Tiempo después la magia del cine consiguió que Superman
se convirtiera definitivamente en uno de mis personajes de
ficción predilectos, quedándome absorto ante las maravillas
visuales que se deslizaban ante mis ojos. Disfruté de igual
forma con "Superman II" (cinta a recuperar a pesar de sus
evidentes carencias), aunque no sucedió lo mismo con "Superman
III" (que contaba, no obstante, con algún que otro pasaje
memorable) y, sobre todo, con "Superman IV", la película de la
saga que menos veces he visto hasta el momento y que, es más,
las cadenas de televisión tienen un lógico pavor a incluirla de
vez en cuando en su programación.
En ocasiones los recuerdos de la niñez se derrumban
cuando uno llega a una edad adulta. Eso es algo que suecede con
las películas; así, "Supergirl" me entretenía siendo un
chiquillo, mas ahora no hay que ser muy espabilado para
percatarse de sus deficiencias. Sin embargo, con "Superman"
descubrí que todo aquello que en su día no me gustaba de su
guión formaba parte de una visión madura de una historia tan
épica como la del personaje que crearon en los años treinta
Jerry Siegel y
Joe Shuster.
Dividido en tres actos nítidamente diferenciados, este
filme de Richard Donner sigue
siendo una referencia a la hora de hablar de largometrajes
protagonizados por superhéroes. Su introducción es fantástica y
posee un gran dramatismo, mostrándonos la destrucción de
Krypton al tiempo que resuenan en nuestros oídos los gritos de
sus habitantes y la nave de Kal-El abandona el planeta. Pero son
sin duda los fragmentos que nos narran la vida de un joven Clark
los que mejor se desarrollan en toda la película. Sólo hay que
fijarse en el fantástico diálogo que mantiene éste con su padre
una vez ha utilizado sus poderes para llegar a su casa antes de
que pase por allí la camioneta en la que van sus compañeros de
clase, incluida Lana Lang.
«No quería presumir, papá», dice Clark. «Pero es que... a
la gente como Brad me gustaría despedazarla». «Sí, lo sé». «Sé
que no debería hacerlo». «Sí, estoy seguro de que puedes hacer
cosas sorprendentes y que a veces pienso que vas a reventar si
no se lo demuestras a la gente». «Claro». «Sí, eso es».
«Normalmente cuando juego al fútbol sé que puedo marcar».
«Seguro». «Todas las veces». «Sí». «Dime, ¿es presunción que una
persona haga las cosas que es capaz de hacer?». «No». «¿Presume
un pájaro cuando vuela?». «No. Escúchame, hijo. Cuando te
recibimos en nuestra casa pensamos que te apartarían de nosotros
por el solo hecho de que descubrieran las cosas que puedes
hacer. Nos preocupó. Cuando el hombre madura piensa de un modo
diferente, ve las cosas con más claridad. He llegado a la
conclusión, hijo, tú estás aquí por alguna razón. No sé cuál ni
quién decidió enviarte, puede obedecer a... la verdad, no lo sé.
Pero sí es segura una cosa, no estás aquí para marcar goles»,
finaliza Jonathan Kent su comentario provocando que aparezca una
sonrisa cómplice en el rostro de Clark.
Posteriormente contemplamos con pesar el sentimiento de
culpabilidad de Clark por no haber podido salvar la vida de su
padre, momento que se ve reforzado por las tristes notas de
John Williams («tanto que puedo hacer... y no he sido
capaz de salvarle»). Más tarde se hacen realidad las palabras de
Jonathan, pues Clark siente una inquietud en su interior que le
lleva a buscar algunas respuestas acerca de sus orígenes,
despidiéndose así de su madre en una emotiva y a la vez
estremecedora escena en la que Martha le dice: «no nos olvides,
hijo. Recuérdanos siempre». Asistimos entonces a la creación de
la mítica Fortaleza de la Soledad y al reencuentro de Clark con
su padre biológico, quien le habla sobre su procedencia. «Tu
nombre es Kal-El. Eres el único superviviente del planeta
Krypton. Aunque te has criado como un ser humano, no eres uno de
ellos. Posees enormes poderes, de los cuales no has descubierto
hasta ahora sino unos pocos. Ven conmigo, hijo mío, juntos nos
escaparemos de tu confinamiento terrestre y viajaremos por el
tiempo y el espacio. Tus poderes excederán con mucho al de los
mortales. No te está permitido inmiscuirte en la Historia de los
seres humanos, aunque sí puedes guiar a otros con tu liderazgo
[...]. Vive como si fueras uno de ellos, Kal-El, averigua dónde
son necesarios tu fuerza y tu poder, pero conserva en tu corazón
el orgullo de tu origen. Ellos pueden ser un gran pueblo,
Kal-El, desean ser un gran pueblo, sólo necesitan la luz que les
muestre el camino. Por esta razón sobre todas, por la capacidad
que tienen para hacer el bien, te he enviado a ellos. A ti, mi
único hijo».
