CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Es comprensible que a
cualquiera que, desde una opción plenamente legítima en cuanto a
querencias artísticas, tienda a identificar el concepto de gran
cine con elementos como la espectacularidad, la grandiosidad y
algunos otros aledaños, le cueste trabajo asociar a tal concepto
un nombre como el de Icíar Bollaín. Pero para aquellos a
quienes el concepto de gran cine nos parece algo bastante más
cercano a aquello que el viejo maestro John Ford declaraba como
el objeto de su propio arte y oficio, que no era otro que el de
hacer películas, y contar con ellas buenas historias, no hay el
más mínimo atisbo de duda de que Bollaín, después de
manufacturar una película como "Mataharis", va camino de
convertirse –si no lo ha hecho ya plenamente–, y en la medida en
que como tal cabe calificar a quien hace gran cine, en una gran
cineasta.
"Mataharis" es, planteada así grosso modo y contada
de forma somera, la historia de tres mujeres, sencillas,
abnegadas, esforzadas, cuyo único punto de contacto evidente y
palmario con el nombre del personaje al que alude el título es
el de su ocupación profesional: ciertamente, son detectives,
buenas y esforzadas detectives, pero, eso sí, están, como
corresponde al perfil habitual de los personajes que pueblan
las historias de su autora, en las antípodas del glamour
y el esplendor que tal nombre legendario evoca; lo suyo es el
trabajo sordo, callado y discreto en el que comúnmente se
desenvuelve el desempeño laboral de estos profesionales
–trabajos bastante más de andar por casa, y más cercanos a las
pequeñas miserias humanas que a las grandes historias de
transgresión de largo alcance–, que, como bien se puede
entender, poco tiene que ver con esa dimensión “peliculera”
(valga aquí esta suerte de juego de palabras...) de que el
imaginario colectivo le ha venido dotando a raíz de su
encarnación en el Hollywood clásico.
Y es una historia en la que, como es habitual en el
cine de la Bollaín, juega un papel fundamental el
entrecruzamiento de conflictos (personales, afectivos y
profesionales), que se van imbricando y solapando hasta
constituir un entramado dramático que, lejos de adquirir
farragosidad o densidad plúmbea, es hilvanado, con una solvencia
y ligereza ciertamente admirables, para terminar constituyendo
una trama que cumple, para cada una de sus tres protagonistas,
la regla básica de plantear, anudar y desenlazar con plenitud de
lógica y de coherencia, sobre la base de peripecias y episodios
personales cuya fuerza dramática no radica tanto en su capacidad
de impacto (por lo inusual, o lo fuera de norma) como en la
veracidad y cercanía con la que nos los sirve la historia.
Toda una demostración de maestría en la construcción narrativa
que denota que el buen pulso –mostrado ya desde sus inicios– en
la urdimbre de historias ancladas en la sencillez de lo
cotidiano es algo que, con el oficio y la experiencia, la
directora está depurando y consolidando cada vez un poco más.
Ahí están los grandes temas universales: el amor, y su
envés; la verdad y la mentira; la confianza y sus derivas, sus
pérdidas, sus flaquezas; el poder corrosivo de la convivencia,
su capacidad devastadora, de una violencia tan brutal en el
fondo como suave, casi imperceptible, en las formas; la
imposibilidad de conciliar conciencia y ciertas fidelidades, y
la necesidad de decantarse, cuando la coyuntura de la vida nos
pone entre la espada y la pared. Todo está ahí, y todo fluye,
sin pies forzados, sin estridencias, sin necesidad de
formulaciones alambicadas ni frases grandilocuentes, en el
desarrollo de la historia. Parece sencillo, pero, créanme, la
inmensidad del número de experimentos fallidos en pos de su
consecución, da fe de que no lo es, en absoluto.
Y si tremendamente
meritorio es el trabajo de la directora, poco justo sería pasar
por alto, y no hacer mención, por somera que sea, al trabajo
interpretativo de las tres protagonistas... y de Tristán
Ulloa –y he de confesar que este actor nunca llegó a ser
santo de mi mucha devoción, pero, en este caso, chapó: me
descubro...–. Tanto Nawja Nimri como María Vázquez
y Nuria González derrochan credibilidad, sensibilidad y
una asimilación de la condición de sus personajes digna de los
más encendidos elogios, y esto es un elemento fundamental para
darle más cuajo aún, si cabe, a una historia que,
indudablemente, sin la consistencia de su trabajo no podría
hacérsenos tan veraz y cercana. Con contención, sin grandes
alardes, pero con una entrega a la “causa” merecedora del máximo
reconocimiento.
Con "Mataharis", en suma,
Icíar Bollaín termina de consagrarse –si no cabía considerarlo
ya así con anterioridad– como uno de los valores más solventes
de nuestra cinematografía, una autora sólida y asentada, y que
se erige, por pleno derecho, y junto a Fernando León de Aranoa
(no es difícil evocar, salvando todas las –enormes– distancias
–en temática y perfil de sus personajes, sobre todo–, a sus "Princesas"; en el tono, en el enfoque, en la
mirada...), en baluarte señero de una tendencia de cine que
podríamos calificar, sin temor a que se nos impute delito alguno
de burricie cinematográfica, como cine humano, cine de tripa,
cine de entrañas. Un cine que, probable y desgraciadamente,
resultará aburrido para un cierto perfil de público, pero que,
para aquellos que con su degustación disfrutamos intensamente,
constituye el más sabroso de los manjares. Si hay alguien que ya
ha demostrado que se maneja perfectamente en los fogones donde
se cuece, ésa es Icíar Bollaín. Ojalá que tengamos cocinera para
rato...
Calificación:
    
Imágenes
de "Mataharis" © 2007 La Iguana
y Sogecine. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. En la
imagen de la crítica, extracto de una foto de Nuria González por
Joan Tomás. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Mataharis"
Añade "Mataharis" a tus películas favoritas
Opina
sobre "Mataharis" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"Mataharis" a un amigo
|