Banderas encontró entre las líneas de uno de los últimos
premios Nadal, “El camino de los ingleses”, de
Antonio Soler,
fragmentos de sus vivencias, y ha contado con el propio
escritor, compañero de generación, como coautor del guión. Sin
duda pudo sentirse algo reflejado en la figura de su
protagonista, Miguelito Dávila, un joven que quiere ser poeta
y abandonar su entorno, admirador de Dante y su "Divina
comedia”, que tiene su propia bajada a los infiernos en forma
de primeros amores frustrados, iniciación en brazos de la
mujer madura, y miedo ante la incertidumbre del futuro. Junto
a él, un grupo de jóvenes sufrirán durante un verano, allá por
los años 70, diversos acontecimientos que marcarán el fin de
su adolescencia.
Hasta
allí todo puede sonar lejanamente conocido, ese lugar
fronterizo, el paso de la juventud a la madurez, constantemente
revisitado por la memoria. La delicada cuestión
es cómo decide Banderas trasladar a la pantalla un relato de
iniciación en el que se suceden fragmentos oníricos, recuerdos y
simples impresiones.
Para ello, se instala en un exceso visual
con el que despliega todo un catálogo de alardes, continuos
movimientos de cámara, ralentizaciones, cambios de ritmo o
tiempo, con una fotografía que recorre un hermoso abanico de
posibilidades cromáticas, pero que estilísticamente no remite a
una época determinada, imprecisión que choca con la lograda
ambientación de aquel tiempo. Sobre este conjunto planea,
además, una especie de miedo al silencio, que le lleva a
subrayar buena parte del metraje con una enfática música.
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Todo ello abre, desde sus primeras imágenes, una brecha
entre la sencillez de los hechos y su ampulosa forma, que
en última instancia resulta irresoluble.
El guión queda fragmentado entre estas licencias visuales,
con subjetivos significados, y un realismo que resulta
lejano, generando en algunos momentos irritación,
en otros, un inevitable distanciamiento con lo narrado. La
cinta está surcada por una voz en off con forma de
críptico locutor de radio, de
dulce cadencia literaria, pero cuyo efecto en pantalla no
va más allá de un sugerente ruido de fondo.
Al igual
que su joven protagonista, el director emprende la continua
búsqueda de la poesía fílmica, y cuando la alcanza lo hace con
intensidad, en unas cuantas secuencias magníficas, pero que
inmersas en el tono artificioso del conjunto no destacan lo
suficiente. Logra también un buen pulso narrativo en el
desarrollo del tramo final, con aires de fin de una etapa,
resuelto con fuerza y convicción. Sorprende su casi total
ausencia de referencias políticas de aquel periodo, pero tampoco
tiñe con una fácil nostalgia los recuerdos, a los que no ahorra
su dureza. Más que en el entorno, en especial funciona la
exploración de los confusos sentimientos de este aspirante a
poeta. Alguno de estos momentos aislados, junto al trabajo del
grupo de jóvenes intérpretes, son lo más destacado del film.
Y es que
la mano del Banderas actor se deja sentir en la entrega de un
reparto compuesto por caras no desconocidas, pero sí lo
suficientemente maleables, destacando la sensibilidad de sus
protagonistas, Alberto
Amarilla y
María Ruiz,
y el impactante Raúl
Arévalo,
confirmando lo ya visto en "Azuloscurocasinegro".
Supone también un reencuentro con
Victoria Abril,
actriz que despliega su sabiduría interpretativa en un papel que
intenta sacar del tópico. Después de su breve paso por esta
historia, es difícil no pensar qué lejanos quedan aquellos
tiempos en que formaron una de las parejas más magnéticas del
cine español con “Átame”.
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Cuando una película que acapara tanta atención resulta
irregular, incluso fallida en algunos aspectos, siempre se
puede echar mano a la socorrida “propuesta distinta”
dentro de nuestro panorama, aunque no todo cuela.
Ciertamente, esta propuesta es diferente, pero da la
sensación que su innecesaria complicación responde al
temor del director a que su obra quedase clasificada con
un cliché del estilo a “otra crónica en torno al fin de la
adolescencia”. Por suerte, todavía hay autores que no
dudan recorrer el difícil camino de la sencillez para
lograr la emoción y pulsar sentimientos.
Banderas dejó claro de pleno en su primer largometraje, y
parcialmente en éste, tener una mirada y una voz propia
como cineasta, y es de esperar que utilice su
posición, ganada tras años de duro trabajo, para seguir
explorando este potencial.