CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
En la breve filmografía de
Icíar Bollaín –cuatro largos y cuatro cortos– destacan una
apuesta y una esperanza continuas por la redención: ya estén
aquejados de soledad, marginación, maltrato, ímpetus violentos o
secretos inconfesos, los personajes de la directora madrileña
siempre consiguen introducir los dedos entre los resquicios de
una luz ni siquiera entrevista durante el desarrollo de cada
película. Esos viajes optimistas se corresponden, como no queda
otra, con historias pequeñas e intimistas, que corren tanto
riesgo de pecar de lineales y potenciales como de exponentes de
una humanidad vasta, por regla de tres reducible a cualquier
devenir de cualquier rincón. El correspondiente a “Mataharis”
subraya con la misma evidencia que la multipremiada "Te doy mis ojos"
(2004) el valor que su autora da a la historia no contada, a lo
que venga después de los retazos vitales que ella muestra. Y ese
rincón se adorna con el póster de la auténtica Mata Hari y un
gato que, por naturaleza, siempre ha simbolizado la desconfianza
y la independencia. La estampa viene a equilibrar los estertores
de una cinta dramática, por momentos afectada, pues el trío
protagonista pretenderá romper con su destino de vigilancia
desde la barrera, un trabajo de espionaje que las sitúa en el
punto de mira para rasgar el cartel y patear al felino.
Para que los caminos de
tres mujeres confluyan en el único trayecto de toda espectadora
femenina, el guión de Bollaín y Tatiana Rodríguez
conecta, a partir de sinuosos y expresivos fundidos a negro, las
particularidades de una esposa aburrida y abandonada por su hija
(Nuria González), de una madre de familia agobiada por el
nuevo mito de la superwoman (Najwa Nimri) y de una
joven recién salida de su formación académica y con todo el
futuro por delante (María Vázquez). Las tríadas
garantizan panoramas completos y referencias para todos los
públicos, pero al mismo tiempo corren el peligro de una
previsibilidad consciente en el salto narrativo. Estas
mataharis se adentran en conflictos cotidianos que, para
contrarrestar esos efectos repetitivos, la directora intenta
mostrar con una trascendencia un tanto molesta cuando ya se ha
abogado por la humildad emotiva. Es por esa razón que la
película funciona mejor con las sobras que pintando a trazo
fuerte los núcleos centrales: son los pequeños casos
detectivescos encargados a Carmen, Eva e Inés los que denotan,
mediante el patetismo encerrado en el buen humor, las verdaderas
crisis atravesadas por cada una de ellas. Un anciano en busca de
su amor juvenil, un realizador de vídeos de boda engañado o una
confiada esposa que descubre la doble vida de su marido sirven
de base para las paranoias, fundadas con el paso de las
pesquisas, de tres espías que también deben ejercer de mujeres,
madres y amantes sin cobro extra.
Por suerte, Bollaín no
decide inmiscuirse en la denuncia feminista –quizá para ofrecer
más peso a la subtrama sobre las precarias condiciones de
trabajo y contrato en las compañías multinacionales, hasta el
punto de que no se sabe si determinadas escenas con María
Vázquez están ahí por motivos argumentales o para echar más leña
al fuego–. Si "Te doy mis ojos"
imponía por vía social una casi obligación de respetar su
sentido y factura, en “Mataharis” el punto de vista inquisitivo
que abre y cierra el film impone un ritmo visual decadente y
fotográfico, injustificado si se tiene en cuenta que nosotros no
vamos a actuar bajo la piel de un espía que deba trabajarse la
obtención de cada dato, sino a cada momento fieles partícipes de
las inquietudes internas de las protagonistas. Una información
que, por otra parte, también se lee con más gratitud en los
silencios o en los reproches velados – Tristán Ulloa
equivocando camisetas infantiles– que en los diálogos
explícitos, aquejados de un histrionismo transitorio que tiene
en Nawja Nimri a su máximo exponente. Las palabras sobran en
tres relatos de no-amor, de un abandono pactado que se extiende
de manera tácita a las relaciones mudas con el resto de los
personajes. Y como de hablar de ellas mismas se trata, la trama
convencional acerca de recelos, acecho y pruebas incordia a
pesar de su necesidad para hilvanar todos los capítulos. Como
dice Carmen, en el fondo no importa tanto qué culpa tienen los
compañeros masculinos, sino por qué ellas se la adjudican y si
no serán también en parte responsables. A las puertas del perdón
o el castigo, la película se detiene, tomando su decisión más
sabia, quizá también la más indulgente, y valiosa por ambas
razones. La luz cálida, sólo visible en su último tramo, ni
deslumbra ni perpetúa la frialdad, aunque no logre desintegrar
la tibieza del conjunto. Porque si de algo sabe departir –y
filmar– Bollaín es del instante intermedio, de la duda y de las
eternas posibilidades, todas almacenadas en un último fundido
que puede ser negro o blanco.
Arrastra sin remedio una
estética de los más sobrios noventa mezclada con las nuevas
inquietudes del vídeo digital, por lo que si de cercanía presume
“Mataharis” –aparte de ambientarse en un gremio reducido y poco
femenino– se debe a la sinceridad de sus sencillos argumentos y
al eterno canto por la comprensión, la anti-soledad y el amor
sacrificado antes que fingido. Si en materia textual los tres
cauces no fluyen de manera paralela, y puede que durante el
activismo de Inés echemos en falta más conversaciones de Carmen
con los objetos de su casa, o en mitad de éstas nos preguntemos
por los niños de Eva, al final a todas las une el cabo más
fuerte: el de una suspicacia urbanita y gris que les impide
respirar, acto que deben recuperar, como corresponde a sus
edades, en la reconciliación con el pasado, el presente y el
futuro. La eterna discordia por la que espiar a otros termina
revelándoles delitos propios, y a falta de investigaciones en
las que ellas sean el centro, la película da carpetazo al
sumario por ellas, perdonándolas de ser Mata Hari, de bailar al
son de unas mentiras que habían empezado a asimilar en sus
rutinas.
Calificación:
    
Imágenes
de "Mataharis" © 2007 La Iguana
y Sogecine. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. En la
imagen de la crítica, extracto de una foto de María Vázquez por
Joan Tomás. Todos los derechos
reservados.
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