CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
La novela de Patrick Süskind
“El perfume” se convirtió en pocos años en uno de los libros más
populares entre lectores que, sin salirse de la comercialidad,
podían acceder a un tipo de contenido reflexivo y perturbador.
Reconozco que a mí no me pareció muy bien escrito y que no
conseguía aprovechar el tema del olfato a través de repetitivas
enumeraciones y descripciones. Esta historia de un personaje
excepcional presentaba un material de primera mano para un medio
tan sensitivo como el cine, y Tom
Tykwer ha conseguido que, siendo fiel al espíritu de
la novela, nazca una experiencia completamente distinta.
Jean-Baptiste Grenouille no es un héroe al uso ni tampoco
un antihéroe. La mayor dificultad de la trama consistía en que
el espectador se acercase a un protagonista que no posee nada ni
es capaz de despertar ninguna clase de sentimiento. El único
gancho es su olfato fuera de lo común, un don que proporciona al
filme una atmósfera encantada y hechizante. Por supuesto, es
toda una contradicción que una historia centrada en el mundo de
los olores pueda recrearse en las páginas de un libro o en los
fotogramas de una película. “El perfume: Historia de un asesino”
alcanza ese propósito con su única baza: las imágenes.
Mediante los colores que despuntan en un ambiente gris y el
montaje concatenado a modo de fogonazos odoríferos, la nariz del
espectador comienza a abrirse hasta el punto de poder distinguir
aromas inexistentes. Gracias a la sugestión más que a la
demostración, la cinta de Tykwer se convierte en una galería de
frascos abiertos que esconden cosas horribles y bellas, una
verdadera feria humana. Desde el mismo arranque, directo y
descarnado, vuelan las hojas de un guión sintético, capaz de
añadir nuevas escenas de suspense no escritas en el libro y de
eliminar lo que sobraba por inercia –como un episodio final que
rompía el crescendo dramático antes del clímax en la plaza de
Grasse–.
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Aunque sus películas
anteriores se engarzaban dentro de un cine más independiente y
revolucionario, como las estimulantes “Corre, Lola, corre”
(1998) o "La princesa y el guerrero"
(2000), el director sabe emplear los más sofisticados recursos
de una producción hollywoodiense con el espíritu negro y crítico
de Europa. Erige así, con los méritos visionarios, que no
literarios, de Süskind, y sus propios logros visuales, una
fábula cruel y pesimista, de moralina tan obvia como
insatisfactoria para quien busque respuestas y lógica –se
repiten los imposibles de la obra–. No las da “El perfume:
Historia de un asesino”; otorga ideas, lanza interrogantes,
mezcla conceptos como el amor y la repulsión para conducir a una
anarquía que se agradece en estos tiempos de líneas rectas y
finales concretos. Una película absorbente e hipnótica, en la
trayectoria de las mejores historias de terror, aquéllas en las
que conviven hermosura e inmundicia, un espíritu que se ha
sabido captar tanto en el desarrollo argumental como en la
sucesión de planos repletos de fondo. La atracción y el
pecado del color rojo, la iluminación reveladora de una nariz
que emerge de la oscuridad para desvelar sus secretos al mundo,
los fundidos que gritan por los personajes. Bien es cierto que,
en su amplia gama de efectos, la estética –con toques de Burton
y Pitof– a veces se resiente de ciertos tópicos o complacencias:
el travelling circular en torno a
Dustin Hoffman cuando huele el primer perfume de
Jean-Baptiste, o los primerísimos planos de las gotas que caen
en los recipientes o el suelo. Aparte de tales defectos, a los
que se suma una narración en off prescindible, la cámara actúa
como una máquina de ver, oler, oír y captar texturas, y danza
con un antojo libre –si bien podría haberlo sido más– en este
ambiente putrefacto.
Aunque la forma, las
sugerencias y los trucajes visuales –el escalofriante bebé
Grenouille, la carrera de Laura (Rachel
Hurd-Wood) a caballo– acaparan una rápida atención,
todo ese escenario sirve de soporte para una acción dirigida por
la apacible e inquietante interpretación de
Ben Whishaw en el papel del
asesino. Pero se trata de un asesino por accidente, como otros
muchos, un individuo solitario que sólo puede conseguir lo que
quiere matando a jóvenes virginales. Y, también como otros
tantos, aprenderá demasiado tarde la falta de sentido en sus
actos o, con más dolorosa revelación, lo efímero de ese sentido
en un mundo cambiante, que se avergüenza de sus progresos y sus
impulsos. La inadaptación de Jean-Baptiste no es peor que el
acomodaticio papel social que los demás personajes –y buenos
actores– representan: las apariencias de su maestro perfumista,
Baldini (Hoffman), quien, como un pianista ante su instrumento,
no es capaz de arrancar nuevas melodías de su mesa de frascos.
La dependiente y obsesiva relación entre monsieur Richis (Alan
Rickman) y su hija, de una dulce belleza llamada a la
codicia del que quiere conservar lo transitorio. Y esa masa
popular que actúa como un solo antagonista igual de irracional y
pasional que el asesino al que desea torturar en el cadalso.
Tantas risas como rechazos puede provocar un desenlace
protagonizado por ese pueblo efervescente –bajo la experta
batuta de La Fura dels Baus–, pero ahí se materializará la
verdadera intención del filme: demostrar la inestabilidad de lo
que acostumbra a regirse por unas normas, despertar sentimientos
encontrados y excluyentes entre sí, pues la poesía también puede
nacer de las cosas más feas.
“El perfume: Historia de un
asesino” de Tykwer satisfará a los fans de la novela, podrá
abrir nuevas perspectivas en quienes no disfrutamos de ella y
cubrirá las exigencias de los que buscan la típica historia del
criminal-coleccionista. Pero, por encima de todo, rompe las
habituales políticas y discusiones sobre la adaptación
literaria, dejando claro que libro y película son dos
experiencias radicalmente distintas. Jugando con nuestra
disposición anímica y sensorial, por ende de un espectáculo
dantesco se obtiene esencia de belleza y horror, es decir,
fragancia de fantasía y vida.
Calificación:
    
Imágenes
de "El perfume: Historia de un asesino" - Copyright ©
2006 Constantin Films, VIP Medienfonds 4, NEF Productions y Castelao Productions. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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