CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Luces y sombras de un
imperio
En extrañas ocasiones los
cuerpos celestes se alinean para sugerir favorables augurios,
alentadores presagios. Bajo esta estela de positivos signos
parece haberse fraguado este "Alatriste" largamente anunciado,
feliz conjunción de un director,
Agustín Díaz Yanes, un escritor,
Arturo Pérez-Reverte y un
actor, Viggo Mortensen,
sustentos básicos de las andanzas de Diego Alatriste, soldado
veterano de los tercios de Flandes, vigorosa y desencantada
semblanza de una época cargada de claroscuros, en los estertores
de un imperio cansado y arruinado por interminables guerras,
corrupción y oscuras intrigas.
Agustín Díaz Yanes, principal
artífice de este proyecto, tuvo un vibrante debut en la
realización con "Nadie hablará de nosotras cuando hayamos
muerto", una de las mejores películas españolas de la pasada
década, y si bien la irregular
"Sin noticias de Dios"
se resentía de un exceso de complicación, como suele ocurrir en
segundas obras tras un éxito inicial, pese a sus innegables
hallazgos y poder de seducción, parece claro que a la hora de
acometer este trabajo se encuentra en un momento de absoluta
plenitud creativa. Construye un guión que aúna las cinco novelas
publicadas hasta la fecha del popular personaje, logrando
aprehender el espíritu que planea sobre los textos, aspecto más
escurridizo de toda adaptación. Bajo estas aventuras subyace el
valor de unos soldados que no conocían otra forma de vida,
sometidos a arbitrarias decisiones de ineptos monarcas y
corruptos gobernantes, condenados a emprender gestas inútiles o
imposibles, e introduce lúcidos apuntes sobre cuestiones como
nobleza o lealtad ("no era el hombre más honesto ni el más
piadoso, pero era un hombre valiente...") cubiertas de
ambigüedad moral.
La intención de condensar en
un solo film tantos capítulos es una arriesgada apuesta, un
exceso de ambición acaparar tanto material que se traduce en una
sucesión de tramas que, a veces, se despachan de forma confusa o
precipitada, un buen número de personajes episódicos, algunos
tristemente desaprovechados (Pilar
López de Ayala, mera participación testimonial) e
inevitablemente, un exceso de metraje. Esta dispersión
narrativa, cierto decaimiento del ritmo y una atmósfera
demasiado oscura y opresiva, se compensan cuando todo ello
desemboca en un memorable tramo final, en el que los soldados
que hacían girar la quejumbrosa rueda del imperio combaten
contra el ejército francés en Rocroi.
El cineasta logra conjugar
el necesario aliento épico de la historia con un trasfondo
intimista, la espectacularidad como cinta de aventuras junto al
desarrollo emocional de su protagonista. Las contradicciones
en la figura de Alatriste, misterioso y taciturno, se perfilan
en la pugna entre su condición de mercenario y sus opacos
sentimientos, en sus amargos amores con una actriz, María de
Castro (Ariadna Gil) y el
especial vínculo, con aureola de wenster, con su protegido Íñigo
Balboa (Unax Ugalde),
maestro y alumno, veterano y aprendiz. El largo recorrido
muestra su progresivo cansancio, su soledad y decepción, sabedor
de la inutilidad de sus esfuerzos por mantener la dignidad,
resumido en un triste y bellísimo instante, cargado de
resonancias, en el que contempla la sencilla libertad de unos
pájaros que surcan el campo de batalla. Las secuencias finales
tienen el aire de los últimos días, de huida de sí mismo y
aceptación del trágico destino, trazadas con austeridad y
grandeza, desbordantes de emoción.
Las luces y las sombras de
la época del Rey Planeta quedan plasmadas en la composición de
hermosos planos que recuerdan las paletas de los pintores de
aquel tiempo. No es fortuito que Alatriste observe
embelesado el lienzo de “El aguador de Sevilla” de Velázquez, el
espíritu del director está mucho más cerca de los seres que
pueblan estas pinturas populares del maestro sevillano que de
sus retratos cortesanos, evidencia su interés por la miseria y
orgullo de una sufrida población que soportaba la presunta
grandeza, y se sumerge en el lodo y las ciénagas de las guerras,
con una rigurosa ambientación. Juega con una iluminación que
define las conciencias, esconde parte de ciertos rostros en la
oscuridad, haciéndoles hablar desde la negrura de sus almas.
Esta riqueza visual, gracias también a una espléndida dirección
artística, se completa con una arrojada puesta en escena de los
brillantes duelos y en la composición de las secuencias bélicas.
Todo esto no se sostendría
sin el tercer puntal, por supuesto, la inmensidad de un Viggo
Mortensen que es Diego Alatriste, sumido en una total
identificación física y mental con su personaje, al que dota de
una dimensión casi mística, de una mirada melancólica y
descreída. Es toda una ventaja para la producción, además, que
un actor de su tirón hable castellano, arrastrado y creíble, sin
tener que recurrir al irritante doblaje. La destreza del autor
para la dirección de actores queda de nuevo patente en el
esfuerzo y entrega del larguísimo reparto convocado, intérpretes
que declaman unos elegantes diálogos que desprenden sonoridad y
casi por momentos poesía, aunque algunos encajen mejor que otros
en sus papeles. Estupendo, como siempre,
Eduard Fernández, fiel compañero Coppons, y magnética
Elena Anaya como Angélica de
Alquézar.
Más allá de la revisión
histórica y de sus aventuras, Agustín Díaz Yanes desarrolla con
maestría el sustrato humano de la historia, trasladable por
tanto a cualquier época, incluso a la actualidad, y al igual que
su primer film, éste también podría estar dedicado a los pobres
“esos príncipes que tienen que reconquistar su reino”. Su
talento saca adelante esta ingente tarea, pese a las evidentes
dificultades y desequilibrios, y este esfuerzo y la holgura de
medios se extienden en el resultado final.
Calificación:
    
Imágenes
de "Alatriste" - Copyright © 2006 Estudios
Picasso, Origen y NBC Universal Global Network España.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
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