CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
No es, ni mucho menos, una
novedad decir que las artes plásticas han usado el color desde
sus inicios como medio para expresar sensaciones humanas. Ni
siquiera para éstas es una casualidad que se asocie el rojo con
el calor y el azul con el frío, por ejemplo, puesto que es de la
misma realidad física de donde se extrae esa información:
entornos calurosos y áridos se caracterizan por esa escala de
tonos vivaces e intensos –mayor longitud en el espectro de luz–,
mientras que en regiones gélidas predominan blancos azulados y
escalas de grises.
Cualquier alumno que haya pasado un par de horas en pintura,
tendrá una idea esencial acerca de la adecuación cromática.
Sin embargo, en el cine toda obra pasa de forma ineludible por
el preproceso fotográfico, donde deben tomarse decisiones que
en ocasiones –como ocurre con los guiones de ficción– rozan el
surrealismo: ¿de qué color es la piel alienígena? ¿qué color
predomina en un bufete de psiquiatras asesinos? Y lo mismo
para quienes juegan con conceptos menos tangibles: ¿de qué
color es el miedo? ¿y la agresividad? ¿la muerte?
Entre
ideas ficticias y abstractas por igual, se entretiene María
Lidón (alias Luna)
en “Moscow zero”, un aburridísimo experimento sobre cromatismo e
iluminación más que un largometraje de terror, del que
avispadamente se habrán dado cuenta que transcurre en Moscú pero
que en realidad no viene de ninguna parte y que va a parar a una
farragosa y excesivamente sutil definición del miedo a lo
desconocido. Owen (Vincent
Gallo) es un
sacerdote que acude al rescate de su amigo Sergei Spassky (Rade
Serbedzija)
extraviado accidentalmente en los profundos túneles derivados de
la red de metro de la urbe rusa cuando tenía intención de
indagar acerca de una supuesta puerta al infierno.
Todo el guión se reduce a
esta simplona operación de salvamento, durante la cual
unos personajes totalmente desdibujados y carentes de
caracterización, inquietudes o intereses realistas,
siguen los pasos de un hombre fantasma que acaba por descubrir
que no hay más infierno que la revolución bolchevique o la
Primera Guerra Mundial, ni más demonios que los supervivientes
atemorizados de aquel entonces que buscaban protección. En este
aparente fiasco, del que ya prevengo al que espere encontrarse
con algún ser sobrenatural que dé un tinte fantástico a la
historia, se traza en el último segmento de metraje un vago
fondo acerca del temor a lo desconocido mediante la reciprocidad
de lo que se llama continuamente “demonio” por parte de los que
están a uno y otro lado del río, lo que podría valientemente
extrapolarse a una crítica latente al prejuicio que en realidad
tampoco termina de aflorar.
Es precisamente en
preproducción, junto a la documentación de rigor sobre el
misticismo que envuelve a la hipotética entrada a las tinieblas,
donde el equipo artístico buscaba sorprender con la fotografía.
Condenando al montaje para que se hicieran notar, las escenas
que alternan a los niños, al equipo de salvamento y al valiente
solitario se adueñan de tonos grisáceos, azules y rojizos,
respectivamente, en principio según la proximidad a los diablos
(de un rojo puro), pero más tarde sólo en función de la cantidad
de luz en escena. El juego de oscuridades también da sus
sorprendentes frutos cuando los inesperados focos blanquecinos
ocupan toda la pantalla y provocan dolor en las retinas de la
audiencia, que se ve obligada a entrecerrar los párpados,
acostumbrados a las sombras, pero también bostezantes ante la
ausencia de acontecimientos relevantes.
Sin contar con una
interpretación decente (ni siquiera por parte de
Val Kilmer,
que llevaba la voz de la experiencia), tras los filtros de
cámara el film queda totalmente desnudo, raquítico, puesto que
además de la trivialidad de la narración y de los personajes,
existen, por añadidura, sensaciones de absurdidad para la
primera (con ese decorado repetitivo que no es fiel siquiera a
los mapas) y perfiles que sobran para los segundos.
Sólo puedo recomendar sus largos noventa minutos a quien
tenga un interés especial por lo muy alternativo y vaya a
contentarse con leves intenciones;
el resto aprovecharán el tiempo de sus vacíos para encontrar una
postura mejor en la butaca, intentar controlar sus bostezos o
pensar en cualquier otra cosa que realmente merezca la pena,
como, por ejemplo, una buena película.
Calificación:
    
Imágenes
de "Moscow zero" - Copyright © 2006
Valentia Pictures y Nephilim Producciones. Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos
reservados.
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