con los chanchullos de las bambalinas y los
callejones adyacentes al garito musical. Enseguida se nos
presenta al trío de aspirantes –la ambiciosa, la ingenua, la
discreta– y a su futuro manager –un
Jamie Foxx
soso a más no poder–. A partir de ahí comienza el ascenso del
grupo, las escisiones y las historias paralelas que, en su
dispersión, no contribuyen a aclarar el porqué de tanto drama.
Todas ellas pretenden hablar del afán por la gloria que
concluye en un tremendo porretazo, pues los personajes ven y
rozan las estrellas, pero como resultado del choque contra sus
desmedidos egos. Y aquí entra en escena un grave problema de
identificación: la premiada
Jennifer Hudson
–¿por qué como secundaria?–, que vive con pasión su papel,
encarna a una mujer empecinada en editar un disco en solitario
y que ni tras el aprendizaje de los años se desprende de su
deseo comercial. Para más inri, de la noche a la mañana todos
los problemas morales y personales se resuelven gracias a la
magia de una música que no pierde ni un segundo su aureola de
superproducción.
El
origen de todo este caos de propósitos falsos no se halla en su
reparto, pues ni el mencionado Foxx, ni Beyoncé, ni
Eddie Murphy
–en su salsa de gesticulación melódica, recuerden su asno del
cierre de ambos "Shrek"–
aprovechan este fastuoso vehículo como transporte para lucirse a
sí mismos. La desestructuración argumental y el
fallido intento por unir el musical clásico con las tendencias
modernas que buscan vender bandas sonoras son los vértices
responsables de que todo gire sin sentido.
Con un hilo musical continuo, que otorga nervio al filme pero
resta impacto a las actuaciones, los números musicales empiezan
a integrarse en la trama demasiado tarde, un pacto de
verosimilitud que hay que firmar con el espectador antes del
primer y obvio giro dramático. La mayor parte de ellos, además,
luce un aire empalagoso que podría haber sido menor –pero igual
de aburrido– sin canciones de por medio, rodadas en perezosos
intercambios de primeros planos y vistas generales. Este
obstáculo no quita para que alguno destaque: la rabieta de
Hudson contra todos cuando es despedida del grupo, en una
confrontación de letras contra letras, ritmo R&B y auténticos
estallidos de emociones que desembocan en un premonitorio
cántico en solitario. Sólo en este número reluce de nuevo el
talento de "Chicago",
aunque la búsqueda de una atmósfera moderna y seria le deba
mucho a “West Side story” (1961), musical que no necesitaba
recurrir a facilonas estampas de disturbios callejeros y Martin
Luther King para abordar el clima social –por otra parte,
completamente accesorio en esta historia que se centra al cien
por cien en los focos y no en el contexto–.
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Por ese mismo lado,
la adaptación a la estética de los sesenta es tan
abigarrada que deviene en un aire de ortopédica reconstrucción y
defecto futuro. El
vestuario y las actuaciones horteras y aparatosas, junto a esos
toques visuales como algún zoom innecesario o la división
de la pantalla en los créditos finales, dotan a la película de
un estilo que ahora vuelve a estar muy de moda, pero que
caducará más veloz que un gorgorito de las coristas, sin el peso
creativo que ha salvado a cintas como “All that jazz” (1979) del
enrarecimiento. Tanto lamé y purpurina colman las retinas en
sustitución de una trama lenta, ahuecada y resabida: nada bueno
puede deparar el éxito desmesurado, menos en una industria como
la discográfica, aunque tras un moralizante sacrificio pueda
existir redención para todos. A recordarnos que las estrellas
también lloran. Y que lo hacen engalanadas entre las caricias de
un público ajeno a esas desdichas y que nunca debe conocerlas.
Show must go on.
Hay un momento, durante el
número que da título al filme, en que la cámara gira alrededor
de Beyoncé, cubierta por un escenario que simula una noche
estrellada. “Dreamgirls” se resume en ese corto travelling:
un musical encerrado en sí mismo, en su propio universo de
falsos brillos y que pretende tocar el cielo haciendo trampa y
colocando uno de cartón-piedra. Por supuesto, no todo lo que ha
caído en ese interior es culpable ni desperdiciable, como están
demostrando los premios a los actores secundarios. Pero las
estatuillas acumulan polvo si no se les pasa el trapo
continuamente, y será muy difícil no ver las grietas de Bill
Condon en cuanto se caiga del pedestal al que quiere subirse. Se
merece un repaso a su estimable “Dioses y monstruos” (1998); o
quizá el célebre Steve Urkel, cameo sorpresa y simbólico de la
película, ya le haya hablado de lo que es tropezar desde lo
alto.
Calificación:
    
Imágenes
de "Dreamgirls" - Copyright © 2006
Dreamworks y Paramount Pictures. Distribuida en España por Universal
Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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