CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Una misión por descubrir
Quien haya
seguido su trayectoria y se haya sentido involucrado
emocionalmente con las películas de
Shyamalan, volverá aquí a encontrarse con ese mismo
universo y estilo, en un intento por conciliar el cine comercial
con ese otro que busca despertar en el espectador reflexiones en
torno a las realidades espirituales. El miedo paralizador de
"El bosque" o la
presencia de otros mundos de "Señales"
vuelven a citarse en esta entrega, que de nuevo se construye
sobre el armazón del misterio y el suspense, y que no esconde en
ningún momento una evidente intención didáctica.
El director
indio ha comentado cómo el origen de la historia arranca de un
cuento que inventó para sus hijos. Por eso, llama la atención el
tono más próximo a la pesadilla que a la fantasía infantil y
amable, porque sus personajes viven una auténtica tragedia y los
animalitos que por la pantalla desfilan no son precisamente
dóciles y mansos. Sin embargo, es cierto que la inocencia es la
única puerta para entrar en una película en que una ninfa
marina, Story, aparece en la piscina de un hotel buscando el
contacto con los humanos, para acabar necesitando de su ayuda en
el retorno a su “Mundo Azul”. Shyamalan nos pide que durante
casi dos horas nos hagamos un poco niños, que demos rienda
suelta a nuestra imaginación y creamos en la existencia de seres
espirituales que vienen a recordarnos que cada uno tiene una
misión que debe descubrir, que todos somos importantes en el
intento por mejorar el mundo, y que cada vida aparentemente
trivial esconde una dimensión de solidaridad y eternidad que no
hay que desatender. Frente al escepticismo que respiran muchas
cintas comprometidas con el orden social imperante, el director
de "El sexto sentido"
prefiere fijarse en el poder revitalizador del amor siguiendo
caminos que recuerdan a Capra, con su vitalismo humano y social,
su búsqueda del sentido de la vida o su didactismo
bienintencionado. Son cuentistas que miran el lado positivo de
sus personajes y que encuentran en su humanidad la fuente para
seguir creyendo que la bondad existe.
Y como en
todo cuento alegórico cargado de mensaje, el relato está plagado
de símbolos del mal y del bien, con monstruos repugnantes y
águilas majestuosas, de buenas y acomplejadas personas que
sufren culpas traumáticas que es preciso superar, o de
individuos muy seguros de sí mismos que caminan por la vida con
arrogancia y desfachatez. La galería de personajes que se
alojan en el hotel es presentada de manera exagerada y sin
matices, pero con ellos el director sólo quiere mostrar el valor
de la diversidad y de lo aparentemente insustancial y cotidiano.
El marcado contraste y esquematismo en que se mueven esos seres
un tanto patéticos y “freaks” tiene cabida bajo la fórmula del
cuento y la caricatura, aunque por otra parte hacen que el tono
dramático y misterioso de la cinta se resienta cuando quiere
derivar hacia lo cómico y esperpéntico. Por eso mismo, Shyamalan
fracasa en su intento de dar trascendencia a las vidas
corrientes de un joven obsesionado por desarrollar únicamente
algunos músculos de su cuerpo, o a cinco hermanas sin
personalidad ni voluntad propia, o al quehacer de un padre que
se pasa el día resolviendo crucigramas, por ejemplo. Con ellos
crea estampas que difícilmente congenian con las que viven la
enigmática Story o el atribulado Cleveland. En el primer caso,
Bryce Dallas Howard –un
acierto de casting y maquillaje– vuelve a dar a la cámara los
mejores planos como ya hiciera en “El bosque” o en "Manderlay" (Lars
von Trier), con un rostro que transmite inquietud y congoja,
frialdad y calidez, y toda la ambigüedad de quien busca salvar y
ser salvada; viene a ser un “ángel de segunda clase” de “¡Qué
bello es vivir!” que socorría a George Bailey, a la vez que James
Stewart dejaría aquí paso a un Paul
Giamatti que deja al gris Cleveland en su encrucijada
vital. Ciertamente, el papel del protagonista de "Entre
copas [Sideways]" es complicado por moverse entre el drama
de Story y el esperpento de los inquilinos del hotel, y se nota
que por momentos le cuesta dejar unos sentimientos para asumir
otros, además de que la cámara no le presta tiempo para mostrar
plenamente los entresijos de su alma encogida por el dolor.
Quizá la
ambientación sea el mayor logro de la cinta, como ya sucediera
en las anteriores realizaciones del director. Música y
fotografía consiguen generar el clima de intriga e inquietud,
con una cámara cuidadosamente colocada y unos planos que dejan
ver lo estrictamente necesario para alcanzar el suspense, aparte
de un correcto uso del fuera de campo y de la contención para no
abusar de golpes de efecto y sobresaltos fáciles. Como exige el
género, el guión dosifica la información sobre Story a través
del cuento oriental servido por entregas, pero la trama se
vuelve confusa y necesita demasiadas explicaciones en su intento
de crear un mundo de fantasía, a la vez que exige al espectador
un esfuerzo añadido para no perderse nada que pueda convertirse
en fundamental. Con todo, los diálogos dificultan la fluidez
narrativa, mientras que la fuerza dramática queda a expensas del
poder visual de las imágenes, ciertamente apabullante.
Aun con la
crítica americana en contra –no sale muy agraciado el crítico de
cine y literatura de la historia–, Shyamalan no defraudará a
sus seguidores, pues la película entretiene y captura la
atención del espectador para hablar de miedos y anhelos
interiores, y eso aunque no alcance el nivel de “El sexto
sentido” y adolezca de los giros y sorpresas a que nos tenía
acostumbrados.
Calificación:
    
Imágenes
de "La joven del agua" - Copyright © 2006
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Pictures. Distribuida en
España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
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