CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
La entidad del “Alatriste” de
Díaz Yanes se asemeja a la
de un viejo cinturón: apretado, firme y asfixiante, material
sucio y grietoso, ricos adornos de pasamanería que han perdido
el brillo de antaño, y un broche final metálico, áspero,
cortante y sin vuelta de hoja. Un camino largo que
Pérez-Reverte aún no ha
concluido en su saga novelesca y que Díaz Yanes, con un poco de
imaginación y un mucho de arrojo, ha conseguido apretar,
cortando sólo la respiración del espectador, en su adaptación a
la gran pantalla.
Situadas en un mismo nivel
las expectativas de lectores fieles, cinéfilos escépticos y
primerizos curiosos, la tarea de llevar al cine uno sólo de los
libros del capitán Alatriste suponía riesgo y dinero. La firma
de esta producción se salda, pues, con gran riesgo y un espíritu
que, de ser conocido desde el principio, no otorgaría tantos
billetes. Lo cual dice mucho en su favor: el guión de
“Alatriste” se empapa de las subtramas de cada novela –unas más,
“El oro del rey”, “El caballero del jubón amarillo”, y otras
menos, “Limpieza de sangre”– sin convertirse en un mosaico de
piezas encajadas con mal pegamento; Yanes construye aquello que
aún no está escrito sin traicionar el alma y la coherencia de la
historia –el futuro de Angélica de Alquézar, la batalla de
Rocroi–, y se entrega sin miedo alguno, gritando lo que haga
falta, a un sentir muy español y a un estilo visual que ni debe
nada ni se acerca a lo anglosajón. Esta es la manera en que los
españoles sabemos hacer bien las cosas sin traicionarnos a
nosotros mismos, aunque al director se le escape de vez en
cuando algún molesto alarde de orgullo nacional, como el plano
congelado final o el repetido gesto del capitán que lanza su
sombrero a cámara. En todo caso, “Alatriste” defraudará al
sector de público sediento de más acción mitológica y medieval
–pues las peleas son pocas y crudas–, mientras que alimentará a
cucharones a los ahítos de ese mismo género.
Una película que puede
entenderse y verse como universal –todo país e imperio ha vivido
su auge y su caída, y las guerras, en todo siglo, han presentado
el mismo sentido y los mismos resultados–, pero que, ante todo,
habla a una España envejecida, repoblada de jóvenes que no
entenderán qué fue eso de Flandes y en qué idioma hablan
personajes tan pintorescos. “Alatriste” se ve con pesar y
emoción, dejando el regusto de los viejos vinos olvidados en un
rincón de la memoria, reconociendo en ella nuestro pasado y
nuestra herencia: así pinta Yanes el Madrid mugriento, los
palacios marmóreos y fríos, la nobleza que cruje por dentro y
por fuera, envuelta en terciopelo; las trincheras que callan y
al momento estallan, los paisajes históricos que remiten con
descaro a nuestros pintores más notables –tal es el caso de la
famosa “Rendición de Breda” pintada por Velázquez–. Una puesta
en escena espectacular que no se va de vacío; acorde con los
propios valores de los personajes, la atmósfera es siempre gris
y engañosa, los espacios se repliegan en dobleces o se cierran
sobre sí mismos, recorridos sin artificios por una cámara grave
y directa; la banda sonora, poblada de ruidos rústicos y
pétreos, pone el sello imborrable a un cierre que se declara
orgulloso, pesimista, resignado y digno: todos los sentimientos
de la película, todo lo que para Alatriste y Pérez-Reverte
significa ser español.
El buen hacer de Díaz Yanes a
la hora de reflejar con pulso la vida latente y los decorados de
tan amplia obra no sería nada sin el trabajo de un equipo
técnico de primera –todo lo consiguen los millones de euros– y
un plantel de actores y extras en conexión con la historia y
menos con lucirse a sí mismos. Cosa habitual, por ejemplo, en un
Juan Echanove que consigue
camuflarse sin aspavientos tras los anteojos de don Francisco de
Quevedo, al que se suman la frágil fortaleza de
Elena Anaya, los minutos
secundarios que tan bien se le dan a
Eduard Fernández, el suspiro trémulo de
Pilar López de Ayala o la
augusta papada de Javier Cámara
como el conde-duque de Olivares. Interpretaciones que, de una en
una, no ofrecerían oro, pero que circundantes a la presencia de
Viggo Mortensen se
convierten en una riqueza. Desvinculado por completo de la
tópica heroicidad de Aragorn y la inmoralidad siniestra de "Una historia de violencia", Mortensen hace suyo un personaje que
parece confeccionado a medida. Sin problemas físicos –el cuerpo
roto, relleno de costuras y cubierto de elegantes andrajos
propios de un soldado–, ni psicológicos –el esquema ético de un
hombre que sólo se vende a sus impulsos–, ni verbales –un
magnífico acento canalla y castizo, muy de aquí y de entonces,
plagado de escupitajos, blasfemias y chasquidos–; sin ninguno de
esos problemas, Mortensen respira hondo por una película que
podría haber pecado de suspirar por sí misma; la hace palpitar,
girar en un único sentido, la convierte en la gran película que
pretendía ser desde un comienzo impreciso y neblinoso.
Su condición de
superproducción y adaptación de la literatura hacían muy
difícil, a pesar de las buenas notas acumuladas hasta el
momento, que la imagen fuese impecable. Ahí reluce, para
tormento del espectador no instruido en los libros
alatristescos, la mancha de un primer tercio confuso y rápido
que intenta abarcar la presentación de todos los personajes al
mismo tiempo que entra en materia. Siguen incordiando algunos
actores que no cambian ni bajo disfraz de época –Eduardo
Noriega y otros que aún no saben declamar–, el
parecido entre los Iñigo Balboa y Angélica de Alquézar niños y
adultos necesita lentes de aumento, y a algunos puede
resultarles demasiado chocante la presencia de una mujer,
Blanca Portillo, en el papel de
un fraile. Un guiño, sin embargo, al carácter de la Iglesia y de
un siglo constreñido, hasta en el teatro, por las convenciones y
los firmes cánones. “Alatriste” tarda en coger su ritmo y en
volverlo constante, pero cuando lo hace convierte en naderías
sus primeros minutos de brazadas amplias, como las primeras
ondulaciones de una bandera que sólo se prepara para batir
firmemente el aire.
“Alatriste” resulta
bienvenida como película en sí, madura, honesta y negra; pero
casi más aún como añadido a un panorama español que sólo sabe
hacer televisivos retratos de época –veremos qué sale si no
de "Los
Borgia" de Antonio Hernández– y que se ahoga en
cintas con ínfulas de indie internacional mientras se
aparta con frecuencia, siguiendo una patética ansia de presencia
hollywoodiense, del compromiso social. “Alatriste” reúne ese
carácter español e internacional, ese patetismo y ese
significado colectivo sin adecuarse a las fórmulas visuales
fáciles ni al modelo de historia masticado, siendo ella misma y
al mismo tiempo algo reconocible. Con valor, osadía y mucho
olfato. Como diría el padre de la criatura, con dos cojones.
Calificación:
    
Imágenes
de "Alatriste" - Copyright © 2006 Estudios
Picasso, Origen y NBC Universal Global Network España.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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