Todavía no me puedo explicar cómo es posible que Jim
Davis, el creador de Garfield, haya aceptado que este popular y
orondo gato se pasee por las pantallas de cine de la forma en la
que lo está haciendo. Si la primera entrega de las andanzas de
este felino ya dejó a buena parte de sus seguidores
decepcionados, su continuación les provocará tal perplejidad que
tardarán unos cuantos minutos en reaccionar una vez los títulos
de crédito finales les anuncien que la película se ha terminado.
Porque, ¿cómo es posible que, en vez de corregir los abundantes
errores de su predecesora, esta secuela se dedique a tomarlos
como referencia y a profundizar aún más en ellos?
Sin embargo, no debería de extrañarme, puesto que cuando
vi el tráiler de "Garfield 2" enseguida me percaté de que estaba
presenciando el anticipo de una nadería, de uno de esos
largometrajes del montón que los grandes estudios se dedican a
producir para luego rentabilizar su inversión gracias al DVD.
Y es que en esta ocasión los fans de las tiras cómicas de Davis
no han picado el anzuelo, de tal modo que han optado por
quedarse en casita y no gastar su dinero en un producto que de
antemano sabían que no sería de su agrado. No es de extrañar
que, frente a los setenta y cinco millones de dólares que
recaudó "Garfield: La película"
en los Estados Unidos (casi doscientos en todo el mundo), su
secuela ni siquiera haya alcanzado los treinta.
La idea del filme se inspira ligeramente en "El príncipe
y el mendigo", la deliciosa novela de Mark Twain, presentándonos
al protagonista de la historia viajando a Londres con su amo y
ocupando el puesto de otro gato que, en fin, tiene la suerte de
heredar la fortuna de una ricachona que sentía un gran aprecio
por el animalillo. Ambos mininos son idénticos, de ahí la
confusión que utilizan los guionistas, de nuevo los nefastos
Joel Cohen y
Alec Sokolow, para confeccionar las supuestas
gracietas del relato. Por supuesto, no podía faltar el villano
de turno, en esta ocasión el sobrino de la fallecida, un
individuo que hará todo lo posible para quedarse con un
patrimonio que considera que le pertenece.
Aunque técnicamente nos hallamos ante un largometraje
decente, siendo el uso de los efectos especiales acertado y
reconociendo las dificultades inherentes a cualquier rodaje en
el que se ha de trabajar con animales, es imposible obviar los
vacíos de una producción de estas características. Así, la
película sólo saciará a los más pequeños de la casa, quienes sin
duda se lo pasarán en grande observando las travesuras del gato
y de sus amigos, los trompazos que reciben unos cuantos humanos
y las flatulencias que irremediablemente se cuelan en la cinta
para provocar la risa fácil de un público predispuesto a ella.
Ahora bien, los que ya estén cansados de este tipo de
producciones... tengan por seguro que se les hará larga, tediosa
y prescindible.
Por supuesto, en el reparto nos volvemos a encontrar a
Breckin Meyer y a Jennifer
Love Hewitt, siendo su presencia anecdótica y pasando
desapercibidos para el espectador.
Billy Connolly es el único que le puede hacer sombra
a la versión digitalizada de Garfield, cumpliendo con decoro su
tarea, esto es, prestarse a aparecer en todas aquellas escenas
que requieren el talento de un actor que posea unas cuantas
dotes para la comicidad física. Así que, lo dicho, nos hallamos
ante una propuesta que probablemente encandilará a niños de
escasa edad pero que provocará la apatía del público adulto.