CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Sería una
desfachatez que un crítico de cualquier tipo anunciara al
comienzo de cada artículo la excesiva subjetividad de sus
palabras, cuando ésta siempre se presupone. Sin embargo, éste es
un caso especial porque M. Night
Shyamalan es uno de los pocos directores capaces de
crear actitudes encontradas y muy poca indiferencia. Quien
suscribe se sitúa dentro del, desconozco si más numeroso o no,
grupo de los simpatizantes. Por esa razón aviso desde las
primeras líneas que muchos lectores defraudados por el director
hindú pueden sentirse atónitos ante el inmenso apoyo que le
presto. Y hasta aquí pueden leer.
O
relativamente, ya que la más sorprendida por “La joven del agua”
ha sido la arriba firmante, todavía incapaz de creerse que una
de sus películas le provocase, de entrada, cierta indiferencia.
Porque ya empezaba a pensar con gran alegría que Shyamalan era
un pesimista elegante, sin el cinismo y las escandaleras
grotescas tan propias de nuestro tiempo. El fraude que tantos
espectadores vieron en las cintas posteriores a “"El sexto sentido"
se debía a una errónea estrategia publicitaria que en “La joven
del agua” se ha solventado con el subtítulo de “A bedtime
story”, aunque con ello se sume a las habituales malas críticas
la desastrosa taquilla. No hay más vuelta de tuerca: “La
joven del agua” es tan propia de Shyamalan como ajenos sus
propósitos para un público acostumbrado al envoltorio del susto
y la criatura sobrenatural. Dos elementos que vuelven a
estar presentes en su nueva fábula, recipiente de todo lo
bueno y todo lo malo acumulado en la corta trayectoria del
director, y que sabe ver y contar mejor que nadie cuáles son sus
defectos y sus virtudes, luciendo ambos con un valor y un
orgullo envidiables.
Uno de los
personajes de la película –y como es obvio, un crítico de cine–
afirma que “No queda ni un atisbo de originalidad en el mundo”.
Contra un lema tan arraigado entre sus detractores, Shyamalan
lucha con sus armas más fuertes: lo fantástico que irrumpe sin
sentido en el esquema cotidiano, esta vez una ninfa o narf que
debe cumplir una misión en un microcósmico complejo de
apartamentos antes de que un lobo gigante o scrunt impida la
restauración del orden. A partir de esta premisa se esboza un
relato sin las grandes sorpresas que el espectador medio espera,
que se diluye con calma y preocupándose más por temas como el
choque cultural o el abandono de la justicia –situaciones
extrapolables a cualquier país olvidado por los organismos
internacionales– que por ofrecer cuadros terroríficos típicos.
Si bien las marcas de la casa se repiten como los traumas de un
niño incapaz de crecer dentro del cine: el protagonista
principal, Cleveland Heep (Paul
Giamatti) es una cara más del dado que componen los
anteriores héroes de Shyamalan; los personajes se plantean sus
creencias, imaginarias en lugar de las religiosas de "Señales"; los
inocentes juegan el papel más relevante en la disolución de los
miedos adultos; y, por último, la más clara y bienvenida, la
correspondencia entre forma y fondo gracias a la virtuosa cámara
de Shyamalan, capaz de comprimir información en cada fotograma,
como una pequeña historia que revela un nuevo detalle del
relato. A estas alturas debería sonar a obviedad que
Shyamalan es un gran narrador audiovisual, aunque algunas veces,
incluida esta joven del agua, el contenido deje que desear.
Sin desprenderse de una gelidez poco característica en los
cuentos de hadas, “La joven del agua” transmite una tristeza
absoluta en cada plano cerrado, cada enfoque y cada color, hasta
el punto de que ni una fiesta puede animar la apagada vida que
llevan sus personajes y que se refleja en sus jardines, sus
puertas y sus habitaciones. Un estilo muy propio y que debería
ser valorado más que nada en esta época de proyectiles cruzados
y de recaudaciones que destrozan talentos.
Al igual
que en ese irregular pero hermoso canto sociopolítico que fue
"El bosque",
“La joven del agua” se asoma como la contrautopía del hombre
moderno incapaz de escapar de una realidad hermética, pero
termina escondiéndose bajo la alfombra de la esperanza más
cálida y también más ingenua. Y por aferrarse a ella olvida
apagar varias estufas: los trucos del horror básicos que se
encargan de los sustos correspondientes, algunos, como el
primero, hasta risibles; la estructura predecible de los
personajes, aunque en la trama haya un llamamiento al abandono
de los prejuicios y las clasificaciones humanas; el abuso de las
criaturas y, sobre todo, su revelación, un fallo que estropeaba
por completo a “Señales” y que entorpecía a “El bosque”; aparte
de un humor llano, inaudito en las películas de Shyamalan, y que
añade a la historia más cotidianidad que ritmo.
“La joven del
agua” nada de un lado para otro sin decantarse por ninguna
esquina de la piscina: entre lo infantil, lo mágico, lo
romántico, lo terrorífico y lo simbólico se forma un revoltijo
sin la determinación de películas anteriores, pero aun así
cargado de poesía para quien quiera leerla, para quien incluso
viendo “Señales” como su obra menor –esta servidora–, sea capaz
de encontrar en ella magníficos planos y rotundas palabras.
Lo mejor de “La joven del agua”, aparte de pronunciar sin
temblor sus intenciones, es su condición auténtica del género,
de lo que el fantástico siempre ha sido y debería ser ahora:
no un cúmulo de sobresaltos y asombros de último minuto, sino la
única forma de que el hombre pueda criticar su mundo sin
represalias y asustarse de las realidades que nunca afirmaría
estando despierto, y del modo más lírico, evasivo, certero y
universal posible. Porque de palestinos e israelíes, israelíes y
libaneses, sólo entienden y quieren entender unos pocos, pero de
ninfas, lobos feroces y hombres-árbol sabemos todos.
Calificación:
    
Imágenes
de "La joven del agua" - Copyright © 2006
Warner Bros. Pictures, Legendary Pictures y Blinding Edge
Pictures. Distribuida en
España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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