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SALVADOR PUIG ANTICH


Dirección: Manuel Huerga.
Países:
España y Reino Unido.
Año: 2006.
Duración: 138 min.
Género: Drama.
Interpretación: Daniel Brühl (Salvador Puig Antich), Tristán Ulloa (Oriol Arau), Leonardo Sbaraglia (Jesús), Leonor Watling (Cuca), Ingrid Rubio (Margalida Bover), Celso Bugallo (Padre de Salvador), Joaquim Climent (Policía), Antonio Dechent (Policía), Carlos Fuentes (Paco), Joel Joan (Oriol), Bea Segura (Montse), Olalla Escribano (Inma Puig).
Guión: Lluís Arcarazo; basado en el libro "Cuenta atrás: Historia de Salvador Puig Antich" de Francesc Escribano.
Producción: Jaume Roures.
Música: Lluís Llach.
Fotografía:
David Omedes.
Montaje: Aixalà y Santy Borricón.
Dirección artística: Antxón Gómez.
Vestuario: María Gil.
Estreno en España: 15 Septiembre 2006.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  En este tiempo prejuicioso que identifica al cine español sólo con desnudos, guerra civil y Franco, el maleable concepto de "memoria histórica" viene a convertirse en un argumento más a su favor. No serán estas líneas las que nieguen la endeblez de ideas y maneras de la cinematografía patria, pero sí será bien recibido el ejercicio sobre el pasado que discurra parejo a la denuncia del presente y no como un gastado recurso de españolismo. Unos deberes que se anota Manuel Huerga con este largometraje, la recuperación del vergonzoso episodio que narra el activismo y la ejecución del catalán Puig Antich. Más que tardíos llantos y dedos acusadores por las barbaries del franquismo, “Salvador Puig Antich” se convierte en una película necesaria, en un alegato contra el miedo en esta época de terrorismo masivo, en la evidencia de que sólo unos pocos valientes pueden asumir el papel que todos temen –tememos– representar.

 

  El film se divide en dos períodos vitales y en dos formas de rodar: los recuerdos del propio Puig, recuperados al hilo de las entrevistas con el abogado que lleva el caso, y que palpitan bajo una gama de colores cálidos, imágenes de contornos suaves y esporádicas salidas a la emoción visual –filtros rojizos, montajes trepidantes, pero algo inestables, para puras escenas de atracos y persecuciones–. Un estilo moderno, que pretende enganchar a los nuevos jóvenes con esa renovada fiebre por lo setentero, e inevitablemente acogedor, porque se trata del momento en el que aún hay esperanza. Después de este relato, la cinta se sume en un estilo opuesto, frío, marmóreo y opresor, de planos más cerrados y diálogos prolijos en rodeos; la larga espera de lo irrevocable. Del grito al suspiro. Y en ese tránsito hay algo que se pierde y algo que se gana: la historia se queda sin ritmo ágil y sin su propia mitología visual y musical, mientras al mismo tiempo gana firmeza de propósitos y efectividad ideológica. La historia de “Salvador Puig Antich” no es una fábula de ideales olvidados, ni una simple denuncia de la pena de muerte, ni siquiera un canto elegíaco sobre el capítulo histórico que nos precede. La cinta de Huerga, por encima de todos esos objetivos facilones, demuestra la negrura de nuestro país, nuestra sociedad y, más allá, del mismo ser humano. Y que las ideas que ahora muchos recuperan desde el cómodo asiento de la distancia y la falta de lecturas, ya sólo corren sobre el papel, como esos monigotes negros que se dibujan en la pantalla después de una manifestación popular o una huida personal.

  Hacer frente a un estado cuartelero de vida es tan difícil como librarse de las cuatro paredes que comprimen a nuestra forma de narrar hechos históricos. Es por ello que la presente propuesta cae en muchas más trampas: el contraste entre las dos partes de la película resulta tan evidente como perjudicial para la segunda mitad, que luce a veces ese aire falso y teatral de “Cuéntame” –vuelven a aparecer las televisiones de fondo como contextualización y descarada denuncia del adormecimiento social–. Aunque con ciertos descubrimientos visuales, como el juego final de lámparas y luces que zumban y parpadean ante la llegada de malas nuevas, Huerga alarga innecesariamente la llegada del momento que todos sabemos consumado, cuando un golpe rotundo basta para causar el mismo impactante y doloroso efecto. Un final que pierde sutilidad, la cual bien puede ir pareja a la contundencia, como bien demostró el humor negro de Berlanga en “El verdugo”, una ironía que en “Salvador Puig Antich” se diluye para apostar por las imágenes lluviosas y tan manipuladoras por activa como "Mar adentro" lo fue por pasiva. Una pizca de ingenuidad visual que estropea sin lugar a dudas la obscena explicitud sonora de esa sinfonía de la herramienta, el escalofrío y la impotencia que acompaña a la ejecución a garrote vil de Puig Antich. El rostro del verdugo que llega puntual a su trabajo, rozando con la mirada un lugar que incluso a él le parece caduco, provoca la misma sensación gélida que las caras de “Queridísimos verdugos” y las imágenes de la atroz “El crimen de Cuenca”, como si el yerno de Pepe Isbert en la cinta de Berlanga hubiese impreso la cotidianidad que predecía su suegro en el acto de matar gente.

  Este delicado último tercio flaquearía con mayor evidencia si al actor encargado de encarnar a Salvador Puig le temblasen las piernas. Daniel Brühl, como el joven desengañado de la simpática "Good bye, Lenin!", se mueve entre la entereza y la humanidad sin caer en la compasión hacia el personaje real ni contribuyendo a su idealización. Todo lo contrario de su contrapunto, Leonardo Sbaraglia, un carcelero tan irreal y forzosamente hierático como lo fue su sargento encarcelado en "Carmen", de Vicente Aranda. Una muestra más del excesivo empeño de Huerga en guiar al espectador hacia unas conclusiones que no necesitaban materialización en ninguno de los personajes ni tanto indicador visual.

  Si bien “Salvador Puig Antich” se desliza por los típicos cauces del cierre plomizo, grave y autocomplaciente, no es menos cierto que en los recodos despunta una gran valentía y una mirada joven, consciente de que si antes éramos huérfanos de padre y de patria ahora también lo somos de ideales fuertes y viables. El retrato de Salvador Puig firmado por Huerga pretende ser menos el modelo para veinteañeros perdidos que el dedo en la llaga de una España y un mundo cobardes, indignos de sus locos y de sus héroes. “El perro” pintado por Goya, la cabeza apenas asomando en las arenas mientras fuera todo es indiferencia y bullicio.

Calificación:


Imágenes de "Salvador Puig Antich" - Copyright © 2006 Mediapro y Future Films Limited. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos reservados.

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