Es allí, en torno a la plaza del mismo nombre y de unas
inclinadas calles donde se abigarran comercios y restaurantes de
las más variadas nacionalidades, donde sitúa a dos hermanos muy
distintos, Caín, cargado de buenos sentimientos, y Abel, su
contrario, díscolo y seductor, que ha dejado embarazada a su
vecina Aisha, miembro de una familia de Bangladesh, por la que
Caín también está secretamente interesado. A partir de este
sencillo punto de partida, Colomo construye un guión que
despliega los resortes precisos para hacer funcionar un enredo
con hechuras de triángulo amoroso, que transcurre de forma
previsible, sin demasiados sobresaltos, incorporando momentos
improbables y divertidos, y que como telón de fondo plasma
un variopinto fresco de razas y culturas.
De entrada, sorprende la aparente falta de pretensiones
del film, teniendo en cuenta la ambición de sus últimos
trabajos, y el aire intrascendente que rodea al conjunto. Sin
duda, la comedia puede ser a veces el mejor vehículo para
abordar una realidad cargada de aristas, y esta vez el autor
opta por un tono amable, roto solamente por algunas breves y
siniestras pinceladas que apuntan sombrías grietas en la
superficie colorista que retrata, e incluso sortea con astucia y
dosis justas de humor cuestiones de entrada tan espinosas como
las restricciones y extremismos de las religiones, evitando
herir susceptibilidades, propias y ajenas.
Uno de los aspectos más conseguidos de la cinta es la
frescura de unas imágenes que captan la vida y el color de este
barrio. El rodaje de exteriores transcurrió directamente sin
figurantes, son los propios vecinos los que pasean por la
pantalla, y cámara en mano, alejado de interiores de estudio
para aprovechar pisos y localizaciones, transmitiendo la
idiosincrasia de la zona. El buen hacer del director para el
género imprime un ritmo ágil, que evita tiempos muertos y
enlaza con soltura y desparpajo las secuencias, aunque no puede
evitar que en el último tramo la materia prima de lo narrado
muestre signos más que evidentes de agotamiento, y todo se
resuelva de forma bastante precipitada.
Otra baza importante es la apuesta por un reparto de
rostros no demasiado conocidos pero curtidos de largo en teatro
y televisión, con excelentes resultados.
Javier Cifrián aborda con
gracia un papel que aguanta casi todo el peso de la historia, al
igual que Nur Al Levi,
segunda gran revelación. A esto hay que añadir el elenco más que
verosímil, alguno de ellos intérpretes anglosajones, que
componen la gran familia de Bangladesh. Y por cierto, Nur Al
Levi se encarga, además, de cantar varios temas de la briosa y
ajustada banda sonora.
A lo largo del metraje se percibe cómo la integración de
Caín en la familia de Aisha y su iniciación en el Islam, el
choque y adaptación de costumbres, es la parte donde Colomo se
siente más a gusto y logra sus mejores momentos. Este hábil
cineasta, que no en vano lleva más de 25 años dirigiendo y
ejerciendo una intensa labor como productor, intenta trasladar a
nuestro cine peculiares situaciones que hasta ahora habíamos
visto plasmadas a menudo en películas británicas, como la
estupenda “Oriente es oriente” de Damien O´Donnell, huyendo de
cualquier discurso, a través de un diálogo que plantea con
naturalidad realidades asumidas.
Sin su prestigio, esta agradable comedia romántica con
tintes sociales, obra menor dentro de una dilatada trayectoria,
posible trabajo alimenticio entre proyectos de mayor entidad,
habría pasado mucho más desapercibida. Aun así, puede ser una
buena forma de disfrutar, en estos últimos rigores estivales, de
la parte más luminosa de los muchos Lavapiés que se extienden
por las ciudades.