CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
¿Truco o
trato?
El mundo como
escenario de corruptelas y maquinaciones, o la vida como una
oportunidad para sueños e ilusiones. En esa disyuntiva coloca
Neil Burger a unos personajes
que se debaten entre el poder y el amor, entre lo terrenal y lo
espiritual, entre lo aparente y lo real. La magia del
ilusionista –como la del cine con sus luces y sus sombras– le
permite moverse entre unas realidades que se pueden investigar y
demostrar, y otras que pertenecen al reino de lo intangible y
misterioso. Ya sea con trucos o poderes sobrenaturales, su
protagonista sorprende y entretiene, investiga y castiga, ama y
muere hasta reconducir el destino a su puerto natural. Es el
demiurgo que juega sus bazas en un clima de ensoñación, entre el
racionalismo ilustrado y el idealismo romántico: por un lado
están quienes se esfuerzan por dar una explicación a todo lo
humano sin dejar lugar a lo inefable; por otro, quienes viven de
las apariencias y buscan una felicidad de otro mundo sobre
ilusiones poco realistas. No sabemos con qué planteamiento vital
se identificará Burger y el propio espectador, pero sí con cuál
se han conducido el mago Eisenheim y el príncipe heredero
Leopold. Y en medio, nos encontramos al inspector Uhl, que
navega entre las aguas del arribismo y la ingenuidad, de la
corrupción y la ética, para guiarnos en sus investigaciones y
ensimismarnos con él ante el poder hipnótico de un ilusionista
enamorado.
El director estadounidense recrea, con
este juego de artificios, el ambiente de la corte austriaca de
comienzos del siglo XX, donde un maquiavélico y conspirador
heredero al trono, Leopold, busca derrocar a su padre y
anexionar el reino húngaro por medio de su matrimonio con la
marquesa Sophie von Teschen. En sus planes se interpone, sin
embargo, Eisenheim, un ilusionista de pasado enigmático y
futuro incierto, enamorado desde su adolescencia de esa misma
mujer, a la que ahora no quiere volver a perder. Historia de
intrigas, magia y romanticismo, con el amor y la muerte de
invitados especiales, donde nada es lo que parece, pero donde
todo refleja los anhelos de la condición humana en sus deseos
de poder y afecto, en su necesidad de creer en algo y
trascender las apariencias, en su capacidad para reconducir el
destino.
Sin duda, en cualquier espectáculo de
magia la puesta en escena es de capital importancia: se requiere
un clima de expectación que dé pie al asombro, al suspense y a
la incertidumbre sobre lo que sucederá ante nuestros ojos y cuyo
truco uno espera descubrir. Burger es consciente de ello y por
eso cuida especialmente una ambientación que rodea de
misterio y fascinación: así, una fotografía que recurre a
filtros de tonos sepia, luces cálidas y fuertes claroscuros
consigue ese halo enigmático, mientras que los planos de
contorno difuminado y el empleo del iris de los tiempos
primitivos del cine le dan el necesario carácter añejo de
película de época; el vestuario y los abundantes detalles de un
esmerado trabajo de diseño de producción terminan por generar
una atmósfera de comienzos de siglo a que el espectador
presenciará la venida de espíritus desde más allá, una
estructuración social en clases impenetrables –a no ser por arte
de magia–, y un amor romántico destinado a la eternidad –al
estilo de “Cumbres borrascosas”–, aspecto este último que
constituye quizá la parte más endeble por resultar un tópico y
edulcorado envoltorio rosa para intentar hacer sensible y
visible lo etéreo e invisible. Por último, un lugar destacado
queda reservado para la música de
Philip Glass, que deja su sello inconfundible con un
tema recurrente que cae como lluvia fina y envuelve con sus
ritmos armoniosos hasta empapar una atmósfera de ensoñación.
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El guión
está bien construido, con dosis equilibradas de fascinación,
amor e investigación policial, para concluir rápidamente la
historia con un triple salto mortal que resuelve con
inteligencia y que viene a cuestionar la realidad. Sin embargo,
no presenta diálogos muy sesudos ni brillantes, y carece de un
retrato minucioso de los personajes: la figura de un Leopold
colérico, soberbio y sanguinario queda excesivamente
esquematizada, mientras que la de Sophie no pasa de su papel
pasivo como desencadenante del conflicto entre amantes rivales.
Más acertadas y mejor interpretadas son las interpretaciones del
dúo protagonista: el hermetismo del rostro de
Edward Norton acierta a plasmar
la indeterminación necesaria para su complejo e imprevisible
prestidigitador-espiritista, mientras que
Paul Giamatti ofrece un nuevo
registro que resulta clave al colocarse en el lugar reservado al
público que asiste al espectáculo de magia-cine.
Una película
de época, fantástica, hipnótica y muy romántica, con una
historia sencilla y una estupenda ambientación, que admite una
lectura nada pretenciosa y también otra de mayor calado, bien
diseñada para que guste a un público amplio que quedará
deslumbrado y que sin duda pasará un rato agradable.
Calificación:
    
Imágenes
de "El ilusionista" - Copyright © 2006
Yari Film Group, Bob Yari Productions, Koppelman-Levien
Productions, Michael London Productions y Contagious
Entertainment. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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