Terminado este acto, da comienzo otro completamente
distinto, desprendiéndose la cinta de su seriedad y adquiriendo
incluso un carácter liviano. Conocemos a otros personajes, desde
los integrantes del Daily Planet hasta al pérfido Lex Luthor,
rozando su comicidad y la de sus secuaces el límite entre una
razonable parodia y un completo esperpento (la presencia de
Gene Hackman es lo que hace que
esto último no suceda). Pero en esta segunda parte encontramos
elementos a tener en cuenta, como la aparición de Superman
rescatando a Lois o el vuelo que realizan ambos por encima de
nubes y ciudades. Tras cometer todo tipo de hazañas y darse a
conocer al mundo, Jor-El le dice a su hijo, en un añadido al
metraje original, que debe mantener en secreto su identidad,
primero porque no puede estar a su disposición en todo momento,
«incluso para aquellas tareas que los humanos pueden resolver
por ellos mismos», y segundo «porque tus enemigos descubrirán
que sólo pueden dominarte haciendo daño a los que amas». Pero
también le advierte que no se castigue a sí mismo con
sentimientos de vanidad. «Aprende a controlarlos».
El desenlace es fastuoso, un brillante espectáculo que
termina con evidentes referencias a anteriores pasajes del
largometraje. Kal-El desobedece a su padre biológico y
utiliza sus poderes para que el tiempo retroceda, evitando así
el fallecimiento de Lois Lane. Se siente ya más un habitante de
la Tierra que uno de Krypton. Es por ello que no estoy de
acuerdo con aquellos que dicen que Superman es un superhéroe
aburrido debido a su indestructibilidad, ya que no sólo le
afecta la kryptonita, sino que la mayor de sus vulnerabilidades
se encuentra en el hecho de que no desea que nadie dañe a sus
amigos o a cualquier otro ser humano. Ese debate interno creo
que queda muy bien reflejado en el filme.
Si tenemos que mencionar a los actores, sería imposible
no hacerlo sin referirnos primero a
Christopher Reeve, intérprete que nos hace creer que
Superman y Clark Kent son dos personas distintas. Gene Hackman
consigue que Lex Luthor transmita una comicidad que, sin
embargo, no encubre la villanía del personaje al que da vida.
Puede que Margot Kidder no
sea la Lois ideal, pero si yo hubiera sido el director del filme
sin duda la hubiera contratado de inmediato viéndola en las
pruebas que realizó para hacerse con el papel. El resto del
reparto dignifica esta superproducción, comenzando por
Marlon Brando (espléndido en su
monólogo inicial) y Glenn Ford
(fabuloso cuando Jonathan sufre el infarto), sin olvidarnos de
la presencia de Terence Stamp,
Jackie Cooper,
Susannah York,
Trevor Howard,
Phyllis Thaxter y
Ned Beatty.
¿Y qué decir de la banda sonora de John Williams?
Jamás un superhéroe contará con una fanfarria que lo represente
tan bien, y ello por no hablar de las innumerables músicas que
se desperdigan a lo largo del metraje, como el de Krypton,
la Fortaleza de la Soledad o el precioso tema de amor, sin
olvidarnos de las soberbias notas que escuchamos durante los
pasajes cómicos, dramáticos o de acción de este fantástico
largometraje de Richard Donner.