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Dirección: Neil LaBute.
País: USA.
Año:
2006.
Duración:
102 min.
Género:
Thriller,
misterio.
Interpretación: Nicolas Cage (Edward
Malus), Ellen Burstyn (Hermana Summersisle), Kate Beahan (Willow),
Frances Conroy (Dr. Moss), Erika-Shaye Gair (Rowan),
Leelee Sobieski (Lily), Molly Parker (Rose), Diane Delano
(Beech).
Guión: Neil LaBute; basado en
un argumento de Anthony Shaffer.
Producción: Nicolas Cage, Norm
Golightly, Avi Lerner, Randall Emmett, John Thompson y Boaz
Davidson.
Música: Angelo Badalamenti.
Fotografía: Paul Sarossy.
Montaje: Joel Plotch.
Diseño de producción: Phillip Barker.
Vestuario: Lynette Meyer.
Estreno en USA: 1 Septiembre 2006. |
CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Hay algo en
“Wicker man”, de Neil LaBute,
terriblemente antimoderno y unas formas, por el contrario, más
que habituales. Remitiéndonos a la obra original de 1973, la
historia de un policía que debe buscar a una niña perdida en una
isla del Pacífico se aleja de los atributos del terror para
ahondar en el terreno del thriller. Quien acuda a la nueva
película de Nicolas Cage en
busca de un miedo prolongado se va a llevar un buen chasco,
porque su “Hombre de mimbre” (traducción viable) no satisface ni
ganas de botar en el asiento ni ansias de sujetarse al suspense.
Aunque la cinta original no rebasaba
los límites de la originalidad, la nueva versión apenas
sobrevive en un nivel inferior: no sólo lleva en su contra
la falta de originalidad de todo remake, sino que tampoco
añade los giros argumentales o visuales que podían escarbarse
en una trama tan alejada del género. El ambiente de una
isla pacífica –en ambos sentidos–, polarizado entre los
acantilados abiertos y los bosques cerrados, es abandonado por
LaBute, un cineasta inestable que ya había tocado, con escaso
y romántico acierto, los palos sobrenaturales en su anterior "Posesión" (2002). Sin la opresión que
podría haber ayudado a una trama simplona –no resulta nada
difícil intuir el misterio de ‘el hombre de mimbre’–, cuya
ambigüedad moral y social ofrece mucho más juego –ese
interrogatorio entre la ‘diosa’ de la peculiar isla,
Ellen Burstyn, y el policía
defensor de la ‘normalidad’, Nicolas Cage–, la propuesta se
empantana en una serie de pistas falsas que ni despistan ni
añaden más matices a quien haya desentrañado ya el secreto del
juego.
Pero si algo falla en la construcción
de “Wicker man” es, precisamente, que en un escenario tan
desértico no hay personajes con un conflicto interno inestable
que puedan transmitir el ahogo de vivir en una sociedad aislada.
Una especie de sociedad amazónica cuyas incógnitas son
claramente sexuales y sexistas acoge a un representante de la
ley que en ningún momento se plantea, como el espectador, qué
sucede entre gentes tan demoníacas. Ejerciendo con violencia su
autoridad, a la espera de que todo y todos se dobleguen ante la
placa, Edward Malus se mantiene impasible cuando unas mujeres
pronuncian un extraño ritual en la posada, más preocupado por
recuperar las cosas que le han robado de la habitación. Esta
confrontación desigual entre lo establecido, de vocación
egocéntrica, y lo marginado, tienta con una fácil lectura
política referente a las sociedades civilizadas que caen en el
castigo de sus propias supersticiones, sobre todo después de
haberlas abandonado en el siglo XXI. Sin embargo, la denuncia
canalizada a través del género de terror y dirigida a los
hombres postmodernos y adormecidos funciona mucho mejor en
relatos menos explícitos y que saben desprenderse de los tics
del sobresalto predecible y de los pasos de un detective
materialista. “Wicker man” encierra en sí misma esa tremenda
paradoja: la de un filme que desea plantear cuestiones abiertas
y reflexivas mientras se asienta en una soporífera estructura
racional. Como si LaBute luchara contra la pobreza a bordo de un
deslumbrante Cadillac.
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En realidad, LaBute maneja una
técnica poco deslumbrante: apenas varía unos detalles del
original –el sexo del jefe de la isla, que pasa de
patriarcado a matriarcado–, su cámara no es nada precisa a
la hora de ocultar claves y la forma de tratar los
flashbacks que sufre el protagonista se quedan en un
típico alarde blanquinegro y movedizo –rememorando un
accidente absurdo en el que se vio involucrada otra niña–.
Estas partes, además, revelan su inutilidad en el cierre
de la película, cuando nos corrobora que la búsqueda de la
inocencia, encarnada en la niña perdida y en la novia
desaparecida, ha sido sólo un ardid para que el policía
caiga en la trampa de sus propios métodos. El realismo de
esos momentos oníricos los vuelve el doble de falsos e
ineficaces para convertir al espectador a la causa de
Malus, cuyo punto de vista ya se ha demostrado como
insuficiente.
Un final
abierto e irónico, muy en la línea de Stephen King, provoca que
“Wicker man” fracase en su intento por provocar pánico ético y
terror visual. En este término, incluso, resulta mucho más fácil
comprender –que no apoyar– a los alegres componentes del desfile
de disfraces que cierra la aventura que a ese policía sin
astucia ni carisma. Un destino terrible podría conmover nuestras
almas espectadoras si LaBute no se hubiera encargado de
adormecerlas con su estética de telefilme. Estallar en el último
minuto, una táctica poco elegante y precipitada, no sirve para
enmendar hora y media previa de paseo insulso. Cuando “Wicker
man” arde, ya es tarde para que su endeble propósito pueda
aportar una gota de agua salvífica con que apagar el fuego.
Calificación:
    
Imágenes de "Wicker man" - Copyright © 2006
Alcon Entertainment, Millennium Films, Saturn Films,
Emmett/Furla Films, Equity Pictures Medienfonds y Nu Images
Entertainment. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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