CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
En este
tiempo prejuicioso que identifica al cine español sólo con
desnudos, guerra civil y Franco, el maleable concepto de
"memoria histórica" viene a convertirse en un argumento más a su
favor. No serán estas líneas las que nieguen la endeblez de
ideas y maneras de la cinematografía patria, pero sí será bien
recibido el ejercicio sobre el pasado que discurra parejo a la
denuncia del presente y no como un gastado recurso de
españolismo. Unos deberes que se anota
Manuel Huerga con este largometraje, la recuperación
del vergonzoso episodio que narra el activismo y la ejecución
del catalán Puig Antich. Más que tardíos llantos y dedos
acusadores por las barbaries del franquismo, “Salvador Puig
Antich” se convierte en una película necesaria, en un alegato
contra el miedo en esta época de terrorismo masivo, en la
evidencia de que sólo unos pocos valientes pueden asumir el
papel que todos temen –tememos– representar.
El film se
divide en dos períodos vitales y en dos formas de rodar: los
recuerdos del propio Puig, recuperados al hilo de las
entrevistas con el abogado que lleva el caso, y que palpitan
bajo una gama de colores cálidos, imágenes de contornos suaves y
esporádicas salidas a la emoción visual –filtros rojizos,
montajes trepidantes, pero algo inestables, para puras escenas
de atracos y persecuciones–. Un estilo moderno, que pretende
enganchar a los nuevos jóvenes con esa renovada fiebre por lo
setentero, e inevitablemente acogedor, porque se trata del
momento en el que aún hay esperanza. Después de este relato, la
cinta se sume en un estilo opuesto, frío, marmóreo y opresor, de
planos más cerrados y diálogos prolijos en rodeos; la larga
espera de lo irrevocable. Del grito al suspiro. Y en ese
tránsito hay algo que se pierde y algo que se gana: la historia
se queda sin ritmo ágil y sin su propia mitología visual y
musical, mientras al mismo tiempo gana firmeza de propósitos y
efectividad ideológica. La historia de “Salvador Puig Antich”
no es una fábula de ideales olvidados, ni una simple denuncia de
la pena de muerte, ni siquiera un canto elegíaco sobre el
capítulo histórico que nos precede. La cinta de Huerga, por
encima de todos esos objetivos facilones, demuestra la negrura
de nuestro país, nuestra sociedad y, más allá, del mismo ser
humano. Y que las ideas que ahora muchos recuperan desde el
cómodo asiento de la distancia y la falta de lecturas, ya sólo
corren sobre el papel, como esos monigotes negros que se dibujan
en la pantalla después de una manifestación popular o una huida
personal.
Hacer frente
a un estado cuartelero de vida es tan difícil como librarse de
las cuatro paredes que comprimen a nuestra forma de narrar
hechos históricos. Es por ello que la presente propuesta cae en
muchas más trampas: el contraste entre las dos partes de la
película resulta tan evidente como perjudicial para la segunda
mitad, que luce a veces ese aire falso y teatral de “Cuéntame”
–vuelven a aparecer las televisiones de fondo como
contextualización y descarada denuncia del adormecimiento
social–. Aunque con ciertos descubrimientos visuales, como el
juego final de lámparas y luces que zumban y parpadean ante la
llegada de malas nuevas, Huerga alarga innecesariamente
la llegada del momento que todos sabemos consumado, cuando
un golpe rotundo basta para causar el mismo impactante y
doloroso efecto. Un final que pierde sutilidad, la cual bien
puede ir pareja a la contundencia, como bien demostró el humor
negro de Berlanga en “El verdugo”, una ironía que en “Salvador
Puig Antich” se diluye para apostar por las imágenes lluviosas y
tan manipuladoras por activa como "Mar adentro" lo fue por pasiva. Una pizca de
ingenuidad visual que estropea sin lugar a dudas la obscena
explicitud sonora de esa sinfonía de la herramienta, el
escalofrío y la impotencia que acompaña a la ejecución a garrote
vil de Puig Antich. El rostro del verdugo que llega puntual a su
trabajo, rozando con la mirada un lugar que incluso a él le
parece caduco, provoca la misma sensación gélida que las caras
de “Queridísimos verdugos” y las imágenes de la atroz “El crimen
de Cuenca”, como si el yerno de Pepe Isbert en la cinta de
Berlanga hubiese impreso la cotidianidad que predecía su suegro
en el acto de matar gente.
Este delicado
último tercio flaquearía con mayor evidencia si al actor
encargado de encarnar a Salvador Puig le temblasen las piernas.
Daniel Brühl, como el joven desengañado de la
simpática "Good
bye, Lenin!", se mueve entre la entereza y la
humanidad sin caer en la compasión hacia el personaje real ni
contribuyendo a su idealización. Todo lo contrario de su
contrapunto, Leonardo Sbaraglia,
un carcelero tan irreal y forzosamente hierático como lo fue su
sargento encarcelado en "Carmen", de Vicente Aranda. Una muestra más del
excesivo empeño de Huerga en guiar al espectador hacia unas
conclusiones que no necesitaban materialización en ninguno de
los personajes ni tanto indicador visual.
Si bien
“Salvador Puig Antich” se desliza por los típicos cauces del
cierre plomizo, grave y autocomplaciente, no es menos cierto que
en los recodos despunta una gran valentía y una mirada joven,
consciente de que si antes éramos huérfanos de padre y de patria
ahora también lo somos de ideales fuertes y viables. El retrato
de Salvador Puig firmado por Huerga pretende ser menos el modelo
para veinteañeros perdidos que el dedo en la llaga de una España
y un mundo cobardes, indignos de sus locos y de sus héroes. “El
perro” pintado por Goya, la cabeza apenas asomando en las arenas
mientras fuera todo es indiferencia y bullicio.
Calificación:
    
Imágenes
de "Salvador Puig Antich" - Copyright © 2006 Mediapro y
Future Films Limited. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
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