CRÍTICA
por
Leandro Marques
Una hamaca que
viaja al infinito
La realidad
de los datos informa que en América del Sur la industria
cinematográfica sólo pudo desarrollarse –no idealmente, por
cierto– en las principales potencias del continente, Argentina y
Brasil, quienes a pesar de las dificultades económicas y de
recursos para llevar a la pantalla grande producciones propias,
cuentan con una historia y un presente de grandes hombres y
muchas películas. Por citar dos ejemplos, Glauber Rocha en
Brasil y Leonardo Favio en Argentina son hombres que hicieron
del lenguaje cinematográfico una voz cultural imprescindible (es
más que necesaria la aclaración de lo injusto e irresponsable de
los ejemplos, porque en Argentina, al menos, habría que
mencionar a generaciones enteras de nombres y grandes estrellas
que fueron partícipes de una historia cargada de matices y
desbordante de cine).
Teniendo en
cuenta esta introducción, se hace imperativo recalcar el valor
de “La hamaca paraguaya”, producción con origen principal en
Paraguay. Las películas son de alguna manera relatos que
presentan los modos de ser y de vivir de las diversas culturas
del mundo, y, desde este punto de vista, podría decirse que de
este país americano se sabe muy poco. El presente largometraje,
premiado en Cannes (premio de Fipresci) y en Bélgica (premio
Edad de Oro en el Festival de Cine Europeo de Bruselas), cuenta
además con la particularidad de que ofrece la mirada de una
mujer, su directora, Paz Encina.
Si Paraguay no se destaca justamente como país productor de
cine, muchísimo menos frecuente todavía es que uno de sus filmes
sea producto del trabajo e ideas de una mujer.
«No somos
como el resto de los latinoamericanos, no somos como los
argentinos o como los mexicanos. Somos un pueblo silencioso,
callado». Estas palabras que alguna vez Encina enunció ante la
agencia AP son toda una carta de presentación. En efecto, “La
hamaca paraguaya” irradia de principio a fin una luminosa
serenidad y simpleza. Predominan los colores y texturas tenues.
Los planos son pocos, bien extendidos en el tiempo, siempre
fijos y casi siempre alejados de la imagen que capturan, como
para garantizar la idea de una mirada con perspectiva,
potenciando la riqueza visual del film. La historia propone la
idea de una invisibilidad inalcanzable, inmaterial. Dos
personajes que a veces charlan entre sí, o que simplemente están
callados, uno al lado del otro. Bosque como contexto. Calma
general.
Los
protagonistas suelen estar sentados sobre una hamaca paraguaya,
una lona sólida y ancha sostenida entre dos árboles –ideal para
descansar y gozar del placer del cuerpo en postura horizontal–,
que se transforma para el film en el objeto concreto que conduce
eternamente a ningún lugar. De fondo, brotan los sonidos de una
perra quejosa y de la naturaleza en general. Cada elemento del
lenguaje, fotografía, efectos sonoros, puesta en escena y
organización del relato, se conjugan entre sí para construir una
atmósfera calma y a la vez envolvente e interpelante. Ante cada
secuencia, que es larga y paciente, el espectador puede verse
seducido e inducido tenuemente a la reflexión: casi sin querer,
sin proponérselo, probablemente se encuentre atravesado por las
más diversas reflexiones. “La hamaca paraguaya” permite viajar
desde la quietud. La cinta se plantea en otros tiempos, trata de
trascender la idea de información y de vértigo para dejarse
atrapar por la suave caricia de la contemplación.
Los
personajes, marido y mujer, campesinos, son casi ancianos. Ellos
esperan a su hijo, que una vez se fue como soldado a la Guerra
del Chaco –enfrentamiento entre Paraguay y Bolivia, en el año
1935, por la disputa de unas tierras–, y todavía no ha
regresado. El film, entonces, aborda y hace presente su ausencia
a través de recuerdos hablados, de pequeñas conversaciones entre
los protagonistas, de ellos entre sí o de cada uno consigo mismo
pensando en voz alta. Muchas veces surge en la superficie visual
el sentimiento de resignación, pero casi siempre ella está
presente al menos implícitamente, escondida detrás del optimismo
o pesimismo que marido o mujer eligen adoptar como discurso.
Como postura. Como filosofía. O como la manera que tienen a mano
para enfrentar lo que les queda de vida.
La
directora elige un registro seco y a la vez cargado de
sensibilidad para retratar el dolor e invocar con sutileza el
absurdo de la guerra. De todas maneras, la película es más que
nada una ventana hacia la concepción de un tiempo infinito. De
una espera sin fin. Lo bueno de “La hamaca paraguaya” es que
es un film chiquito, bello de mirar, no pretencioso, cálido casi
siempre. Tal vez necesite apelar demasiado a la palabra para
comunicar, en lugar de vaciarse para dejarse completar a través
de los silencios o de imágenes que hablen por sí mismas. En
definitiva, Encina, con mucho talento y personalidad, decidió
construir una obra que describa su mirada sobre algún punto de
Paraguay y de los paraguayos. Pero no por eso se olvidó de
proponer un punto de vista acerca de los padecimientos del
hombre en general. En todo este proceso creativo e ideológico,
además, reflejó con firmeza sus elecciones vinculadas a las
formas que el cine puede proponer como lenguaje. Casi demasiado
para un ópera prima.
Calificación:
    
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