CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
¿Cuál es la frontera que
separa los mundos artísticos? ¿Hasta qué punto puede el cine
apropiarse de las formas literarias, del mismo modo que la
narrativa se ha visto influida por el séptimo arte? Que esta
relación es próspera y fluida es un hecho constatado, pero al
mismo tiempo deben separarse las maneras de hacer cine de las de
hacer literatura. Antonio
Soler, autor de
“El camino de los ingleses” y del guión que ha rodado
Antonio Banderas,
pierde el carrete y mezcla hilos que llevan a un barrunto de
película-libro, seguramente desde la libertad del escritor que
puede y quiere mantener intacta su obra.
La segunda incursión tras la
cámara de nuestro actor más internacional, después de la
interesante “Locos en Alabama” (1999), se salda
con un resultado ambiguo y extraño, un sendero introspectivo y
maduro, pero desde la mirada personal, no por el quehacer
cinematográfico –aunque ya quisieran otros más consolidados
alcanzar estas cotas de originalidad y personalismo–.
Tampoco ha sido fortuita la elección de esta novela para su
nuevo proyecto, pues conecta con la cultura, la juventud y los
recuerdos embellecidos del director, malagueño de pro que
demuestra en cada plano un amor infinito hacia la vida que ha
perdido en favor de Hollywood. Sin embargo, ese cariño no es
suficiente, pues tarea más ardua que apropiarse de una historia
es contársela al espectador y conseguir que éste se introduzca
en ella. Este papel se desempeña con más esfuerzo que facilidad,
en parte culpa de ese guión excesivamente literario que elimina
la trama para dar paso a las reflexiones abiertas. Los diálogos
escasos, la omnipresente música entre ambiental y oldie,
y la voz en off de un
Fran Perea
que aparece a intervalos irregulares trazan el perfil de una
cinta que pretende servir más de incentivo que de efecto, que en
su narración poética y pseudo-filosófica conseguirá atraer a muy
pocos. Esta clase de cine no es habitual y cuando hace acto de
presencia despierta las irremediables descalificaciones de los
que odian las películas ‘pesadas y lentas’, a la vez que se
conforma un grupo de admiradores que caen en la magnificación.
Ambas posturas harán que unos pierdan las virtudes de “El camino
de los ingleses” –que las tiene–, y que otros no vean sus
flojeras.
El empaque
visual que Banderas imprime en el filme es uniforme y en
ocasiones encantador, pero los encuadres de ensueño y los
detalles coloristas nublan la vista ante la verdadera falta de
un fondo coherente. El
verano de unos chicos y su acelerada educación sentimental
funciona en el terreno de las palabras y las poesías, unas armas
que en celuloide disparan flores marchitas cuando no hay pistas
que seguir. Las vidas de cada personaje, aunque muy bien
interpretados por caras jóvenes, inexpertas y televisivas, a las
que se suman el enorme
Juan Diego y
Victoria Abril
–en el papel más superfluo, blando y artificial estéticamente–,
no cuentan nada al mismo tiempo que pretenden insinuarlo todo. Y
estas obras que se dotan a sí mismas de una trascendencia y
gravedad elevadas acaban provocando el rechazo de un público
que, en el mejor de los casos, no se entera de nada. Jugando
demasiado con la sugerencia, muchas acciones carecen de
continuidad y se deja en manos de quien las observa la tarea de
darles explicación. Aplicar el azar, la incontinencia y el
sinsentido de la vida a la gran pantalla significa una valentía
importante, pero también una excesiva confianza en los valores
que ofrece. Sería necesario, por tanto, que estas vidas jóvenes
se unieran por algo más que una calle llamada ‘el camino de los
ingleses’ y tardes de piscina, que entre el chico que viaja a
Londres, el niño rico de padre hundido y el enfermo con ínfulas
de poeta surgiera una razón común para mostrar sus anhelos, y no
el gratuito argumento de que todos deben abrir los ojos al mismo
tiempo y desembocar en la crueldad del mundo.
Éste es un proyecto muy
personal, tanto que es difícil emitir un veredicto sin tener en
cuenta todo lo que Banderas ha querido contar.
Es bonito, pero fatuo. Tiene un estilo propio, pero de puro
particular roza lo ampuloso y deja aún más en evidencia los
fallos –de montaje,
con saltos bruscos; de sonido, con excesivos contrastes de
plano; de puesta en escena, adecuada a la época, pero apenas
identificativa de cada personaje y... esas patatas fritas
congeladas–. A la par que se concentra el talento: escenas que
rozan lo surrealista –el arranque que ya desconcertará y dejará
fuera a muchos–, visiones del protagonista, paisajes brillantes
y premoniciones sensoriales que, con el tan utilizado color
rojo, anuncian la tragedia. Podrían deducirse significados
concretos de retratos tan abiertos, pero es un riesgo desmedido,
una responsabilidad demasiado grande para el espectador de una
película que afirma su autonomía –y teniendo en cuenta que todo
acto de valoración incluye una irresponsabilidad hacia las
intenciones del realizador–. Quiere ser única, pero reconocible.
Abstracta, pero solidaria ante cualquier interpretación. Y
abarcar tanto despista al público, incapaz de saber a qué
atenerse, a qué aferrarse de todo lo que Banderas ofrece en el
desarrollo de un presente estirado a cámara lenta.
En definitiva, éste es uno de
esos filmes que se dibujan a partir de quien los mira, y no
todos están dispuestos a coger el pincel que siempre empuña el
director. Una obra que sólo tiene sentido por
lo que el espectador sea capaz de volcar en ella, de relacionar
con su propia experiencia, su grado de sensibilidad y su vida,
bien porque el autor no ha sabido aclarar su propósito o porque
pretende dejar todas las vías abiertas.
Dos errores que convierten la
que podría haber sido una película compacta en una película de
mimbre, el material que arde con facilidad ante un bufido y un
bostezo, y el que tarda años en mojarse mientras sólo llegan
salpicaduras de agua con cloro, cerveza derramada y palabras
radiofónicas.
Calificación:
    
Imágenes
de "El camino de los ingleses" - Copyright ©
2006 Green Moon, Sogecine y Future Films. Fotos por Matías
Nieto. Distribuida en España
por Sogepaq e Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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