CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
Demasiados
colores combinados
No deja de
tener su intríngulis que uno de los “chistes” más a destacar en
“El Diablo viste de Prada”, la adaptación al cine de la popular
novela de Lauren Weisberger, tenga una naturaleza curiosamente
confusa y, en cualquier caso, decididamente ambigua. Me refiero,
por supuesto, al momento en que la protagonista, esa Andy Sachs
a quien da escueta carne Anne Hathaway,
es tildada de “gorda” por su jefa. Y es que, al menos a ojos de
quien esto firma, la guionista Aline
Brosh se anota con ello uno de los mejores tantos, al
hacer un apunte mordacísimo, absolutamente venenoso, en torno a
los gustos estéticos cada vez más extremos que nuestra sociedad
se (¿auto?)impone. Ahora bien, ¿había intencionalidad en tal
chiste o, por el contrario, no se trata más que de un
desafortunado comentario cuya falta de credibilidad muchos han
criticado? O dicho de otro modo: ¿era o no era un chiste
voluntario? Puestos a conjeturar, y sobre todo teniendo en mente
las pasadas críticas a la pasarela Cibeles por su supuesta
permisivilidad con la talla 34, quisiera decantarme antes más
bien por la primera posibilidad.
No obstante,
lo cierto es que el poco esclarecido objetivo de los insultos
contra la “gorda” Aline nos viene al pelo para indagar en la
resbaladiza naturaleza de la propia película. Efectivamente,
quien espere encontrar en “El Diablo viste de Prada” una sátira
desternillante contra el mundo de la moda, a buen seguro saldrá
decepcionado del cine. Y, sin embargo, la base argumental de
la cinta no parecía prometer otra cosa: Andy Sasch es una joven
graduada que empieza a trabajar como ayudante de Miranda
Priestly (Meryl Streep),
veterana editora de la revista de moda más leída en Nueva York y
una auténtica arpía a la que todo el mundo teme tanto como
necesita. De hecho, las primeras apariciones de Miranda a ese
respecto parecen apuntar maneras de forma bastante obvia,
gracias sobre todo al montaje frenético y a un uso bastante
adecuado del score. Y, sin embargo, todas las expectativas se
diluyen pronto bajo una sensación que empieza revelándose como
de agradable sobriedad y que, inesperadamente, se vuelve pura
convención. Sólo por momentos, básicamente gracias a la acción
de Miranda y sus exigencias (imposibles algunas, desquiciadas la
mayoría), se revive la gran sátira que podría haber sido esta
historia. Desafortunadamente, no parece que fuera éste el
objetivo de David Frankel...
aunque, dicho sea de paso, tampoco queda muy claro que fuera
ningún otro. Porque el auténtico problema de este producto no es
sólo que se obstine en tocar demasiados palos, sino que los
palos que toca se excluyen ocasionalmente y, en última
instancia, ni siquiera acaba por posicionarse en ninguno de
ellos. Como si quisiera complacer a tantos sectores del público
como le fuera posible.
Así, los
destellos de alta comedia (prácticamente todas las apariciones
de Miranda) van de la mano de la comedia más pueril y comercial
(la sonrojante, aunque no por ello menos inevitable, secuencia
del espectacular cambio de look de Andy) y éstas, por ende,
desembocan en el drama más descarnado (me remito al encuentro
nocturno de Andy y Miranda en la habitación del hotel) y, a su
vez, en el melodrama más manido y rutinario (véanse los
conflictos amorosos de Andy). Y es que, naturalmente, queda
fuera de toda duda la voluntad comercial de la propuesta, desde
el predecible mensaje final que uno ya viene esperando desde el
principio hasta la sobresaturación de temas pop a que nos
somete... y que, sin duda alguna, deja más que garantizadas las
ventas de la banda sonora.
Claro que,
por otro lado, sería injusto no reconocerle sus méritos, sus a
veces espectaculares desvíos de la norma más o menos
estandarizada a la que, al fin y al cabo, pertenece. Ahí
tenemos, por ejemplo, algunos monólogos realmente inesperados y,
aún más inesperado, que prácticamente rozan la brillantez, la
autenticidad. Mención especial merece el que corre a cargo de,
cómo no, Miranda y su lúcida disertación en torno al color
“cerúleo”, en lo que supone un golpe bajísimo dirigido por igual
a la propia Andy y a ese espectador que se cree mejor que ella
porque él pasa de la frivolidad de la moda. Si bien, al César lo
que es del César, hay que admitir que gran parte de la eficacia
de dicho discurso recae en el espléndido hacer de Meryl Streep,
pues, qué duda cabe, es ella y nadie más la auténtica estrella
de la función. Ni Stanley Tucci
(siempre eficaz, eso sí) ni la verdadera protagonista de la
historia (una inexorablemente sosa Anne Hathaway) consiguen
hacerle sombra en ningún momento. Y es que, posiblemente
defraudando los pronósticos de sus más acérrimos detractores, la
Streep declina la baza de la bufonada, del exceso paródico
que tan buenos resultados le dio en “La muerte os sienta tan
bien”, a favor de una composición de lo más comedida y sobria,
haciendo de su Miranda no sólo un personaje antológico sino,
paradójicamente, humano.
En resumidas
cuentas, si hay un título en la cartelera actual que
verdaderamente hace honor a aquello de que “no hay nada nuevo
bajo el sol”, es sin duda éste. Una pizca de “Fausto”, un poco
de Cenicienta, un mucho de “Pretty woman” pasada por la turmix
de lo políticamente (aún más) correcto, unas buenas gotas de
intuido sentido documental y, al final de la mezcla, el
producto perfecto para consumo masivo. Entretenido, pero sin
llegar a ser abiertamente divertido. Irónico, pero sin llegar a
ser mordaz. Lo cual es una verdadera lástima, la verdad. Y
es una lástima no porque el resultado sea terrible, que desde
luego no lo es, sino porque podría haber sido brillante... que,
desde luego, tampoco. ¿Cosas de la moda? Esperemos que no.
Calificación:
    
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2006 Fox 2000 Pictures. Distribuida en España por Hispano
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