CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Apología de
una idea
Cuando se
pone de moda el biopic de figuras marcadas por la polémica y la
tragedia en la arena política, se corre el riesgo de convertir
el cine en una plataforma reivindicativa de ideologías de otro
tiempo, y hacerlo desde el sectarismo y la falta de rigor.
Cintas como "El hundimiento" (Olivier Hirschbiegel),
"Buenos días, noche" (Marco Bellocchio), "United 93" (Paul Greengrass) o "El viento que agita la cebada" (Ken Loach) no han dejado de provocar
críticas por su posible falta de responsabilidad al presentar a
terroristas desde una óptica excesivamente humana y
condescendiente. Es lo que le ocurre a la película de
Manuel Huerga, que nos ofrece
una apología de Salvador Puig Antich, el último condenado a
muerte en 1974 por el régimen de Franco, tras un juicio lleno de
irregularidades.
Con sus
innegables logros artísticos y su voluntad por rescatar para la
memoria un episodio olvidado, el director no logra evitar que su
obra se convierta en un panfleto ideológico. El guión, en
su primera parte, incurre en un llamativo maniqueísmo, con
un cuerpo policial sádico y cruel en sus interrogatorios y un
joven idealista que nunca ha roto un plato. El dibujo realizado
del miembro anarquista del Movimiento Ibérico de Liberación
(MIL) prescinde casi de mostrar sus atentados para centrarse en
su faceta justiciera y familiar; en el lado opuesto, las
autoridades del orden establecido se presentan como auténticos
desalmados que no saben respetar otras ideas que no sean las
suyas, y tampoco a las personas que las sostienen. Esquematismo
de personajes y de trama para un alegato político, en que se
mide con doble rasero a una dictadura caprichosa y a un
terrorista presentado como mártir de la causa. En esta arena
excesivamente ideologizada, el guardián carcelario representa lo
más inverosímil de la propuesta, con una evolución un tanto
patética y sentimentaloide. El guión abusa en su inicio del
recurso al flash back para reconstruir los comienzos del grupo
armado, con el protagonista que evoca su pasado en una manera
lineal, con una puesta en escena a la que le cuesta mostrar el
dramatismo propio de la historia. Condenado a muerte y con una
fuerte campaña de opinión pública a su favor, su abogado
mantiene la esperanza del indulto "porque sólo algo muy gordo
puede impedirlo (el perdón)", para a continuación insertarse
imágenes del atentado de Carrero Blanco con su coche saltando
por los aires: una manera muy simple desde el punto de vista
narrativo para dejar clara la relación causa-efecto de los
acontecimientos y la arbitrariedad del gobierno. Lo mismo sucede
en la parte final de la película, con una ejecución plasmada
casi en tiempo real y con todo lujo de detalles, mostrando con
morbosidad macabra la aplicación del garrote vil a un joven
indefenso: la desagradable sensación de dolor e injusticia que
recorre el cuerpo del espectador es fácil de conseguir por lo
explícito de la escena, pero poco artística; se echa en falta el
uso de la elipsis o el fuera de campo, del sonido en off o de
una música más eficaz dramáticamente, y dista mucho de otros
acercamientos contra la pena de muerte como los filmados por
Lars von Trier ("Bailar en la oscuridad"), Kieslowski ("No matarás") o Tim Robbins ("Pena de muerte").
Si guión y
puesta en escena respiran esquematismo y dejan que desear, la
fotografía de David Omedes
está realmente conseguida en su plasmación de un universo turbio
y opresivo, con un hiperrealismo logrado con un grano grueso,
colores saturados y una sobreexposición lumínica, según
convenga. También son meritorios algunos momentos de
vanguardismo estético, con planificaciones atrevidas y hábiles
recursos con la cámara en el tratamiento del tiempo fílmico, y
un intencionado uso del plano corto y del montaje que conceden
una factura moderna y un alto grado de verosimilitud al
resultado. Sin embargo, la banda sonora en muchos momentos no
parece integrada en la historia y apenas contribuye a la
dramatización de las escenas, con un tiroteo en el banco
atracado que se asemeja más a un juego infantil de pistoleros, o
a una ejecución de la sentencia con música de cuerda que no
incide en lo emotivo y sí en la exaltación idealista. La
interpretación del joven Daniel Brühl
es sólida y tiene fuerza, mientras que las de
Tristán Ulloa y Leonor
Watling resultan correctas; otras, sin embargo, caen
en lo caricaturesco y simplón, debido fundamentalmente al guión.
En
definitiva, estamos ante una película que nace lastrada por su
concepción discursiva y marcadamente política, algo que sus
logros formales no logran levantar. Gustará a quienes entiendan
el cine como un instrumento de ajuste de cuentas con el pasado,
y no como un ejercicio que debe respetar la complejidad de la
realidad y la dificultad para señalar certezas y culpas.
Calificación:
    
Imágenes
de "Salvador Puig Antich" - Copyright © 2006 Mediapro y
Future Films Limited. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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