CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
Está claro que en nuestro país existe otro modo de hacer cine.
Es algo inherente a la cultura cinematográfica: gran parte de
las experiencias en que se basan directores, guionistas, actores
y todos los demás, miradas al vecino (o al otro lado del
Atlántico) aparte, son vividas de forma local, en un territorio
con una historia, lengua y forma de hacer propias. Muchos de
esos rasgos se trasladan a la pantalla, incluso cuando el equipo
de producción se ha decidido por un género tan rígido como la
comedia romántica.
Y es que ese sabor,
al que pronto le delata su propio público, nada más observar
una sala cuyas butacas ocupan parejas desperdigadas por aquí y
por allá, corre el peligro de arrastrar consigo todavía más
elementos narrativos de forma injustificada. El estereotipo no
sólo requiere ya un flechazo ideal, sino que ambos componentes
de la pareja protagonista sean también personas casi utópicas,
vivan experiencias absolutamente mágicas (e irreales en
consecuencia) y, en definitiva, hagan vivo el cuento de hadas
y den muerte a la introspección, a la curiosidad por saber más
de las relaciones personales o a su entorno inmediato
(lugares, hechos y personas), que suele ser tan sólo una mera
excusa para que ocurra lo que tiene que ocurrir.
Así pues, es de
agradecer una propuesta como la de
Gustavo Ron
(director y guionista) que, junto a
Edmon Roch
(guionista), ha conseguido una historia que intenta huir de los
exacerbados cánones de la comedia romántica americana usual
mediante un cuento fantástico, a pesar de no ser capaz de
conseguir una historia de amor realmente interesante. El chico
se llama Gabriel (Daniel
Guzmán) y es un
psicólogo cuya vida diaria carece por completo de cordura; la
chica se llama Marina (Verónica
Sánchez), es
nieta del célebre escritor Paúl Dávila (Fernando
Fernán Gómez) y
soporta la doble carga de ser la única que aporta ingresos en su
casa y tener que pagar a los psicólogos que intentan curar a su
hermano Samuel (Manuel
Lozano) de
agorafobia y psicosis varias.
En el esquema básico de cualquiera que trate el romanticismo
resulta ineludible intentar construir una atmósfera propicia
para el acercamiento de los dos integrantes de la pareja. El
transcurrir del largometraje se forja exactamente de ese modo:
los personajes secundarios, los escenarios, los acontecimientos
en sí funcionan como un todo cuyo único objetivo es hacer que la
pareja se mire, se acerque, se conozca, se agrade. Ron y Roch
cuentan, para tal cometido, con una historia alternativa a la
del previsible romance entre Gabriel y Marina que incumbe al
legado literario y al pasado del abuelo de ésta, que también
posee inevitables connotaciones románticas, aunque de corte más
clásica. El mayor logro del director en esta “Mía Sarah”, su
primera obra, es que esa historia no sea un integrante más del
entorno amoroso; tiene cierta consistencia por sí misma, cierta
autonomía que hace que la audiencia desvíe a ratos su interés
por el relato de la pareja protagonista.
Puntuales despuntes fotográficos y el buen
nivel interpretativo de Fernán Gómez, Sánchez y Guzmán, por
riguroso orden de credibilidad, complementan la extravagante
fórmula con la que Ron
introduce el amor en una película de locos, quizá dando a
entender que enamorarse no es otra cosa que una forma de locura
más. Fernán Gómez, a pesar de encarnar a un secundario, hace
gala de un papel que le va como anillo al dedo y que no le es
del todo nuevo. Sánchez parece abandonar el cauce que había
tomado con sus últimas apariciones y retoma su semblante de
chica tímida, pero responsable y luchadora que la lanzó a la
fama en televisión.
A pesar de todo, Gustavo Ron no ha podido evitar pagar prenda
por tratarse de su primera cinta. Si bien ha conseguido capturar
con cierto realismo y nada de utopismo las escenas donde chico y
chica se dicen todo sin decirse nada, no ocurre así con los
elementos narrativos, que fallan en no menos de tres ocasiones
en circunstancias donde el filme carece de
razones para continuar, presenta a personajes del todo
prescindibles o expone acciones injustificadas.
Sin embargo, el guión no planteaba una resolución fácil,
teniendo en cuenta que la mayor parte del metraje ocurre en tan
sólo un par de habitaciones y en pocos momentos decae el ritmo.
Teniendo en cuenta que los momentos cómicos vienen dados por un
puñado de locos, no sería ninguna locura decir que ésta es una
entrega loco-romántica, donde la comedia son sólo cuatro
pinceladas sobre el romanticismo del pasado y del presente, este
último nada fantasioso y muy ajustado a una emulación real. Como
oiremos decir al personaje de Guzmán, “amar es anteponer los
deseos del otro a los propios”. A esos deseos se enfocan sus
esfuerzos, y los de Gustavo Ron a los nuestros, a saber,
sorprendernos con algo un tanto diferente allí donde no
esperábamos encontrarlo.
Calificación:
    
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de "Mía Sarah" - Copyright © 2006 Castelao
Productions, Formato Producciones y TVG. Distribuida en España
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