“El
camino de los ingleses” no es uno, sino tres: el camino de
Málaga de finales de los 70, el que puede llevar a todas
partes, y el que lleva a ninguna. En esta aparente paradoja se
forja una hermosa oda al verdadero
significado de vivir y amar, y no lo interpreten como una
metáfora: el poema existe de forma explícita prácticamente en
cada palabra, cada gesto y cada plano.
Aunque es verdad que lo que tienen que contar Banderas y Soler
es un drama (varios de ellos, de hecho) ciertamente
intrascendente, ambientado en una época, un lugar y unos
personajes que intiman con los recuerdos de director y
guionista, no es a los hechos a quien se confiere la
responsabilidad de narrar, sino a la atenta mirada del
protagonista que, tomando consciencia de sí mismo como artista
por primera vez, afronta sus experiencias desde una
perspectiva totalmente distinta.
El
planteamiento vital, de lo que es realmente vivir, deja
entreverse, además de en las vivencias veraniegas y otoñales de
una pandilla de jóvenes, en la constante contraposición entre lo
circunstancial y lo planeado, lo imprevisible y lo previsto, los
accidentes y los sueños. Es en esta ancestral lucha por el
control del propio destino donde cada personaje termina por
encontrarse a sí mismo. Miguelito Dávila (Alberto
Amarilla) es
quien ejerce de líder en ese camino, donde su precoz despertar
intelectual respecto al resto de sus compañeros, su discurrir
amoroso en dos facetas bien distintas y su particular tragedia
le ayudarán a él y a todos a despojarse de todo lo que en
realidad no son.
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Como ven, el contenido no es del todo insustancial desde
el punto en que es observado. A ello ayuda el continente,
que goza de una excepcional fotografía, casi asfixiante
podría decirse, que hace de varias etapas del metraje
prácticamente una película fotográfica. Todos los
elementos escénicos encajan con la profundidad de su
mensaje (mención especial para la recreación de hechos y
personajes tan propios de la Andalucía de aquel tiempo), a
lo que también debe sumarse la interpretación de Alberto
Amarilla, María
Ruiz y
Raúl Arévalo,
y sobre todo la de
Victoria Abril,
que encarna fervorosamente a la anónima señorita del casco
cartaginés, una apasionada (en todos los sentidos)
profesora de literatura.
Para
lograr la sutileza del enfoque que Banderas ha querido dar a
esta cinta, fuera de lo puramente personal, que naturalmente
también existe, le ha sido necesario cargarla hasta los topes de
elementos decorativos y preciosistas, echando mano, además de la
mencionada fotografía, de la música, de cámaras aceleradas, de
planos paisajísticos, de filtros saturados, de escenas oníricas
e incluso de los propios versos. De este modo, la apuesta queda
comprometida con ponernos en la piel del poeta y sacarnos del
contexto general de lo que realmente está sucediendo,
especialmente con el resto de personajes y sus respectivos
entornos. No puede negarse que el resultado
quede, como poco, enrarecido, y que la envoltura acabe
inclinando la balanza a favor de la estética, el sentido
figurado y lo efímero del momento, y en contra de la
consistencia del largometraje.
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Muy probablemente no vaya a ganarse un puesto de honor en
el cine español, pero hay que reconocerle ciertas virtudes
a “El camino de los ingleses” de vital importancia. La
primera, quizá más relevante para la variedad de la
industria local, es que Banderas ha demostrado ser capaz
de ejecutar otra simulación de las sociedades
peninsulares, mercado fuertemente monopolizado por Pedro
Almodóvar, y además con carácter propio. Y la segunda y
más interesante, es que las escenas no
pecan de alardear del sello de su autor; más bien al
contrario: la única pista apreciable es el escenario de su
infancia, donde la historia no se adentra en exceso en lo
personal (recordemos que hay una novela de trasfondo que
respetar) y pone
de manifiesto ciertos temas, en absoluto banales, por los
que el casi recién nacido realizador muestra un especial
interés.
Podríamos seguir discurriendo acerca de esta excepcional
fotografía interior del propio yo, pero ya saben que escribir
acerca de un poema es, en la mayoría de ocasiones, tan inútil
como absurdo. No hay nada como leerlo por uno mismo.