CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Una pica en Flandes
Hace tiempo que se esperaba
esta adaptación de las novelas de
Pérez-Reverte, que cuenta con uno de los mejores
repartos que en España se pueden encontrar y con el mayor
presupuesto de nuestra industria hasta la fecha. Con miedo a
verse superado por las dimensiones que la obra iba adquiriendo y
por las expectativas depositadas en ella,
Díaz Yanes supera con éxito la
prueba en esta recreación de un episodio crucial de nuestra
historia, en que los tercios tenían la misión de sostener un
imperio en decadencia a base de honor, valentía y lealtad.
En un ambiente de intrigas y
conspiraciones cortesanas vemos cómo se cruzan deseos
particulares con intereses de clase, amores imposibles con
servidumbres inquebrantables, empresas de Estado con venganzas
personales. Una Edad de Oro en la que religión, cultura, poder y
sentido del deber iban de la mano, y una época donde nobles,
soldados, escritores, artistas y villanos concebían su
existencia en orden a unas lealtades y servicios al rey. Tiempos
de aventuras que exigían valentía, destreza con las armas y
aplomo en la lucha, así como una fe inquebrantable en Dios y en
ese orden establecido. No hay duda de que el director de “Nadie
hablará de nosotras cuando hayamos muerto” consigue una película
de época si atendemos a la ambientación, con una esmerada
dirección artística que cuida cada detalle para transportarnos
al siglo XVII, unas localizaciones pintorescas que dan
verosimilitud a la historia, un buen trabajo de vestuario y
maquillaje, y una fotografía tenebrista a cargo de
Paco Femenía que está entre lo mejor de la cinta. En
cambio, al guión –como a las novelas– le falta parte del “alma”
de la época y se queda en un barniz de romanticismo y aventura,
sin adentrarse en algunas de las motivaciones de aquellos
personajes de un siglo que no es el nuestro. Tramas amorosas
teñidas más de capricho o glamour que de conciencia y sentido de
fidelidad, momentos de batalla y botines de guerra en los que
hay mucha pincelada rápida y poco honor, vida de religión sin un
ápice de piedad ni trascendencia y reducida a posturas
escépticas cuando no a los abusos de la Inquisición. Con eso, al
cuadro pintado le faltan luces o sombras, y se aprecian
demasiadas claves de nuestro tiempo.
La puesta en escena es
vigorosa y con momentos de fuerte realismo que hacen verosímil
lo narrado, mejor conseguida en los momentos de acción que en
los románticos: las escenas de asalto o las de capa y espada
están resueltas con ritmo ágil y buena planificación, mientras
que las dos tramas intimistas dependen en exceso del lirismo de
la banda sonora, por otra parte espléndida. Quizá esta
circunstancia obedezca a unas interpretaciones femeninas que
están por debajo de sus parejas, con una
Elena Anaya que no trasmite sentimiento alguno en
su rostro y cuya dicción carece de fuerza, o una
Pilar López de Ayala con una
presencia tan breve como irrelevante.
Ariadna Gil lleva con más hondura su romance con el
capitán Alatriste, tanto en su faceta lírica como dramática. Sin
embargo, el peso de la historia recae en
Viggo Mortensen, que da a su
personaje toda la entereza demostrada en anteriores trabajos,
sin excesos y con la gravedad necesaria para moverse como un
espíritu independiente entre las rígidas reglas de la época,
rodeado de unos secundarios de garantía como
Eduard Fernández,
Juan Echanove,
Javier Cámara o
Unax Ugalde, todos ellos con
interpretaciones matizadas y notables. No podemos decir lo mismo
de Eduardo Noriega, en un
papel como 'Grande de España' que realmente le queda grande y en
el que no sabe fundir en equilibrio convincente lo que de
despiadado y noble tiene su personalidad –quizá se deba más bien
a un error de casting, pues trasmite la misma insustancialidad y
chulería de otras interpretaciones actuales suyas, de donde se
desprende que lo suyo no es meterse en la piel de otra época–.
A pesar de lo fragmentado
de una historia que se podía haber acortado un poco, y de cierto
ritmo deslavazado en su parte inicial, la película de Díaz Yanes
se ve con gusto y entretiene. Para una industria no
acostumbrada a las grandes superproducciones de época, supone
poner una pica en Flandes y hacerlo con altura, sin temor a
aburrir, con una buena dramaturgia interna, con cierto aire
cultural –Quevedo o Velázquez, por ejemplo–, gusto por estampas
de cuidada composición –ahí están los planos de Breda o de
Rocroi–, y una meritoria labor de producción.
Calificación:
    
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